
Hoy al mediodía, Abel Romero se sentó frente a un fiscal por primera vez en su vida, el doctor Jorge Grieco, luego de que lo detuvieran el sábado pasado por la tarde cuando volvió a su barrio de Monte Chingolo con su bicicleta negra, una playera vieja y despintada. Se había fugado, poco antes. Su pareja, Cristina Iglesias y su hija Ada, de 7 años, estaban desaparecidas, con rastros de sangre lavados en la casa que compartían en la calle Purita al 4000 en Chingolo, partido de Lanús. El fiscal Grieco no podía hablar de un femicidio sin un cuerpo en la morgue. Pero Romero, que había comenzado a vivir con Cristina hace poco menos de dos meses, tenía todos los números.
Dolores, la hija mayor de Cristina, lo había encontrado en la casa de la calle Purita de casualidad, cuando fue desesperada luego de recibir respuestas desde el número de su mamá que no eran los audios de siempre, las videollamadas, sino textos con evasivas. Dolores comenzó a revisar los cajones: estaban vacíos, en la puerta había una bolsa de consorcio con fotos y juegos de su hermana, la mochilita escolar apoyada junto al marco de la puerta. Romero, de 27 años, le dijo que su madre “fue a pasar la cuarentena a la casa de una amiga con la nena”, se escapó apenas pudo.
Fue Dolores la que encontró la sangre lavada, primero en el colchón de su madre y en el sommier, luego en las paredes. Pero no encontró a su mamá, o a su hermanita. Horas después, el fiscal Grieco allanaba la pieza donde Romero vivía con su hermana: allí aparecieron las llaves de Cristina, su documento.

Al día siguiente, con Romero ya arrestado, los perros rastreadores de cadáveres de la Policía Bonaerense entraron a la casa en Purita y comenzaron a ladrar. Señalaron el patio, tierra movida. Comenzaron a cavar. El pozo era profundo. El cuerpo de Cristina estaba ahí, bajo una manta, el de Ada abrazado a ella, ambos con puñaladas mortales en el cuello.
Hoy al mediodía, Romero, que nunca fue acusado de un delito en su vida, con una plancha de antecedentes limpias, intentó esquivar las preguntas de Grieco y del abogado Mariano Lizardo, que representa a la familia de Cristina junto a la doctora Paula Ojeda, especialista en violencia de género.
Al final, Romero habló. Confesó todo, durante una hora y media de declaración.

Romero contó una versión que en su mente quizás creyó que le serviría, que Cristina le reprochaba que tuviera aventuras con chicas de su propia edad, una historia machista de celos. Así, según Romero, Cristina lo atacó con un cuchillo.
Lo cierto es que con ese cuchillo, que luego lavó y descartó en el patio, el femicida apuñaló a su pareja hasta matarla, en el cuello, una y otra vez. Luego, corrió al cuarto de Ada, la sujetó en la cama y la atravesó con el filo, también en la garganta.
Romero encendió el lavarropas y comenzó a lavar, introdujo en la máquina hasta los peluches ensangrentados de Ada. Reconoció que preparó una historia para contarle a Dolores, que él mismo tomó el teléfono para responder por WhatsApp. Volvió a la casa, dijo, para buscar algo que se había olvidado.
Así, gracias al trabajo del fiscal Grieco, un femicida que reconoció un crimen aberrante fue encontrado y arrestado en menos de dos días, en medio de una pandemia que frena el aparato de la Justicia, que complica pericias y allanamientos.
El abogado Lizardo asegura: “Fue aberrante escuchar su declaración. Nunca mostró arrepentimiento”.
Así, Romero fue acusado de doble homicidio agravado por alevosía, vínculo y violencia de género, una cadena perpetua casi asegurada.
El doble crimen de Cristina y Ada disparó un reclamo masivo en medio de los tiempos del coronavirus por la violencia de género en el aislamiento y la tasa de femicidios que no se detiene. Hoy a las 18, organizaciones feministas realizarán un ruidazo a nivel nacional en balcones y ventanas.
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