¿Cómo era recorrer los 2.200 km que separan Potosí de Buenos aires hace más de doscientos años? ¿Cómo se viajaba? ¿Dónde se paraba, se comía y dormía?
Un viajero recorrió el camino en aquellos tiempos lejanos, y marcó el itinerario en dos paños de papel, unidos por detrás con una tela de arpillera. Escribió sobre el mapa comentarios en inglés, con particularidades de todo tipo sobre lo que vivió, conoció y supo durante el viaje. El mapa-plano original se encuentra actualmente depositado en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, y es accesible en una detallada versión digital.
No se trató de un viajero cartógrafo solitario. En aquella época, esos trayectos se hacían organizados en flotas para afrontar en conjunto peligros de todo tipo. Inclemencias del tiempo, ataques de pobladores preexistentes, accidentes y malos pasos en caminos intransitables. Eran jornadas agotadoras, a veces con lluvia helada, chapoteando en el barro o envueltos en polvo.
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El viaje de Potosí hasta Villazón, La Quiaca, se hacía predominantemente en flotas de mulas. Largas caravanas preparadas para surcar la topografía, con tantas mulas como hicieran falta para transportar pasajeros, equipaje y carga. Quienes podían pagar un real de más, viajaban con mayor comodidad sentados en una litera amarrada en dos mulas aparejadas. Cada persona necesitaba de varias mulas para transportarse junto con su equipaje y su comida de viaje.
87 postas marcó el viajero en el mapa
El mapa marca en su recorrido un total de 87 cuadraditos. Cada marca señala una de las famosas postas, tambos o paradas, que hacían posible recorrer esa larguísima distancia con escalas necesarias donde se pudiera encontrar buena sombra, agua fresca y pasto para cambiar caballos, bueyes o mulas. También lavarse, descansar, comer y eventualmente pasar la noche.
La distancia promedio entre una posta y otra, que en la época se calculaba en leguas, alcanzaba entre 20 y 30 kilómetros. Las postas tenían su maestro o responsable con sus peones ayudantes, cumplían un servicio público y, a la vez, contaban con un reglamento. Allí hacían un alto también los correos chasquis de a caballo, buscando su relevo y un animal de refresco. En muchos casos, alrededor de la posta, se fueron conformando los pueblos.
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“Potosí”, ciudad marcada en el mapa en el extremo superior izquierdo con la referencia “Latitud S: 19 40 y Longitud W from Greenwich 64 25″, se encuentra separado de “Santiago de Cotagaita” por 8 postas, y otras 2 hasta llegar a “Suipacha”, escenario de la primera victoria contundente del ejército patriota en 1810, a 25 km de Tupiza. Remarcada se encuentra la posta de “Humahuaca” con una leyenda que señala que allí se asienta “la vanguardia del ‘ejército republicano’ (SIC) en agosto de 1816″. Allí mismo el viajero cartógrafo escribe en el mapa una advertencia de que el recorrido marcado desde estos lugares hasta Potosí: “no estoy seguro de que sean muy fieles a como es el camino en realidad”. Se encuentran señalizadas las ciudades de Tarija, Concepción y Orán, y hacia el este se lee “el río Pilcomaju (SIC) que se encuentra con el río Paraguay; los indios Tobas y Zapitalaguas”, y más allá “los bravos indios Matacos”.
El viaje de “Jujuy a Buenos Ayres” se hacía en carruajes tirados por bueyes o caballos. Carretas íntegramente fabricadas con madera de lapacho, quebracho, junco y toldo, sin un clavo de fierro. Los bueyes no perdían pie en el cruce de los ríos y aguantaban más tiempo sin beber agua, pero sufrían mucho el calor y los viajes se hacían más largos. Paraban cuando el sol se ponía a pleno entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde. Entre dos carretas se tendía un toldo y allí descansaban los viajeros, mientras se preparaba el asado.
“Salta tiene alrededor de 5.000 habitantes, gobernador, cuatro iglesias, dos monasterios”, escribe el viajero que se refiere a las mujeres del lugar resaltando a “las salteñas por su belleza y su baile”. Siguiendo la traza hacia el sur, a la altura de la posta de “Ciénaga” se encuentra “un gran bosque sin habitantes ni cultivos, pero repleto de tigres, leones americanos [N. de la R: pumas] y jaguares”. En la confluencia del “Río de las Piedras con el Río Salado” hacia el sur, marca “las Ruinas de Efteca: una opulenta ciudad de 150 años [N. de la R: tal descripción del lugar resulta un enigma hasta la actualidad, y queda como tema para investigar] y que pudo haber sido destruida por un terremoto".
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La Declaración de la Independencia
Cerca de la ciudad de “S: Miguel de Tucumán”, reseña que “es la sede del Congreso Nacional de United States of South América”. ¿Cómo no conjeturar cuál sería la situación de los pueblos latinoamericanos, si el sentido de esta denominación estuviera vigente?
A esa altura del mapa, hacia el este, se lee, en una columna, una nómina de las ciudades y la cantidad de representantes que cada una envió al Congreso de Tucumán, destacándose entre otras “Chuquisaca” con 3, “Buenos Ayres” con 7, “Mizque” con 1, “Tupiza” con 1, mientras que “Potosí, Tarija y Cochabamba” figuran “vacant”…
“Salta y S: Miguel de Tucumán”, ambas, cuentan con la particularidad de sus valles generosos, que dan buen pasto durante todo el año, lo que las convirtió en proveedoras de más de 100.000 mulas anuales, y que cumplieron durante siglos la función de transportar los lingotes de plata que iban de Potosí al puerto de Arica y de allí por barco hasta Lima. Aquellas mulas resultaban imprescindibles para recorrer los caminos hacia Potosí, La Paz, Cuzco, Lima, y para distribuir alimentos desde los valles de Cochabamba. También, en lomo de mula viajaban lingotes de metal de un contrabando, que tuvo gran extensión y magnitud. Los lingotes de metal bien amarrados a los animales eran futuras monedas de plata que llegaban a puertos de Brasil o al puerto de Buenos Aires con rumbo a Europa.
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Más al sur, en la posta de “Palmitas”, el viajero cartógrafo escribe “aquí vi una gran e inofensiva serpiente llamada ampalagua [sic, por lampalagua] que tiene alrededor de 10 pies de largo”. Y entre las postas de “Vinara y Miranda” aproximándose a la ciudad de Santiago del Estero, señala que “se encuentra el río Dulce… un río peligroso en temporada de lluvias… que se cruzaba en una balsa de cuero que era llevada por nadadores" de una costa a la otra.
Son muchos los relatos de la época que resaltan las dificultades que debían superar para cruzar los ríos. Si bien las carretas se construían con ruedas de hasta dos metros de diámetro, muchas veces los pasajeros y toda la carga debían cruzar en balsa para aligerar al máximo el peso de la carreta en el cruce. Es de suponer que otros carruajes, muy menores, cruzaban en balsas o quedaban esperando que el agua bajara y la corriente cediera.
Un título remarcado que dice “Description of the minas de fierro” llama la atención, pues ubica en un lugar retirado hacia el este, entre el río Salado y el río Bermejo, “y en el que existen grandes bloques de metal nativo que se encuentran en la superficie de la tierra…, una especie de fierro con el que se han fabricado en Buenos Ayres distinto tipo de armas”.
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Son 21 las postas que separan “Sant:Iago del Estero de la ciudad de Córdova, muy bien construida”, con la particularidad señalada de que hay un trayecto de más de 100 km, donde no se encuentra agua.
En la posta de Cruz Alta escribe que “allí fue ejecutado en 1810 Mr. Liniers el Virrey de Buenos Aires …indicando a Martín Rodríguez y a Mariano Moreno, el administrador del Rey (SIC)“, como los responsables de la muerte…Al llegar al río Arrecifes, a 41 leguas de Buenos Aires, remarca que “el río es muy rápido, y existe un ferry boat en muy malas condiciones para el cruce de pasajeros y carruajes a un costo de 4 Rs."
Es en esta zona geográfica y en su recorrido hasta Buenos Aires, que el viajero que escribe en inglés y cuyo nombre ignoramos, abunda en anotaciones sobre manadas de todo tipo de animales: caballos, vacas, cabras, zorros, vizcachas y mulas. Lo que más le llama la atención es la cantidad, y el hecho de que, en muchos casos, percibe que son animales que se reproducen en estado salvaje.
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Buenos Aires fue fundada por los españoles primero en 1534 y enseguida abandonada, pero los animales quedaron. En 1580, fue nuevamente fundada y los animales se habían multiplicado generosamente.
Potosí y Buenos Aires, las dos puntas del viaje
En el otro extremo del destino del viaje marcado en el mapa, se encuentra Potosí, la ciudad que durante siglos fue la más famosa de las Américas en el mundo entero. Proveedora del metal que alteró y transformó el sistema monetario del planeta.
La República Argentina encontró su propio nombre en el camino de búsqueda hacia el precioso metal finalmente hallado y extraído del cerro de Potosí. Buenos Aires, durante siglos, se benefició de las remesas de dinero que desde allí la autoridad enviaba. Cristóbal Colón había escrito que quien fuera dueño de aquellos metales preciosos podría ser “el dueño de todo lo que deseaba”, y además afirmaba: “Con el oro pueden llevarse las almas al paraíso”.
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No es cierto, aunque se actúe como si lo fuera.
El encuentro entre estas dos ciudades, Potosí y Buenos Aires, hace 210 años, por la travesía y el relato de un pasajero anónimo, enriquece el conocimiento y ofrece un fresco de la realidad pasada. Y ayuda a percibir también que, argentinos y bolivianos, nacimos de un vientre común.
Tenerlo presente remite, en un próximo y nuevo aniversario del Congreso de Tucumán que se celebra el 9 de julio, a honrar la idea y la voluntad de aquellos congresales que nos dieron la independencia y que, como escribiera el viajero en su mapa, crearon las Provincias Unidas en Sud América o lo que él llamó “The United States of South América”.
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