Pipo Pescador, el hombre detrás de la boina: el artista que marcó la infancia de varias generaciones y decidió instalarse en Alemania

Enrique Fischer, conocido en el mundo del espectáculo por su personaje, nació el 29 de abril de 1946 en Gualeguaychú, Entre Ríos, hace ochenta años. Su retiro en un pequeño pueblo alemán abrió un nuevo capítulo, lejos de los reflectores

Pipo Pescador, el creador de 'El auto de papá', marcó generaciones con su música infantil y su carisma singular

No existe ningún argentino de más de cuatro décadas que en algún momento de su vida no haya cantado El auto de papá. Posiblemente, muchos no sepan que el nombre real del artista que creó este tema allá por el año 1969 era Enrique Fischer. Porque, para la gran mayoría, se trataba simplemente de Pipo Pescador. Pero está claro que este hombre que usaba boina y tocaba el acordeón mientras trabajaba para los niños, marcó la infancia de todos ellos.

Nació hace 80 años, el 29 de abril de 1946, en Gualeguaychú, Entre Ríos. Su familia tenía raíces europeas: alemana por parte de padre e italiana y vasca por parte de madre. Quizá por eso hace una década, ya de adulto y decidido a retirarse de la vida artística, decidió radicarse en Eberbach, Alemania, un pueblo de quince mil habitantes que queda a unas dos horas en auto de Frankfurt. Ese el lugar de residencia de su única hija, Carmela, donde también están Guillermo, su yerno, y sus dos nietos. Un sitio donde, en la actualidad, puede vivir como cualquier ciudadano común.

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“En este lugar se vive tranquilamente, con muchas garantías. Uno sabe que frente a cada circunstancia que tenga que enfrentar hay una salida y hay previsto algo. Es una de las muchas razones por las cuales vine”, dijo sobre su decisión de dejar el país. Y agregó: “Yo no creo en el pasado como algo vivo. Uno se tiene que atrever a dejarlo totalmente, pero no enojado. El pasado quedó en Argentina. Aquí no me conoce absolutamente nadie y eso quería probar. Los vecinos me estiman. Somos poquitos en una calle residencial. Ocho casitas”.

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Lo cierto es que, aunque él haya decidido dejar atrás lo que fue, el público local nunca lo olvidó. Y eso quedó demostrado hace un par de años, cuando volvió para dar una charla en el Hall Alfredo Alcón del Teatro San Martín en la que se conmovió con las muestras de cariño de esos niños ya grandes a los que en otro momento les alegró la infancia. “Tengo guardadas cerca de 5000 cartas que me enviaban los chicos“, contó el artista que aún sigue recibiendo postales de sus fanáticos.

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El artista junto a las Trillizas de Oro

Tenía apenas 17 años cuando se mudó a la ciudad de La Plata para comenzar la carrera de Escenografía en la Escuela Nacional de Bellas Artes. “Marchaba preso día por medio porque el pelo largo y la ropa hippie eran intolerables para la dictadura”, recordó en su biografía sobre aquellos años de juventud, en los que se ganaba la vida animando fiestas de cumpleaños y trabajando en jardines de infantes. De esta manera, Enrique fue descubriendo su verdadera vocación. Y no tardó en convertirse en uno de los precursores del género infantil en sus distintas facetas: cantautor, director teatral y escritor.

En 1972 debutó en un auditorio llamado Río de la Plata​ y esto marcó un antes y un después en su vida. Se inspiró en su propio apellido para elegir su nombre artístico, ya que “fischer” significa “pescador” en inglés. Y de a poco empezaron a llamarlo para participar de distintos programas de televisión, hasta que logró tener sus propios ciclos como Pipo ’72 y Piedra Libre. Luego pasó a la pantalla grande de la mano de Luis Puenzo, quien lo dirigió en Luces de mis zapatos. Y su carrera fue en raudo ascenso.

¿Qué pasó entonces? “Se desvaneció la frontera entre la persona y la figura. Por años no supe bien qué pertenecía a una y a otra. No sabía si me querían a mí o al artista de la televisión. Una vez tuve un accidente y mientras me llevaban en la ambulancia, el chofer cantaba El auto de papá como si fuera a un festival. Pipo y Enrique estuvieron tan enredados que he tenido que cortar el nudo con la espada. Fue a partir de ese momento que empecé a vivir la inestable vida de los artistas que aparecen en los medios. Todo el tiempo tienen que ejercitar su autoestima porque el rating los aloja y los desaloja constantemente de sus espacios. No tienen nada, no son nada; lo tienen todo y son todo. Tardé mucho en comprender que yo era una persona cuyo valor no dependía de la audiencia. Me costó mucho esfuerzo independizarme del éxito y del fracaso”, reflexionó.

A pesar de la fama, que se expandió velozmente gracias al trío de payasos españoles Gaby, Fofó y Miliki que grabó el tema del “auto feo”, Pipo nunca dejó de escribir. Ni libros ni canciones. Y su espíritu rebelde hizo que tuviera que exiliarse durante el último gobierno militar. Regresó al país con el gobierno de Raúl Alfonsín, celebrando la democracia. Y, a pesar de dedicarse al público menudo, siempre se comprometió con la realidad. En 1997 edotó el libro María Caracolito, que aborda la vida de una niña con Síndrome de Down y recibió el auspicio de la UNESCO por su sensibilidad y aporte cultural. Y en el año 2007, tocó el acordeón en el puente que une Gualeguaychú con Fray Bentos en la histórica protesta contra las papeleras finlandesas de las que participaron más de ciento cincuenta mil personas.

Pipo vive actualmente en Alemania

¿Cómo llegó a vincularse con ese aparato tan difícil de ejecutar? Su padre lo había conseguido en una venta de galpón y Pipo aprendió a tocarlo de manera autodidacta. “En el estuche decía ‘Cirilo’. Yo le conservé ese nombre, pero lo hice femenino. De mi acordeón debo decir que fue para mí el instrumento musical más trascendente de mi vida. Este instrumento tiene género indefinido. En el campo le decían acordiona. Llegué a tener una treintena de acordeones. Algunas pintadas con pintura de uñas de las chicas que frecuentaba, otras con piedras brillantes pegadas, todas me ayudaron a fascinar niños y me configuraron como un trovador", decía.

Y agregaba: “El uso del acordeón me dejó dos perjuicios solamente: una ligera desafinación al cantar, producto de la imitación que el oído fue haciendo del sonido impreciso que producen las lengüetas de metal con el aire, diferentes apenas al abrir y cerrar el fuelle y un hombro definitivamente más bajo que el otro, luego de cuarenta o cincuenta años de cargar con el peso del instrumento y manipular el teclado con el brazo en posición forzada. La desafinación la corregí perfectamente porque ya no toco más el acordeón y el oído corrigió su error. La artrosis en el hombro y la leve inclinación me acompañarán el resto de mi vida. Si tuviera que volver a elegir tocar o no el acordeón, elegiría tocar, hombro mediante”, explicó.

Su último trabajo en teatro infantil fue en el año 2010, cuando participó de la obra El sapo pepe. Entonces eran los padres, que se habían criado con su música, los que llevaban a sus hijos a conocer al hombre de la boina. Para esa misma fecha, terminó Casa sin ventanas, un libro sobre chicos con autismo, que se sumaba a La Campana bajo el agua, texto sobre niños sordos, que había editado dos años antes. Y, desde el 2012 hasta el 2015, presentó Tangos desaforados para adultos en distintas salas de Buenos Aires.

Entonces sintió que su tarea ya estaba cumplida. Había escrito varios libros, grabado discos, realizado programas de televisión y obras de teatro, que le valieron reconocimientos como un Diploma al mérito infantil en los Premios Konex (1981/1991), un Santa Clara de Asís (2001), un Carlos Gardel por su aporte a la música (2002), un premio ACE (1998), entre tantos otros, además de ser reconocido como Personalidad destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires e Hijo Ilustre de Gualeguaychú. Y decidió cruzar el Atlántico para disfrutar de esta etapa de su vida junto a su familia.

“Amo a la niñez y esa es la energía que me mueve a escribir. Apuesto a ella porque es la única esperanza de cambio para el futuro, ya que los niños de hoy construirán el mundo de mañana y quisiera que vivieran felices y con mucha dignidad en él. Yo hice mi parte lo mejor que pude, con entusiasmo y en paz con mi conciencia de artista. Luché para cristalizar mis ideales y logré un nombre aceptablemente bien considerado y el respeto de mi público y de la prensa, que es un caballito brioso”, señaló Pipo Pescador, o Enrique Fischer.

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