Hablan bajo. Aunque no haya nadie cerca, hablan bajo. Dicen, casi como un mantra y también en voz baja, lo de “pueblo chico, infierno grande”. San Cristóbal, el rincón del noroeste santafesino al que la historia reciente se le partió en dos este lunes a la mañana, cuando un chico de 15 años asesinó a escopetazos a uno de 13 en la Escuela “Mariano Moreno”, intenta buscar alguna explicación a lo que pasó.
“Acá nos conocemos todos, y esto que pasó es muy doloroso. Es difícil hablar del tema, de cómo estaba la familia del chico que tiró antes de que esto pasara o cómo estaba incluso el pibe que tiró, porque lo obvio es que la gran tragedia es la de Ian y la de sus padres, que perdieron a su único hijito. Pero también es una tragedia lo que le haya estado pasando al chico que decidió lo que decidió, y todo lo que venga en su vida a partir de ahora”, dice Paula, una de las mujeres que este lunes participó de la vigilia que homenajeó con velas a Ian Cabrera.
Nadie sabe -probablemente nunca nadie sepa del todo- cuál fue el desencadenante que hizo que el adolescente que llevó el arma a la escuela efectivamente abriera fuego contra otros estudiantes e hiriera de muerte a uno de ellos antes de ser reducido por un auxiliar docente. Sí se sabe que, como aún no entró en vigencia el nuevo Régimen Penal Juvenil que aprobó recientemente el Congreso, los hechos no serán juzgados penalmente.
Pero el adolescente, que fue trasladado a la ciudad de Santa Fe este lunes inmediatamente después de los hechos y que permanece institucionalizado junto a su madre, será evaluado por equipos interdisciplinarios integrados por psicólogos y trabajadores sociales. Las decisiones que la Justicia tome sobre su destino serán en los ámbitos de Familia, Niñez y Adolescencia. Por seguridad, el lugar en el que permanecen el chico que disparó y su madre se mantienen bajo estricta reserva.
Sí se sabe, de acuerdo con cómo avanza la investigación, que muy probablemente el chico de 15 años sea derivado a una institución de salud mental o a un centro semiabierto, un espacio educativo, correccional y con actividades laborales destinado a menores. Todo dependerá de lo que resuelvan los equipos interdisciplinarios y la Justicia.
Una de las abogadas del adolescente, Mariana Oroño, dio pistas en distintas declaraciones periodísticas sobre el estado del adolescente. Contó que, según él mismo refirió, “atraviesa un proceso depresivo” y “sentía que no encajaba y quería quitarse la vida desde hacía años”. Oroño también contó que el joven “no pudo responder porqué hizo esto y sentía vergüenza de hablar frente a la madre”.
“No fue un ataque dirigido hacia una persona. Fue algo más relacionado a algún tipo de reacción psiquiátrica, psicológica. Según lo que nos manifestaron los padres y también lo que habló nuestro colega con él, él no habría sido víctima de bullying”, dijo la letrada que representa al adolescente.
“El pibe que tiró vive en una familia que desde hace años está en pleno conflicto. Y pasó algo que fue muy duro para él: su hermana terminó el secundario y se fue a estudiar a la universidad, y él quedó solo con todo el conflicto familiar”, dice Paula en una de las plazas de este pueblo que alguna vez fue pujante por la actividad ferroviaria.
“El padre se fue a Entre Ríos hace más de dos años, estaba con mucho consumo de drogas y con mucho conflicto con la madre. Y la madre está con problemas psiquiátricos desde hace tiempo. El pibe estaba en un ambiente muy tremendo y ya se había comentado que alguna vez se había querido lastimar feo. Yo pensé que iba a terminar suicidándose, lo que también hubiera sido una tragedia. Pero pasó esto que nadie vio venir”, suma Paula, que comparte su mirada con Infobae y con algunos vecinos.
“Es una familia llena de quilombos la del pibe que tiró”, define otro de los vecinos. No va a decir su nombre por eso de que “acá nos conocemos todos”. “El padre tuvo muchísimos problemas con la droga, se alejó mucho de su hijo, y la madre tampoco está bien. Y la adolescencia es un momento re jodido para los pibes. A eso sumale que acá en el pueblo hay mucho acceso a las armas. Se sale mucho a cazar. El resultado fue esta tragedia”, dice.
Celeste egresó de la Escuela “Mariano Moreno” en diciembre del año pasado. Desde el lunes, la persigue un pensamiento: “Me la paso pensando qué hubiera hecho yo si escuchaba los tiros. Para dónde hubiera corrido. Cómo hubiera sido volver a la escuela después de que hubiera un muerto. No puedo pensar en otra cosa”, se acongoja.
“Yo a Ian no lo conocía porque entró este año, pero al chico que disparó sí. Era tranquilito, no daba la sensación de tener conflictos con otros compañeros, pero sí se dice que sufría mucho en la casa. Igual, viste cómo somos en los pueblos: cada uno que cuenta le suma algún detalle nuevo a la historia y andá a saber qué es cierto y qué no”, remata Celeste, que este lunes a la mañana se desesperó por saber cómo estaban sus primos, estudiantes de la “Mariano Moreno”.
La conflictividad al interior de la familia del adolescente que abrió fuego en la escuela es, tal vez, la hipótesis más potente en las calles de San Cristóbal. Pero no es la única. Así como la abogada Mariana Oroño descartó que el chico padeciera bullying y evitó referirse a un eventual escenario de consumos problemáticos por parte del padre, la posibilidad de que el adolescente estuviera padeciendo hostigamiento en la escuela no se descarta del todo en las conversaciones del pueblo.
“Se vio por todos lados el video en el que se ve cómo le patean la silla. Es cierto que los pibes se hacen de todo a esa edad, y ese video son apenas unos segundos, no prueban nada. Pero muchos de los chicos que lo conocen de la escuela contaron que al pibe se la hacían pasar especialmente mal en el aula, que le hacían bullying. Eso no justifica nada, desde ya, pero no sería el primer caso, y me apena sospechar que no va a ser el último. Lo que pasa es que ahora le tocó a nuestro pueblo”, le cuenta Claudio a Infobae. Es uno de los proveedores que cada mañana llega a la escuela para abastecer su comedor. Este lunes, aunque fue bien temprano, no pudo llegar: lo frenó la Policía porque la tragedia ya había invadido el lugar.
Como Celeste, Luna también fue alumna de esta escuela en la que, en vez de clases, hay un oficial de la Policía provincial custodiando la escena del crimen. Terminó la secundaria a fines de 2024 y su hermana egresará este año. “Se fue poniendo todo cada vez más violento en la escuela. Ya pasó varias veces que arreglen dos grupitos, sobre todo de chicas, para agarrarse a los golpes. Y hace re poco unos chicos atacaron a una compañera y le cortaron toda la cara, fue tremendo. Hay cada vez más violencia y cada vez más bullying, no me sorprendería que este chico estuviera sufriendo ataques, aunque eso no se puede resolver a los tiros”, describe.
Celeste, en la puerta de la escuela, le replica: “Este chico ya traía la conflictividad y el dolor desde su casa, no hay que cargar las tintas en otras causas cuando el problema viene de antes”. Debaten pero no se levantan la voz, sino todo lo contrario. Quieren que esta conversación cargada de muerte pase lo más desapercibida posible.
San Cristóbal busca el origen de una acción para la que no encuentra explicaciones. En esa búsqueda, sus habitantes arriesgan hipótesis: ¿bullying o conflictividad familiar?
“No es que hay más violencia en el aula. Hay más violencia en la sociedad, y los adolescentes no escapamos de eso. Pasa en todo el mundo, ¿porqué no iba a pasar acá?”, dispara Celeste. Luna, esta vez, comparte la opinión: “Es así. Vivimos en un mundo cada vez más violento. Y eso nos pega a todos”.