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“Tardé años en aceptar lo que sentía”

Lo que estaba en juego era mucho más difícil de medir: cuánto de nuestra vida debemos respetar por todo lo que invertimos en ella y cuánto estamos dispuestos a arriesgar cuando descubrimos que algo distinto nos representa de una manera más verdadera

"Puse los dos estuches delante de mí. Ahí estaban, uno al lado del otro, el instrumento que contenía casi toda mi historia y aquel otro que había aparecido inesperadamente para desordenarla" (Imagen Ilustrativa Infobae)

Levanté el arco del violín y bajé el instrumento. Era el turno del solo de viola, el de aquella intérprete magistral con la que compartía el sexteto. En cuanto sonó la primera nota, sentí algo difícil de explicar, como si ese sonido hubiera encontrado dentro de mí un lugar que hasta entonces yo desconocía. No era simplemente admiración por la manera en que tocaba, ni siquiera fascinación por el instrumento. Había algo más profundo y, justamente por eso, inquietante.

El sonido de la viola me atravesó de una manera física. Sentí vibrar el cuerpo y, al mismo tiempo, apareció un miedo que no tenía ninguna explicación razonable. Con los años entendí que algunas cosas nos asustan no porque sean amenazantes, sino porque intuimos que pueden alterar el orden sobre el que construimos nuestra vida. Yo llevaba muchos años sabiendo quién era, qué quería y hacia dónde iba. Aquella nota, sin decirme nada, había introducido una pregunta en un lugar donde hasta entonces solo había certezas.

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Me costó retomar mi parte cuando volvió mi turno dentro del sexteto. La obra continuaba, mis compañeros seguían tocando y seguramente nadie había advertido lo que acababa de sucederme. Desde afuera, todo permanecía exactamente igual; el único cambio se había producido dentro de mí. Seguí tocando el violín como lo había hecho tantas veces, aunque con la extraña sensación de que algo se había desplazado apenas de su lugar y de que, por más pequeño que fuera ese movimiento, ya no sería tan sencillo devolverlo a su posición anterior.

Cuando terminó la función recogí mis cosas y vi la viola apoyada sobre su soporte. Recuerdo haber sentido el impulso de acercarme, incluso de tocarla, pero no lo hice. Salí del escenario mirándola apenas de reojo, como si mantener cierta distancia pudiera protegerme de algo que todavía no comprendía. A veces creemos que evitamos una decisión cuando en realidad apenas estamos postergando el momento de reconocer que esa decisión, de alguna manera misteriosa, ya empezó a tomarse dentro de nosotros.

Durante muchos años el violín había sido todo para mí. Había estudiado nueve años en el conservatorio y acababa de ganar un concurso para integrar un sexteto de cuerdas junto a músicos extraordinarios. No había llegado hasta ahí por casualidad: había invertido miles de horas, disciplina, renuncias y una parte importante de mi identidad. El violín no era solamente el instrumento que tocaba; era también la historia que me había contado acerca de quién era y de quién llegaría a ser. Por eso resultaba tan absurdo pensar que un solo de viola en una obra de Brahms pudiera poner todo aquello en crisis.

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Intenté convencerme de que se trataba de un entusiasmo pasajero, una fascinación momentánea que desaparecería si no le prestaba demasiada atención. Nueve años de estudio no se abandonan por una emoción de unos pocos segundos, me repetía. Así que seguí adelante, practiqué más horas, busqué perfeccionarme y traté de ocupar mi cabeza con aquello que hasta ese momento había deseado. Sin embargo, descubrí algo incómodo: uno puede disciplinar bastante bien sus actos, pero tiene mucho menos poder sobre aquello que insiste en regresar a sus pensamientos.

Tres años después obtuve una beca para estudiar en Italia. Durante una de las primeras entrevistas, mi maestro me propuso incorporar la viola como una manera de fortalecer mi técnica con el violín. Su sugerencia era perfectamente razonable y, sin embargo, mi reacción fue desproporcionada: sentí una angustia inmediata y me negué. Él no insistió y yo tampoco quise volver a hablar del asunto. En ese momento preferí interpretar mi rechazo como una cuestión práctica, aunque probablemente ya sabía que el problema no era aprender otro instrumento, sino todo lo que podía suceder si finalmente me permitía tocarlo.

Cuando regresé al país comprendí que aquello que había intentado dejar atrás seguía esperándome exactamente donde lo había encontrado. La viola aparecía en mis pensamientos con una persistencia que ya no podía explicar como una curiosidad. Habían pasado años desde aquella primera nota y, lejos de diluirse, la sensación parecía haberse vuelto más nítida. Entonces le escribí a mi maestro italiano y le conté lo que me sucedía. Su respuesta llegó enseguida: me recomendó estudiar con el violista más importante del país.

Acepté. El nuevo profesor puso una única condición: debía seguir dedicándole al violín la misma cantidad de horas que hasta entonces. Me pareció razonable, quizás porque todavía necesitaba sentir que no estaba abandonando nada. Así comenzó una etapa extraña en la que pasaba la mitad del día estudiando un instrumento y la otra mitad con el otro. Con el violín estaban los años de esfuerzo, el oficio adquirido y una versión de mí mismo que conocía perfectamente; con la viola aparecía algo mucho menos seguro, pero también una vitalidad que me resultaba imposible ignorar.

Durante un tiempo intenté sostener ambas cosas, como si la vida siempre nos permitiera conservar intacto lo que fuimos mientras avanzamos hacia aquello que empezamos a desear. Pero al cabo de un mes entendí que el conflicto no era musical. No estaba tratando de decidir cuál de los dos instrumentos sonaba mejor ni con cuál tenía mayores posibilidades profesionales. Lo que estaba en juego era mucho más difícil de medir: cuánto de nuestra vida debemos respetar por todo lo que invertimos en ella y cuánto estamos dispuestos a arriesgar cuando descubrimos que algo distinto nos representa de una manera más verdadera.

Una tarde me quebré frente a mi maestro y le confesé que quería dedicarle la vida a la viola. Esperaba que me ayudara a resolver el dilema, quizás que me autorizara a cambiar o que me advirtiera que estaba cometiendo una locura. Me escuchó en silencio y, cuando terminé, me dijo que era demasiado apresurado sacar conclusiones. Me pidió solamente una cosa: que cumpliera el compromiso original y estudiara ambos instrumentos durante un año entero antes de tomar cualquier decisión.

Salí de aquella clase con una sensación que tardé un tiempo en comprender. Mi maestro no me había dado permiso para cambiar, pero tampoco había intentado convencerme de que siguiera siendo quien había sido hasta entonces. Había hecho algo mucho más difícil: me había obligado a convivir con mi deseo. Porque una intuición puede ser intensa y, aun así, desaparecer; una vocación, en cambio, tiene que sobrevivir también a los días comunes, al cansancio, a la repetición y a esa parte poco romántica que existe detrás de cualquier elección verdadera.

Cumplí el año entero. Todos los días estudié el violín y la viola, incluso cuando dentro de mí sentía que la decisión estaba tomada. Con el paso de los meses dejé de buscar argumentos para justificar una elección u otra. Ya no necesitaba convencerme de que nueve años de estudio eran demasiado para abandonar, ni demostrar que aquella primera emoción había sido una revelación. Simplemente observé qué me sucedía cada vez que abría uno y otro estuche, y traté de escucharme con la misma atención con la que durante tantos años había aprendido a escuchar la música.

Cuando llegó el último día puse los dos estuches delante de mí y los abrí. Ahí estaban, uno al lado del otro, el instrumento que contenía casi toda mi historia y aquel otro que había aparecido inesperadamente para desordenarla. Tomé la viola y cerré el estuche del violín. No sentí que estuviera negando los nueve años anteriores ni que todo aquel esfuerzo hubiera sido inútil. Tal vez necesitaba haber recorrido exactamente ese camino para llegar hasta ahí, porque hay aprendizajes que no nos conducen al lugar que imaginábamos, pero nos vuelven capaces de reconocerlo cuando finalmente aparece.

Nunca volví a tocar el violín. Durante mucho tiempo mi cabeza siguió intentando comprender cómo era posible abandonar algo a lo que había dedicado tantos años por una certeza que había comenzado de una manera tan inexplicable. Después entendí que quizás la pregunta estaba mal formulada. No siempre cambiamos porque lo anterior haya sido un error; a veces cambiamos porque aquello que fuimos nos llevó hasta un punto desde el cual podemos escuchar algo que antes no estábamos preparados para escuchar.

Mi mente necesitó años para aceptar lo que mi corazón había percibido en un instante.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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