Un estudio sobre la adopción de la inteligencia artificial en el ámbito empresarial deja claro un dato imprevisible: los CEO apenas perciben impacto real de la IA en la operativa de sus compañías. Aunque la promesa de una revolución productiva ha sido constante, la realidad en las empresas muestra un uso marginal y efectos limitados en productividad, empleo y toma de decisiones.
Por qué la IA no está impulsando la productividad empresarial
Durante años, la narrativa dominante sobre la inteligencia artificial ha girado en torno a la automatización de tareas rutinarias y el consiguiente aumento de la productividad.
Sin embargo, los datos más recientes contradicen esa expectativa. Según el estudio difundido por el National Bureau of Economic Research (NBER), tras consultar a 6.000 directivos —incluidos CEO y CFO de diferentes países—, predomina la percepción de que la IA ha tenido un efecto muy discreto en las operaciones cotidianas.
Aunque dos de cada tres líderes empresariales reconocieron utilizar IA en sus procesos, el tiempo real dedicado es mínimo: cerca de 1,5 horas semanales. Además, uno de cada cuatro directivos admitió no emplear IA en absoluto durante su trabajo diario.
El 90% de las firmas participantes señaló que la inteligencia artificial no ha alterado sus contrataciones ni su productividad en los últimos tres años.
¿La historia de los semiconductores se repite con la IA?
El fenómeno actual recuerda a la llamada “paradoja de la productividad” identificada por el economista y Nobel Robert Solow en 1987. A pesar del auge de los transistores y los microprocesadores en la segunda mitad del siglo XX, el crecimiento de la productividad no solo no se aceleró, sino que se ralentizó.
Entre 1948 y 1973, la productividad crecía a un ritmo del 2,9%, pero de 1973 en adelante ese indicador cayó al 1,1%. Aquella revolución tecnológica tardó décadas en traducirse en mejoras palpables.
Ahora, la IA parece seguir el mismo patrón. Tal como publica Fortune, la paradoja resurge: grandes expectativas y resultados prácticos aún escasos. El propio economista Torsten Slok afirma que “la IA está en todos lados excepto en los datos macroeconómicos: no la ves en los datos de empleo, de productividad o de inflación”.
Expectativas optimistas frente a un impacto aún limitado
A pesar de la escasa repercusión tangible, las empresas mantienen una visión optimista sobre el futuro de la IA. Los encuestados por el NBER esperan que la productividad aumente un 1,4% en los próximos tres años, aunque hasta ahora no hayan visto efectos significativos.
Asimismo, las proyecciones iniciales sugerían que la IA reduciría las contrataciones en un 0,7%; sin embargo, los datos reales muestran un ligero aumento del 0,5% en los puestos de trabajo.
Este fenómeno genera una nueva paradoja: la confianza en un impacto futuro positivo a pesar de los resultados actuales modestos. El uso efectivo de la IA sigue restringido a tareas muy puntuales y no ha transformado de manera significativa los procesos internos ni la estructura laboral de las compañías.
Cuándo llegará la verdadera revolución de la IA en el trabajo
Los antecedentes históricos sugieren que los efectos transformadores de las grandes innovaciones tecnológicas pueden tardar años —incluso décadas— en reflejarse en las cifras de productividad.
La experiencia con los semiconductores es ilustrativa: solo en los años 90 y 2000 se registró un incremento sustancial, con un repunte de la productividad del 1,5% entre 1995 y 2005.
Algunos analistas sostienen que el cambio ya está en marcha. En Estados Unidos, el crecimiento del Producto Interno Bruto en el último trimestre fue del 3,7%, pese a la reducción de empleo, lo que podría ser indicio de una mejora en la productividad. Torsten Slok plantea la hipótesis de que el impacto de la IA podría tener forma de “J”: una ralentización inicial seguida de un despegue repentino.