En el corazón de África Oriental, dos leones machos aterrorizaron a cientos de obreros durante la construcción del ferrocarril de Kenia a Uganda a finales del siglo XIX.

La historia comienza en marzo de 1898, al borde del río Tsavo. La construcción del llamado “Lunatic Line”—una obra monumental destinada a atravesar el territorio inhóspito entre Mombasa y el lago Victoria—reunió a miles de trabajadores, la mayoría indios traídos por el Imperio Británico. La selva se abría a fuerza de dinamita y sudor, pero la resistencia no provenía solo de la naturaleza.
Un rugido en la noche
Durante nueve meses, la comunidad de trabajadores vivió al filo de la muerte. Al principio, una desaparición parecía un infortunio aislado. Un hombre que no regresaba a su tienda o una figura que se esfumaba en la noche. Pero el patrón se repitió con inquietante regularidad. “Nadie sabía quién caería después, pero todos temían que le llegara el turno”, relataría mucho más tarde un sobreviviente. Los llamaron “El Fantasma” y “La Oscuridad”. Aunque muy pocos pudieron estar frente a ellos y sobrevivir.
Los leones no se conformaban con acechar a sus presas. Los leones de Tsavo carecían de melena y su tamaño resultaba imponente—casi sobrenatural—, lo que los convertía en figuras fantasmales en la penumbra.

La noticia se esparció entre los trabajadores. Campamentos enteros levantaron empalizadas, encendieron hogueras y organizaron patrullas nocturnas. Nada parecía bastar. Los leones saltaban las vallas, sorteaban trampas y arrastraban a sus víctimas lejos de la vista, dejando solo charcos de sangre fresca y una huella de horror.
“Fue una pesadilla sin fin,” narró uno de los supervisores británicos. A veces, los cuerpos mutilados reaparecían al amanecer. Otras veces no qquedaba ni rastros de las víctimas.
John Henry Patterson: el cazador acechado
Al frente de la obra se hallaba John Henry Patterson, el ingeniero irlandés cuya reputación de firmeza y control empezó a resquebrajarse al ritmo de las muertes. Patterson documentó la experiencia en memorias que meclan su determinación y asombro: “Nada parecía capaz de detenerlos. Eran demonios con piel de león”.
No era solo la cantidad de víctimas. Era la obsesión metódica, la impunidad con la que los leones burlaban toda defensa humana. Cuando Patterson inspeccionaba los refugios improvisados, sentía las miradas vacías de los obreros clavadas en su espalda. Exigían respuestas y protección. Él sólo podía ofrecer promesas vacías y un fusil siempre al alcance.

—No dejen que el fuego se apague —repetía, al recorrer las hileras de tiendas mal iluminadas—. Ellos temen a la luz.
Los leones parecían escuchar la advertencia. Cada noche, el rugido resonaba más cerca. Una vez, Patterson se internó tras una huella sanguinolenta en la espesura. Encontró una escena dantesca. Jirones de ropa entremezclados con huesos, el hedor a carne fresca y ausencia de ruinas.
La escalada del horror
El número exacto de víctimas siguió envuelto en el humo de la leyenda. Algunos informes británicos oficiales reconocen 28 obreros asesinados. Relatos de la época aseguran 135 muertos, arrastrados y devorados en un periodo de nueve meses.
Los sobrevivientes dormían con armas improvisadas bajo la almohada, soñando con fauces enormes y ojos amarillo-azufre brillando entre los arbustos. La construcción se detuvo varias veces. Cuadrillas completas huyeron despavoridas, invocando dioses y maldiciones antiguas.
En el ambiente flotaba una pregunta sin respuesta: ¿Por qué dos leones, devoradores de hombres, atacaban con tanta persistencia? El sentido común de los ingenieros ingleses y la superstición fatalista de los hindúes se entrelazaron en una atmósfera de impotencia.

“Los dioses nos han abandonado a las fieras que gobiernan esta tierra”, confesó un viejo trabajador, los ojos extraviados en la bruma azulada de la selva.
El duelo final
El clímax de la pesadilla llegó hacia fines de diciembre. Patterson, extenuado y obsesionado, ideó una trampa. Construyó una plataforma elevada, disimuló un cebo y esperó en la oscuridad, improvisando una vigilia suicida. Durante semanas, los leones resistieron cada emboscada. Era como si desafiaran la lógica misma, obligando a que los papeles de cazador y presa se invirtieran.
Una noche, un estrépito cortó el aire. Patterson disparó. El primer león cayó, envuelto en un vendaval de rugidos, pero languideció lentamente, como si ningún disparo humano pudiera apresar del todo su esencia. El segundo, astuto y escurridizo, tardó veinte días más en dejarse atrapar. Cada encuentro era un pulso entre el instinto animal y la obsesión del hombre.
Cuando el último de los devoradores de Tsavo fue abatido, el silencio recayó sobre la tierra como un sudario. La leyenda estaba sellada, pero el miedo—ese animal invisible—persistió en la memoria colectiva.

Bestias o víctimas
Las preguntas no tardaron en multiplicarse. ¿Qué convirtió a los leones de Tsavo en depredadores de hombres, ignorando la abundante fauna del entorno? Los años pasarían antes de que la ciencia sugiriera respuestas verosímiles.
Investigaciones anatómicas posteriores encontraron señales de enfermedad en las mandíbulas de los leones. Uno de los ejemplares habría sufrido una grave infección dental, privándolo de la posibilidad de cazar presas habituales como cebras y búfalos. “Quizá el dolor los obligó a buscar presas más fácilmente conseguibles—humanos sin protección adecuada”, especuló un zoólogo décadas después.
Entre mito y realidad
Los restos de aquellos leones, sin melena, cuyo tamaño descomunal los convirtió en íconos del terror, descansan hoy en el Museo Field de Chicago, convertidos en símbolos de la fragilidad humana frente al mundo natural. El cuero auténtico de ambos animales, montado sobre estructuras de madera, atrae a miles de visitantes. Frente a la vitrina, niños y adultos se preguntan si los rugidos que martillean en los relatos tienen eco en la realidad.
“Se comieron a mis amigos. Nos cazaron a todos, nos trataron como a antílopes en la noche”, declaró un testigo indio, mucho tiempo después, cruzando los dedos como si conjurara un hechizo de exorcismo.
Una herida abierta en la memoria
En las noches cálidas de Tsavo, cuando el viento silba entre los árboles, es fácil imaginar el retorno de aquellos cazadores. El campamento moderno se alza sobre las cenizas del viejo tendido ferroviario, pero la vigilancia nunca abandona los ojos de los guías locales. Los leones de Tsavo pertenecen más al reino de los mitos que de la zoología, pero han dejado una huella física e indeleble en la historia de la región.
“Cuando escucho un rugido lejano, todavía aprieto el corazón. Ningún muro ni rifle apaga el temor”, confesó un descendiente de los antiguos obreros.
Aquel ferrocarril, al que algunos llamaron maldito, sigue cruzando la llanura. Los recuerdos del año 1898 viajan en cada traqueteo de los vagones.
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