Fue furriel en el ARA 25 de Mayo y vivió de cerca el hundimiento del General Belgrano: “El destino quiso que yo no estuviera ahí”

Luis González fue destinado a uno de los portaaviones durante la Guerra de Malvinas. Desde allí vivió la angustia por el hundimiento del General Belgrano, el 2 de mayo de 1982, un lugar en el que podría haber estado. El miedo, la pérdida, el regreso a una sociedad que eligió la indiferencia y la contención compartida con sus compañeros veteranos

Junto al homenaje del hospital al General Belgrano (Comunicación Institucional del Hospital de Clínicas)

“Cuando entramos al hospital de Puerto Belgrano, uno de los chicos que sobrevivió al hundimiento estaba en una cama. Le iban a amputar una pierna que se le había congelado y había hecho gangrena. Cuando nos reconoció, se puso a llorar”. Así recuerda Luis González uno de los momentos más duros de su vida, a los 18 años. Había bajado del portaaviones y, con un grupo de compañeros, fue directo a visitar a los sobrevivientes del hundimiento del General Belgrano. Ya estaban marcados por la guerra y el frío.

Antes de ser uno de los tripulantes del portaaviones ARA 25 de Mayo, Luis trabajaba en una pizzería y esperaba una beca para estudiar Diseño Gráfico en la Universidad del Salvador. “Me sortean justo cuando estaba terminando la secundaria. Me tocó número alto y ya lo veía venir”, cuenta. En su familia, el servicio militar era una tradición. Para él significó dejar en pausa sus planes y entrar en una rutina desconocida, que pronto se volvió encierro. “En un buque no hay escapatoria. Te hunden y estás en el mar, un mar frío donde permanecés más de cinco minutos y morís por hipotermia. Psicológicamente te afecta más porque estás encerrado, no sabés qué va a pasar”, define en diálogo con Infobae.

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La vuelta a Buenos Aires fue otra batalla inesperada. El regreso a su casa de San Miguel no alcanzó para amortiguar el frío de una sociedad que evitaba mirarlos de frente, que los borraba... “Fuimos escondidos bajo la alfombra”, lamenta. Durante años buscó trabajo sin mencionar que había estado en la guerra, apoyándose en oficios que había aprendido de chico. “El Estado nos dio la espalda, nos escondieron y la sociedad también nos fue indiferente... ¿para qué iba a decir que había estado en la guerra si eso nos cerraba las puertas?”. El silencio se volvió una forma de vivir.

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Luis González poco antes de viajar a las Islas Malvinas

La espera antes del estallido

“El número de sorteo que me tocó era alto. Yo sabía que me iba a tocar Marina, la Armada. Lo cual tampoco me disgustaba, porque siempre soñé con ver el mar, conocer el mar. Pensé: ‘Bueno, voy a estar un año alejado de todo, pero voy a navegar...’”.

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Al incorporarse, fue enviado a Campo Sarmiento, en la Base Naval Puerto Belgrano, junto a Bahía Blanca, en Punta Alta. Allí lo subieron junto a otros conscriptos a un tren con las ventanas cerradas, sin saber adónde los llevaban, hasta llegar a la base, donde comenzó la instrucción militar. En ese lugar conoció los distintos buques de la flota, incluido el Crucero General Belgrano y el portaaviones ARA 25 de Mayo, donde terminaría destinado. La formación fue dura e incluyó tareas de mantenimiento y entrenamiento en los barcos de la Flota de Mar.

Luis recuerda esos días como una sucesión de prácticas, simulacros y recorridas. “Recorríamos todos los buques durante la instrucción. Éramos muchachos de 18 años que nos juntábamos a tomar mate, compartíamos historias, proyectos de seguir estudiando, alguno hablaba de la novia o del trabajo de su familia en el campo”, recuerda emocionado los momentos con compañeros de quienes ya no recuerda nombres, pero sí apodos. “Estaban el Negro, Condorito, el Patón, el Chueco, el Chaqueño, el Tucumano”, dice. Poco a poco, esa rutina se transformó en la vida a bordo y pasó a formar parte de los 1.400 tripulantes del ARA 25 de Mayo, donde el tiempo empezó a medirse de otra manera.

Una vez a bordo, fue seleccionado para desempeñarse como furriel, la figura administrativa encargada de las tareas de oficina. “Me eligieron porque era uno de los pocos que escribía bien a máquina”, recuerda. Esta habilidad lo llevó a quedar a cargo de la parte administrativa junto a otros compañeros que también superaron la prueba de dactilografía. Cuando el portaaviones navegaba, además, Luis cumplía funciones como telefonista en la cubierta de vuelo, transmitiendo información clave y asegurando la comunicación entre los distintos sectores del buque, especialmente durante los momentos de máxima tensión operativa.

Conscriptos de la División Víctor en cubierta de vuelo: con trajes antiflama durante un simulador de rescate; y marinos realizando tareas de mantenimiento en las aeronaves

El ritmo cotidiano en el ARA 25 de Mayo combinaba el trabajo de oficina con la preparación constante para la guerra. Las jornadas pasaban entre guardias, ejercicios y la expectativa de novedades. Fue en ese clima de rutina militar y alerta permanente cuando la noticia del desembarco en las islas irrumpió en la madrugada del 2 de abril. “Cuando recibimos la noticia de que íbamos a Malvinas, al principio pensábamos que era una maniobra más. A las cuatro de la mañana recibo de un compañero un comunicado: ‘¡Vamos a tomar Malvinas! ¡Se está tomando Malvinas!’... Yo pensaba que era un ejercicio más. Aún no caía”, admite la tensión emocional y mezcla de sensaciones de ese momento. En las cubiertas, el nerviosismo aumentaba con los segundos, aunque todavía se sostenía la idea de un regreso cercano.

El desembarco argentino en las islas cambió el destino de todos. “Al mediodía, después de que se termina toda la escaramuza, se rinde Rex Hunt, el gobernador de la isla, se iza la bandera argentina frente a la gobernación en Malvinas. En esa misma hora se pide que cada una de las divisiones forme en las distintas cubiertas porque se iba a dar un mensaje”, recuerda. El mensaje fue una arenga sobre el orgullo de estar recuperando las Malvinas.

“‘Ustedes son parte de la historia y partícipes de la recuperación de nuestras Islas Malvinas. Hoy está flameando nuevamente nuestra celeste y blanca en las Islas Malvinas. Viva la patria’, y se entonó el Himno Nacional. Obviamente, ese momento para nosotros fue… terrible. Nos puso la piel de gallina. Nos empezamos a mirar uno con otro y decíamos que era verdad, que estábamos tomando las Islas Malvinas... ¡No lo podíamos creer! Ese fue uno de los momentos más emotivos, más lindos que recuerdo. Y después se vino lo que se vino, porque, heridos en su ego, los británicos vinieron a recuperar las islas con todo el poderío que tenían”.

La espera se volvió tensión. La posibilidad del combate, el frío y la rutina se mezclaban con la ansiedad por volver. Nadie lo decía en voz alta, pero todos entendían que la guerra ya había empezado.

"Un avión A-4Q Skyhawk. catapultado desde el portaaviones 25 de Mayo", describe Luis la imagen que comparte con Infobae

Explosión y silencio: el hundimiento del General Belgrano

El 1 de mayo de 1982 fue el inicio formal de las hostilidades con el “Bautismo de Fuego” de la Fuerza Aérea Argentina, una jornada de intensos combates aéreos que comenzó de madrugada con el bombardeo británico sobre la pista de Puerto Argentino.

Mientras los aviones argentinos respondían a las incursiones enemigas, en alta mar se desarrollaba una maniobra fundamental: el portaaviones ARA 25 de Mayo detectó a la flota británica y preparó un ataque con sus cazas Skyhawk. Sin embargo, la ausencia de viento en el Atlántico Sur impidió el despegue de las aeronaves demasiado cargadas. Ante esa limitación y la imposibilidad de ejecutar el plan ofensivo, el Comando Naval ordenó a las cinco de la mañana del día siguiente el repliegue de la flota hacia aguas costeras. Ese cambio de rumbo dejó al crucero General Belgrano navegando hacia el oeste, alejándose del teatro de operaciones, sin saber que ya era perseguido por el submarino nuclear HMS Conqueror.

Durante esa madrugada del 2 de mayo, el Belgrano avanzaba con sus turbinas a régimen sostenido, fuera de la zona de exclusión y con proa hacia el continente, buscando resguardo en aguas menos profundas del Banco Burdwood. A bordo, la navegación transcurría con relativa calma: los relevos de guardia se cumplían sin sobresaltos y la tripulación operaba bajo la sensación de haber salido del área de peligro. El submarino HMS Conqueror lo seguía en silencio desde hacía más de treinta horas. Desde Londres, la primera ministra Margaret Thatcher autorizó el ataque al crucero, aun cuando el buque no representaba una amenaza inmediata.

A las 16:02, el Atlántico Sur se quebró con una explosión. Dos torpedos Mark 8 impactaron en la banda de babor: el primero destruyó la sala de máquinas y el segundo arrancó quince metros de la proa, dejando al crucero sin energía y en completa oscuridad. La escora se volvió irreversible en minutos. El capitán Héctor Bonzo ordenó abandonar el buque. Entre humo, combustible y frío extremo, la tripulación se lanzó a las balsas salvavidas. A las 17:00, el Belgrano se hundió verticalmente bajo las olas, con 323 marinos a bordo.

El crucero ARA General Belgrano fue tragado por el Atlántico en menos de una hora. La fotografía fue tomada desde una de las balsas salvavidas

La noticia llegó al ARA 25 de Mayo como una onda expansiva. “Cuando nos enteramos del hundimiento del Belgrano, la tristeza nos invadió porque a muchos de esos chicos los conocíamos. Habíamos compartido momentos juntos, muchas charlas y recorrimos todos los buques durante la instrucción”, lamenta Luis y su voz refleja el dolor del recuerdo. El frío del mar no fue lo único que se instaló a bordo esa tarde: también lo hizo la certeza de que la guerra había cambiado de escala. La vida en el mar cambió. “Dormíamos vestidos. El agua se empezó a racionar también, porque el buque tiene una dotación de 1.400 personas y no sabíamos cuánto tiempo íbamos a estar ahí”. La incertidumbre cerraba cualquier salida.

También convivieron con el terror de ser los siguientes en caer. “El ARA 25 de Mayo, como buque, estuvo en peligro varias veces porque lo detectó el mismo submarino después de que hundió al crucero Belgrano. El próximo objetivo de los británicos era hundir nuestro portaaviones, porque era nuestra nave insignia, la nave más importante que tenía la Armada en ese momento”, revive la tensión con la que comenzaron a vivir los días desde ese momento.

Luego supo por un comandante de la escuadrilla de A-4 Skyhawk, que el portaaviones estuvo a punto de lanzar un ataque contra la flota británica. Los pilotos tenían la operación lista y confiaban en poder sorprenderla y regresar con el combustible justo, antes de que detectaran su posición. Sin embargo, la misión fue cancelada a último momento en medio de las gestiones diplomáticas —impulsadas por el gobierno de Perú— que buscaban evitar el enfrentamiento. La orden fue replegarse hacia la costa. Luis recuerda la tensión y la frustración a bordo: la operación estaba preparada y podía alterar el curso de los acontecimientos, pero nunca se concretó.

La última foto del crucero General Belgrano navegando, antes de recibir el ataque fatal

En los días siguientes, el impacto se volvió tangible cuando al fin pisaron tierra con la rendición argentina. “Cuando volvimos, lo primero que hicimos fue ir al hospital de Puerto Belgrano para visitar a los que habían trasladado. En el momento que los compañeros de entrenamiento que reconocieron al grupo que fuimos, unos doce, se pusieron a llorar. No pude quedarme y salí. Fue demasiado”, revive y se quiebra por primera vez. La guerra con el enemigo había terminado, pero continuaba en tierra firme con sus consecuencias, en cada reencuentro.

El comunicado oficial de la Cancillería argentina, emitido esa misma noche, decía: “A las 17 horas del 2 de mayo el crucero ARA General Belgrano fue atacado y hundido por un submarino británico (…) Que dicho punto está situado a 36 millas fuera de la zona de exclusión marítima fijada por el gobierno de Gran Bretaña… Que tal ataque constituye un alevoso acto de agresión armada perpetrado por el gobierno de Gran Bretaña en abierta violación de la Carta de las Naciones Unidas y del cese de hostilidades ordenado por la Resolución 502 del Consejo de Seguridad de la ONU”.

El hundimiento del Belgrano dejó 323 muertos, casi la mitad de las bajas argentinas en la guerra. Años más tarde, el Informe Rattenbach lo calificaría como un hecho “intrínsecamente cruel por innecesario”, al haberse producido cuando el buque no representaba una amenaza táctica y en medio de gestiones diplomáticas en curso.

Imagen del Portaaviones, visto desde el aire

La otra batalla: volver y sobrevivir al olvido

En tierra firme, comenzó otra batalla. Inesperada. Impensada: la indiferencia y la vergüenza. Al llegar a Buenos Aires no hubo recibimiento sino distancia y oscuridad. “Fuimos escondidos bajo la alfombra”, dice aún sin entender qué pasó de verdad. El regreso a San Miguel no alcanzó para amortiguar el rechazo de todo un país que los vitoreó y que luego los ignoró.

“El último día en la pizzería en la que trabajaba, en el centro de San Miguel, me hicieron una despedida cuando entré al Servicio Militar y me dijeron que el trabajo me esperaba al regresar. Me trataban tan bien que me gustaba trabajar allí. Cuando volví por ese trabajo, me cerraron la puerta en la cara. Solo me dijeron: ‘Acá vos no tenés trabajo, no tenés nada. ¡Acá no te queremos!”.

Ya nada era lo mismo en ningún lugar. Intentó conseguir trabajo en fábricas y herrerías, ocultando su condición de excombatiente —aún no se les llamaba veteranos—. “No decía que había estado en Malvinas. Lo ocultaba”, cuenta. Aprendió a callar para poder sostenerse en una sociedad que no quería escuchar versiones de los excombatientes y que, una vez más, estaba cegada por una nueva edición de la Copa Mundial de Fútbol y gritando goles ajenos luego de que la Selección nacional —que se enteró de lo que en realidad había pasado al llegar a España— fuera eliminada el 2 de julio.

Durante el último encuentro nacional con la Comisión Permanente de Homenaje del "Portaaviones ARA 25 de Mayo"

Finalmente, logró encontrar trabajos en distintos oficios, pero nada estable. Tras años de negarse e incluso olvidarse de lo que había vivido, volvió a acercarse a sus compañeros del ARA 25 de Mayo y a Malvinas. “Para mí era algo pendiente, tenía que juntarme con todos ellos, tenía que volver a verlos. Y nos volvimos a encontrar”. En esos encuentros, las historias comenzaron a aparecer sin forzarlas. “Tratamos de no contar las cosas más feas, pero en algún momento surgen y escuchamos con respeto, sin interferir en lo que el otro que necesita contarlo”.

Uno de los valores del grupo está ahí. “Fuimos nosotros, en los distintos centros de veteranos, que comenzamos con la contención psicológica. Fue nuestra forma de hacer un cable a tierra. Todavía nos seguimos juntando”. Luis participa en un centro en Guernica, en Presidente Perón, y en una comisión de homenaje del portaaviones. “La tarea hoy no es solamente malvinizar y llevar el mensaje de Malvinas, sino también valorar lo nuestro como argentinos”.

Con el tiempo, en 1994, Luis llegó al Hospital de Clínicas casi por casualidad, buscando estabilidad después de años de intentos fallidos. Ingresó en el área de Mantenimiento y mantuvo en silencio su condición de excombatiente. Cinco años más tarde, en 1999, durante la gestión del neumonólogo Juan Antonio Mazzei como director —el primero elegido por concurso—, el hospital organizó un homenaje a los veteranos el 2 de mayo. “Me cuenta que tenía unos mosaicos con el crucero General Belgrano, que quería ponerlos en el hall central. Nadie sabía que yo era uno… Fueron él y su secretaria los que lo descubrieron”, recuerda Luis. En el hospital había otros seis veteranos y también fueron reconocidos. Ese acto fue el primer paso para volver a decirlo en voz alta.

Veteranos del Hospital de Clínicas y el primer reconocimiento que tuvo Luis

La iniciativa se replicó luego en otros ámbitos de la Universidad de Buenos Aires. “A partir de ahí se hicieron varios reconocimientos y eso fue cambiando un poquito la historia”, admite. Por primera vez sintió que podía exteriorizar algo que hasta entonces había guardado. “Fue la primera vez que lo conté sin que nadie me corriera”. El reencuentro con otros veteranos, la participación en el museo y las charlas con jóvenes le dieron un nuevo lugar en su propia historia. “Yo siempre sentí orgullo de haber ido a pelear a Malvinas porque aunque teníamos 18 años, no éramos ‘chicos’, como aún nos dicen y no nos cae bien. Éramos hombres que juramos dar la vida por la Patria”. A partir de esos reconocimiento y las nuevas miradas, Luis sintió que al fin ese orgullo atrapado podía salir.

Se jubiló del trabajo en el Clínicas —lugar que ama y al que le agradece todo— en enero de este año. Sigue participando en actividades de memoria y en espacios de encuentro con otros excombatientes. Allí, el silencio de la posguerra se transforma en relato compartido.

Hoy busca transmitir a los jóvenes el valor de la memoria. “Les enseñamos a valorar la gesta de Malvinas porque sin nada, siendo tan jóvenes, fuimos a defender lo que es nuestro. Los que invadieron fueron los británicos. Nosotros fuimos a defender nuestro territorio”.

Con la medalla de las Islas Malvinas en el cuello

Junto a un grupo de compañeros y con la ayuda de la Universidad de Buenos Aires, se barajó la idea de viajar a Malvinas para llevar una placa homenaje a los caídos, pero al iniciar los trámites les informaron que no podían llevar ninguna placa, tampoco bandera ni objeto que los identificara como argentinos y menos como veteranos. “Nos dijeron que teníamos que ir como turistas, sin nada que nos identificara. Si no podía mostrar de dónde venía y a quién representaba, no tenía sentido volver”. Luis dejó claro que la soberanía no se negocia y sin la bandera que lo llena de orgullo, la idea de entrar como extranjero donde 649 argentinos perdieron la vida, quedó en el olvido.

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