
Mañana por la mañana, el Poder Judicial transmitirá por YouTube el comienzo del juicio al clan Loza, la familia salteña que es el corazón de la mayor organización narco de la historia argentina reciente.
Siempre existió una fantasía alrededor de lo que es realmente un narcotraficante. El cliché de un capo del negocio de la droga habla de un hombre poderoso, acaudalado, un hombre hecho de oro que es una sombra, con movimientos internacionales y un alto poder de violencia, cuya cara se desconoce. Erwin Raúl Loza, nacido en 1978 en la capital de Salta, capo del clan que lleva su apellido, es quizás el único argentino que encaja realmente con este estereotipo, si es que finalmente es declarado culpable.
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La Ferrari F355 Spider que conducía Diego Armando Maradona a mediados de los 90s se convirtió en un símbolo de la obscenidad de la era narco reciente. Le fue incautada a Erwin en una cochera de San Telmo en 2018 junto a otros autos de colección como un Pontiac Firebird: el capo tenía una cédula azul para conducirla. La Ferrari que había sido propiedad del mejor jugador del mundo ahora estaba a nombre de una empresa cáscara vinculada a Erwin, Automóviles The Boss, o Automóviles El Jefe.
Loza incluso era dueño del estacionamiento. Había comprado la cochera en 2011 junto a Clara Fernández, su mujer, a través de una firma llamada Inversora Salteña.
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No era el único bien interesante que le encontraron a Erwin, que terminó preso en Devoto: le allanaron también su mansión en Martínez, pileta incluida. Los Loza habían montado, según la acusación en su contra, un poderoso andamiaje para mover cocaína entre América y Europa durante casi una década. José Gonzalo Loza fue arrestado en España, donde la Justicia le plantó micrófonos ocultos al clan, con allanamientos en ciudades como Málaga. Valdemar Loza, el hermano mayor, fue arrestado con 1100 kilos de cocaína en Tapiales en diciembre de 2017.
No eran solo casas y autos: también se le encontraron al clan hoteles, empresas, estacionamientos, negocios a lo largo del país. La PROCUNAR -el ala de la Procuración dedicada a investigar delitos de narcotráfico, dirigida por el fiscal Diego Iglesias- encargada de investigar delitos de narcotráfico, fue la que desmontó esta estructura. Así, quedó el dinero.
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Entonces, en medio de la pandemia, se inició un proceso de extinción de dominio: dos hoteles de los Loza en Salta fueron cedidos a la provincia para aislar personas en la pandemia. El total del clan ascendía a 190 bienes muebles e inmuebles, una fortuna estimada en $800 millones de pesos, según un informe oficial de la PROCUNAR.
Cuatro años después del comienzo del fin, el clan Loza va a juicio: mañana comenzará el proceso en su contra el Tribunal Oral en lo Penal Económico N°3 con el fiscal Gabriel Pérez Barberá, ex jefe de la PROCELAC, como acusador. En el proceso hay doce imputados, como el curioso empresario apícola William Weston Millones acusado de integrar una asociación ilícita dedicada al contrabando de dinero al exterior y al lavado de activos narco, diez años de operaciones oscuras desde 2008 hasta 2018. La UIF es querellante en el expediente. El número final de testigos todavía no fue definido. La UIF ofreció más de 400.
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En el medio, hasta llegar al proceso, pasaron cosas.

Hubo negociaciones en el Tribunal que fracasaron. Erwin Loza, que terminó preso en Devoto, intentó pactar un juicio abreviado a través de su defensor, menos pena. También pedía algo que la fiscalía de juicio no podía aceptar: quedarse con casas y negocios, recuperar parte de su patrimonio original, justamente lo que está en tela de juicio en un proceso de lavado de activos. Sin embargo, no pidió por la Ferrari, hoy en manos de la de la AABE. El auto de Diego se encuentra en un limbo: venderlo se vuelve casi imposible dado sus altos costos de seguro.
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También, tras múltiples pedidos de eximición de prisión o encarcelamiento domiciliario, al menos cuatro defensores, entre ellos Héctor Gozzi, defensor de Erwin, fueron contra lo que es la pieza de evidencia más llamativa del caso: la declaración como imputado colaborador y arrepentido de Diego Xavier Guastini, financista, cuevero, buchón judicial.
Guastini era el supuesto lavador del dinero de los Loza, el circulador de dinero narco más célebre del país. Colaboró como arrepentido en al menos cinco causas, tras ser condenado por elaborar un sistema global de courriers de dinero, jubilados y pastores evangélicos del conurbano que viajaban a Europa con plata de cocaína en las valijas. Fue asesinado en octubre de 2019, a pocas cuadras de su casa en Quilmes, a bordo de su auto. El sicario se desconoce hasta hoy, el motivo, a ciencia cierta, también.
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Los defensores se opusieron a que el testimonio de Guastini sea incorporado por lectura, luego de que se levantara el secreto de su identidad en el expediente. Con Guastini ya muerto, “no existe motivo alguno que amerite la reserva del legajo y corresponde, por ende, que dicho legajo sea puesto a disposición de las partes, tal como fuera requerido”, confirmó el Tribunal N°3 con los jueces Karina Perilli, Jorge Zabala y Luis Imas, en una decisión del 14 de mayo. Gabriel Pérez Barberá, fiscal del proceso, asegura a Infobae: “El testimonio de Guastini no es una pieza clave, se trata de una causa de lavado, no de narcotráfico, es sólo una prueba más”.
Así, se confirmó que el testimonio, registrado en video, sea exhibido en el proceso, algo que se prevé ocurrirá a mediados del proceso, luego de las declaraciones iniciales. El video, una pieza hoy en manos del Tribunal N°3, tiene su historia.
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Fue filmado en la sede de la PROCUNAR en la calle Presidente Perón en 2018. Involucrado en dos expedientes, Guastini decidió ser un imputado colaborador: sus relatos sirvieron como prueba para cinco expedientes en total, entre ellos el de Loza. Guastini pidió él mismo declarar en una fiscalía que la investigaba, según recuerda una fuente que participó de las negociaciones. Dada la magnitud de la situación, se llevó el acuerdo a PROCUNAR.
Sin custodios, vestido con camperas Moncler y camisas importadas, relajado aunque serio, sin hacer chistes, Guastini contó lo que sabía en cinco audiencias, sesiones de al menos cinco horas de charla. Como todo hombre relacionado al delito usaba sus códigos, empleaba términos como “bajada”, “viaje “, “mercadería”. Su relato era completo y conciso, lo ilustraba con situaciones puntuales para demostrar la mecánica del trabajo, daba ejemplos, no era elíptico ni misterioso.
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De los Loza, según fuentes del caso, habló al menos seis horas. Fue directamente contra Erwin.
El cuevero y buchón no hablaba de droga en sus sesiones ante cámara. “Yo solo toco plata”, decía Guastini en el despacho de la PROCUNAR.
Y después, un sicario lo mató.
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