Ricky Sarkany en La Escalada: el aprendizaje de su padre zapatero y el día que puso un freno a su adicción al trabajo

El emprendedor cuenta sus primeros pasos en el taller familiar. Cómo fue que pasaron de vender mayorista a ofrecerle sus creaciones a la gente. “Logramos tener nuestra propia impronta y que los zapatos sean reconocidos como el cuadro de un artista”, recuerda

“Nunca una mujer va a usar una bota en Argentina. Las botas dan reminiscencia militar.E l clima es húmedo, no es Siberia. ¿Sandalias? ¡Las mujeres no muestran los dedos de los pies!”. Las frases aún resuenan en la cabeza de Ricky Sarkany. Su padre, un húngaro que llegó a Buenos Aires escapando de la Segunda Guerra Mundial, era la cuarta generación de zapateros. También lo había sido su abuela. El oficio corría por sus venas, pero su visión estaba adelantada a su tiempo. “En aquel tiempo, la confianza era total y no quedaba otra que recibir un pago anticipado para contar con capital. Con un prototipo, mi padre visitaba zapateros que, debido a la demanda insatisfecha de calzado hecho a mano, aceptaban su propuesta y le adelantaba dinero. Así, podía producir zapatos”, cuenta el emprendedor en diálogo con la sección La Escalada de Infobae.

En su pequeño taller artesanal fabricaba zapatos para marcas que luego les ponían su sello. Él diseñaba, pero otros se llevaban el crédito. En Argentina, a fines de los años 50, los zapatos se vendían en zapaterías y los mayoristas dictaban las reglas. No existía la venta directa al público. “El proceso era lento. Se cortaba el material a mano, lo cual era rápido, pero luego venía el cosido, lo que tomaba un día. El ensamblado se hacía completamente a mano, hilvanado sin pegamentos, y el zapato debía permanecer en la horma entre cinco y siete días en clima seco para tomar su forma antes de coserle la suela y terminarlo manualmente. Hacer un solo zapato podía llevar entre siete y diez días. Un operario habilidoso lograba producir entre seis y ocho pares al día”, explica Ricky-.

Su primera gran idea fue una bota para mujer. Se la rechazaron. Era un país machista, donde la moda seguía reglas estrictas. El segundo fracaso fue la sandalia. “Demasiado agresivo”, le dijeron. ¿Dedos al descubierto? ¿Forro rosa Dior? Nadie lo entendió. Terminó haciendo lo que pedían los dueños de zapaterías: modelos clásicos en negro, marrón y azul. Sobrevivió vendiendo a mayoristas con pago anticipado, fabricando calzado artesanalmente. “Mi papá era pintor y escultor de formación. Todo lo que traía de Europa tenía una gran carga artística -explica Sarkany-. Venía de una cuna de arte, diseño y vanguardia. Pero además de ser un artista, mi padre tenía visión de futuro. Él veía más allá”.

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A los diecisiete años, Ricky ya trabajaba en el taller. Ataba cajas. Aprendía el oficio. Pero no entendía por qué su padre no vendía directamente a la gente (Candela Teicheira)

Cuando Ricky nació en 1960, eran una familia de clase media baja. Vivían en Núñez, cerca de la cancha de Platense. La casa era modesta, pero con un taller lleno de artesanos, cueros y hormas de madera.

En busca de su propio destino

A los diecisiete años, Ricky ya trabajaba en el taller. Ataba cajas. Aprendía el oficio. Pero no entendía por qué su padre no vendía directamente a la gente.

—Es más fácil vender mil pares a un zapatero que un par a una mujer —le repetía su padre.

Pero él insistía. Creía que el cliente y el usuario debían ser la misma persona. Hasta que un día, sus compañeros de la facultad comenzaron a gastarlo.

—Compren lo de Ricky, que vende más barato.

No entendía qué pasaba. Su padre había tomado la decisión sin decirle nada. Había abierto al público en el garaje del taller y le había puesto su nombre: Ricky Sarkany. Sin consultarlo. El resultado fue un desastre. Todos los clientes mayoristas cancelaron sus pedidos. Ese mismo día se fundieron.

—Esto es competencia desleal —le reclamaron los zapateros.—No, esto que vendo es lo que ustedes nunca quisieron comprar —respondió él.

Ricky se volvió un adicto al trabajo. Era el primero en llegar y el último en irse. Nada estaba por encima de la empresa (Candela Teicheira)

La caída y el milagro

La zapatería no era tal. En el garaje donde se preparaban los pedidos mayoristas, pusieron una alfombra, unas sillas, unas estanterías de vidrio y exhibieron diez o doce modelos. Un aviso en el diario hizo el resto:

“Ricky Sarkany, el calzado más caro del país a precio de fábrica. Ahora vende al público. Crámer 3664″. Y pasó lo que su padre temía: los mayoristas los abandonaron. Los zapatos acumulaban polvo. La empresa estaba en ruinas.

Pero entonces pasó algo. Primero, entró una persona. Y esa persona trajo tres amigas. Y esas tres amigas trajeron otras cuatro. El boca a boca hizo el resto. Así, despacito, lograron lo imposible:Los zapatos dejaron de ser solo calzado. Se convirtieron en arte. “Logramos tener nuestra propia impronta y que los zapatos pudieran ser reconocidos como si fuera un cuadro de un artista”, recuerda Ricky.

Éxito, adicción al trabajo y un infarto

Los años pasaron y Ricky se volvió un adicto al trabajo. Era el primero en llegar y el último en irse. Nada estaba por encima de la empresa. Trabajaba hasta en casa. Su esposa lo veía, sus hijas lo sufrían. “Yo era lo que se llamaba un workaholic y me jactaba de ser un workaholic, de llegar y ser el último en irme de la empresa. Todo era trabajo”, resume Sarkany.

Ricky tenía el control total en su empresa. Todas las decisiones pasaban por él. Pero su equipo funcionaba sin él. “Lo hacían mejor que yo. Me mostraron cuál era el camino”, admite convencido (Candela Teicheira)

—Mirá lo que hice en el jardín —le dijo Sofía, su hija, cuando era una niña.

Él intentó responderle, pero se quedó dormido. No fue el primer aviso. Un día, se sintió mal. Lo llevaron de urgencia al sanatorio. Su médico lo miró a los ojos.

—Ricky, por favor, te lo pido. Descansá siete días— le pedía su médico.

—No puedo. Tengo que ir a trabajar— respondía convencido.

No hizo caso. Y al poco tiempo, terminó con dos stents en el corazón. Desde ese momento, ya no tuvo opción. Tuvo que delegar. Al principio, con miedo, con vergüenza. Hasta que descubrió algo inesperado.

Ricky tenía el control total en su empresa. Todas las decisiones pasaban por él. Pero su equipo funcionaba sin él. “Lo hacían mejor que yo. Me mostraron cuál era el camino”, admite convencido. Tuvo que aprender a soltar.

La vida más allá del trabajo

Los días que no pudo trabajar los pasó con su familia. Llevó a sus hijos al colegio. Acompañó a su esposa. Hizo cosas que antes no hacía. Y descubrió que vivió más en esos días que en años enteros. “Yo pensaba que trabajaba por ellos - dice Ricky-, pero ellos nunca me pidieron que abandonara mi vida por el trabajo”. Ahí entendió lo que siempre estuvo frente a sus ojos. Su empresa tenía una impronta propia. Su legado estaba en marcha. Y no dependía solo de él.

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