
El variola virus fue el causante de una de las enfermedades más devastadoras de la historia: se estima que duró, al menos, tres mil años y que solo en el siglo XX acabó con la vida de trescientos millones de habitantes. Tres de cada diez personas que la padecieron murieron y las que sobrevivieron quedaron con marcas en el cuerpo y otras, ciegas.
Fue el desarrollo y descubrimiento de una vacuna contra la viruela lo que marcó el inicio de la inmunología moderna y sentó las bases para la erradicación de enfermedades mediante la vacunación lograda en 1796. Esto se logró tras un largo camino de investigaciones científicas iniciado por el médico rural Edward Jenner, cuyo trabajo transformó la medicina y el impacto social de una enfermedad viral.
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En 1967, la OMS puso en marcha un plan para erradicarla. El último caso de viruela en estado natural se registró el 26 de octubre de 1977 en Somalia, cuando Ali Maow Maalin, un trabajador de la salud, contrajo la enfermedad y sobrevivió. Este caso marcó el final de la era de terror, pero no por eso dejaron de lado los esfuerzos aunados para asegurar que no hubiera nuevos brotes.
Así, en 1980, durante la 33ª Asamblea Mundial de la Salud, la OMS declaró a la humanidad libre de viruela bajo un mensaje que decía: “El mundo y todos sus habitantes se han liberado de la viruela”. Este anuncio confirmó lo declarado en 1979 y celebró lo que se considera uno de los mayores logros en la historia de la humanidad.
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Los siglos de miedo
Durante el siglo XVIII, la viruela fue el gran enemigo: fue una de las principales causas de muerte en toda Europa, con brotes frecuentes y devastadores. En esos años no existía los métodos de prevención hoy conocidos ni las vacunas, pero había una práctica rudimentaria para prevenir enfermedades llamada “variolización”. Este procedimiento consistía en inocular deliberadamente a las personas con material extraído de pústulas de pacientes con viruela leve. Aunque en algunos casos logró reducir la gravedad de la enfermedad, también dejó como consecuencia riesgos significativos como infecciones graves e incluso provocó muertes.
En los países de Oriente, particularmente en China y el Imperio Otomano, existían también formas primitivas de esa técnica. En China, por ejemplo, inhalaban las costras secas de lesiones virales y en el Imperio Otomano realizaban pequeñas incisiones en la piel para introducirle material infectado. Estas prácticas llegaron a Europa en el siglo XVIII gracias a relatos como los de la escritora viajera Lady Mary Wortley Montagu, quien promovió su uso en Inglaterra luego de ver los resultados en Turquía.
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Pero no se lograron avances significativos hasta que Edward Jenner, un médico rural inglés nacido en 1749, desarrolló un método más seguro y eficaz basado en observaciones científicas. Fue netamente empírico: observó que el grupo de trabajadores de los campos, especialmente quienes habían contraído la viruela bovina (una enfermedad leve que afectaba a las vacas), parecían ser inmunes a la viruela humana. Notarlo fue clave para lo que más tarde descubrió.
Con una idea sin tomar forma del todo, en 1796, Jenner decidió experimentar sobre su hipótesis: tomó una muestra de una lesión de viruela bovina de la mano de una ordeñadora, llamada Sarah Nelmes, y lo inoculó en el brazo de un niño de 8 años, James Phipps. El niño desarrolló síntomas leves pero se recuperó más rápido de lo hubiera imaginado. No fue todo: Jenner expuso al niño al virus de la viruela humana, y, como ya lo suponía, el chico no contrajo la enfermedad. Ese experimento confirmó que la viruela bovina otorgaba inmunidad contra la viruela humana.
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Un cambio de paradigma
Aunque el trabajo experimental de Jenner hoy no podría ser practicado, cuando lo llevó adelante se consideró como revolucionario porque reemplazó la peligrosa variolización con un método más seguro y controlado.
En el primer tiempo, debió enfrentar a los escépticos y encontró opositores en los sectores religiosos y médicos. Finalmente, -o gracias a los resultados- su descubrimiento comenzó a ganar aceptación. Para 1798, Jenner publicó An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vaccinae (Una investigación sobre las causas y efectos de Variolae Vaccinae), un estudio en el que describió su técnica y los resultados logrados.
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En ese tiempo se acuñó el término “vacunación” (del latín vacca, que significa vaca) en honor a la fuente de inmunidad descubierta por Jenner. Ese método fue adoptado rápidamente en otros países e iniciaron campañas masivas de vacunación por medio de las que lograron reducir drásticamente la incidencia de la viruela. La vacunación contra la viruela se había extendido por Europa y el mundo.
Sin embargo, las primeras vacunas tenían ciertas limitaciones porque requerían de material fresco obtenido de las lesiones de las vacas infectadas y no siempre lo conseguían. Ese proceso dificultó la distribución y el almacenamiento de las vacunas en las regiones más remotas.
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Durante el siglo XIX, los avances logrados fueron significativos porque introdujeron técnicas para estabilizar el material de la vacuna y pudieron conservarlo durante más tiempo. Además, el desarrollo de vacunas liofilizadas (método de estabilización) a mediados del siglo XX permitió una distribución más amplia y eficaz, especialmente en regiones tropicales donde las altas temperaturas solían degradar las vacunas.
Pensar en esa parte de la historia y que en el año 1518 el brote de viruela en las regiones Maya y Azteca -que los conquistadores llamaron Nueva España- fue una plaga letal, es reconocer que el desarrollo de este tipo de inoculaciones son necesarias: en tan solo un siglo, la viruela que introdujeron los conquistadores redujo la población mexicana de 25 millones a 1,6 millones. Lo que significa que la viruela había matado al 95% de la población nativa.
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El legado de Jenner
Sin dudas, su labor y sus logros inspiraron a otros investigadores a desarrollar vacunas para diferentes tipos de enfermedades en todo el mundo. La base era la inmunología. Louis Pasteur, por ejemplo, adoptó el término “vacuna” en honor a Jenner y aplicó el mismo principio para desarrollar inmunizaciones contra enfermedades como la rabia y el ántrax.
Además, la vacunación contra la viruela impulsó la creación de programas de salud pública a nivel global y demostró que una intervención médica eficaz podía erradicar enfermedades devastadoras. Quedó más que probado que el descubrimiento del médico rural no solo salvó millones de vidas sino que también transformó la manera en que la humanidad enfrentó las enfermedades infecciosas. En ese sentido, la vacunación se convirtió en una herramienta esencial para la salud pública.
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Ya en el siglo XX, los avances logrados en las vacunas y en la medicina moderna permitieron a los gobiernos y las organizaciones internacionales soñar con un mundo libre de viruela. Eso sucedía aún cuando los índices de mortalidad a causa de la viruela seguían siendo alarmantes.
Para la década de 1950, causaba dos millones de muertes al año y dejaba a millones de sobrevivientes con cicatrices permanentes en el cuerpo. Por ello, en 1958, el médico soviético Viktor Zhdanov propuso a la Organización Mundial de la Salud llevar adelante un programa global de erradicación del virus.

Recién en 1967, la OMS lanzó formalmente el Programa Intensificado de Erradicación de la Viruela, considerado como un esfuerzo global basado en estrategias claves: vacunación masiva, detección y contención de casos; colaboración internacional e innovación tecnológica.
Entre las figuras destacadas para poner fin a la viruela, Donald Millar fue el primer director del Programa para la erradicación de la viruela (1966-1970); a partir del año 1970 dirigió el National Institute for Occupational Safety and Health. El otro fue John Michael Lane, el epidemiólogo estadounidense que dirigió el programa de Erradicación Mundial de la Viruela del Servicio de Inteligencia Epidémica entre 1973 y 1981, y tuvo un papel en la erradicación de la viruela en 1977.
Esas y otras campañas se llevaron a cabo de manera exitosa y el 26 de octubre de 1977 se registraron los últimos casos de viruela. Fue en Somalia, cuando Ali Maow Maalin, un cocinero hospitalario, se contagió de la enfermedad y sobrevivió. Según cuenta la historia, su caso marcó el fin de una era de devastación, aunque los esfuerzos continuaron para asegurarse de que no hubiera más brotes.
Actualmente, solo dos laboratorios en el mundo tienen acceso a muestras del virus: uno está ubicado en Estados Unidos y el otro en Rusia. Esto generó múltiples debates sobre la seguridad mundial de mantener estas reservas, ya que un posible accidente de laboratorio o un ataque perpetrado podría desencadenar una nueva catástrofe.
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