
Nahir quizá sea indescifrable hasta para sí misma.
Un enigma que no se sabe enigma.
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Como si transitara, a ciegas, un laberinto de cuatro dimensiones paralelas del que nada ni nadie la puede rescatar.
Uno es onírico: la señales que encuentra en sus sueños. Algunos telepáticos con su madre, según cuenta, otros persecutorios y traumáticos. O cifrados con presagios. O soñar con personas desconocidas que después aparecen en su vida. Ella sigue los significados, siente que algunos de sus sueños le marcan un rumbo.
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El otro es el alucinatorio: ha declarado que lo ve a Fernando Pastorizzo, a quien -según la Justicia- mató de dos balazos el 30 de diciembre de 2017 en Gualeguaychú-, que huele el perfume de él, que siente que la tocan, o que abren y cierran la puerta, o aparece un niño al pie de la cama. Todo esto tiene un sustento: surgen de las pericias que le hizo el perito de parte Enrique Stola, médico especialista en Psiquiatría. Parte de lo onírico y alucinatorio se combina en los poemas que ella escribió.

El tercero es “su” realidad: “Me siento como liberada”, le dijo una vez a Infobae en la Unidad Penal Número 6 de Paraná, donde está detenida después de que la condenaran, el 3 de julio de 2018, a cadena perpetua. Como si la libertad para ella hubiese sido una cárcel. “Fernando me decía ‘depresiva’, me creía parte de su propiedad”, llegó a decir. Y que si no era él iba a ser ella. Además del abuso sexual que sufrió de parte de su tío. La prisión sin dudas torció su destino. Pero en el fondo ella cree que la hizo más inteligente, que le dio más conocimientos. No sólo desde la experiencia, sino desde el estudio y la lectura. Esa Nahir pareciera no medir que podría estar más de 30 años presa.
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La última “dimensión paralela” es la real. Y esa Nahir trata de sobrellevarla como pueda. Es la que está sola, más allá de estar rodeada de sus compañeras, lejos de su madre Yamina, su hermano Aaron, las amigas que le dieron la espalda y una condena durísima. La Nahir célebre, que recibe cartas, propuestas de hombres y hasta regalos, acaso sea el plano que la joven de 24 años más sufre. “Siento que me vigilan todo el tiempo”, le dijo una vez a Infobae.
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Así como hay varias Nahir, como una matrioshka. Hay varias versiones de un crimen que comenzó a juzgarse hace cinco años por el Tribunal Oral en lo Penal de Gualeguaychú, integrado por los jueces Mauricio Derudi, Arturo Exequiel Dumón y Alicia Vivian.
En el juicio declaró durante más de dos horas. En varios momentos tuvo que interrumpir su relato porque lloraba sin parar.
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Dijo que no quiso matar a Fernando, que todo había sido un accidente.
“En un momento, cuando él empezó a manejar la moto con las dos manos, solamente le saqué el arma que él le había robado a papá, el arma que estaba arriba de la heladera y con la que me había apuntado en la panza... Pero retomo: íbamos en la moto y cuando se da cuenta que le saco el arma, frena la moto. Y cuando la frena es donde de repente me quedé aturdida y nos caímos los dos para el costado. Me alcancé a levantar y fue enseguida que quedé otra vez aturdida. Fueron dos segundos nada más. No sé cómo describirlo. Se me puso la mente en blanco, no sabía qué hacer. Tenía la mente como apagada. Estaba desesperada y nerviosa. No sé cómo explicarlo, ojalá pudiera hacerlo”.
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Pero en su primera declaración, horas después del homicidio, asistida por su primer abogado Víctor Rebossio, después desplazado, Nahir se había hecho cargo del asesinato. Ahora asegura que ahí se armó su culpabilidad aunque era inocente.

Después del juicio, el 7 de enero de 2021, surgió la tercera versión. Una impactante e impensada tercera versión. Nahir acusó a su padre, el policía Marcelo Galarza, de haber cometido el asesinato.
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La versión es esta, según ellas misma la ha relatado:
Sorprendida, ella vio cómo su padre llegó en su auto velozmente, como si los hubiera estado siguiendo, hasta las calles de tierra, aquella madrugada siniestra frente a la casa de su abuela materna. Ella estaba con Fernando en la moto. Era la madrugada del 30 de diciembre de 2017.
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Con la frenada del auto de Galarza, Fernando se asustó, frenó de golpe la moto y se cayó. Nahir se tambaleó, pero se mantuvo arriba. Galarza se bajó, tomó el arma, que era suya, la que usaba como policía de Entre Ríos, habló algo con Pastorizzo, y le disparó dos veces.
De frente y de espaldas.

Fernando, malherido, miró a Nahir y le dijo:
-Por favor, llamá a una ambulancia.
Pero Galarza le dio el arma a su hija y le ordenó:
-Andate.
Él se subió a su auto y se fue.
“Yo no supe qué hacer porque todo me pareció una película, aparte no tenía a dónde llevar el arma, no entendía nada de lo que había pasado”, le dijo Nahir a su por entonces abogada, Raquel Hermida Leyenda.
Pero la Justicia no tomó esa denuncia porque el caso estaba juzgado. Es por eso que la intención de su defensa fue enviar las nuevas pericias de parte y esta acusación a la Corte Suprema de Justicia.
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La Nahir que se vio en el juicio parecía más fuerte y desafiante que la que decidió darle su primera entrevista exclusiva a Infobae.
En la sala del tribunal se acariciaba el pelo, a veces sonreía o hacía una mueca difícil de descifrar, a mitad de camino entre un gesto desafiante y nerviosismo. En el comienzo de la primera audiencia del juicio por el crimen de Fernando Pastorizzo, Nahir Galarza parecía estar ajena a todo. Como una espectadora aburrida, como si la Nahir mencionada por los jueces y el fiscal fuera otra.

En la primera audiencia del juicio, celebrada el 3 de junio de 2018, se negó a declarar pero escuchó la lectura de sus dos versiones del hecho. La primera, cuando declaró cómo había asesinado al joven; no la inmutó. Ni siquiera cuando desde afuera de la sala una mujer le gritó asesina en el instante en que los jueces y las partes hicieron un silencio incómodo.
Pero cuando oyó su segunda indagatoria, pareció vivir una metamorfosis indisimulable. En ese testimonio había relatado que todo fue un accidente, que le sacó el arma a Fernando y escuchó una explosión, y luego otra. En ese momento, Nahir agachó la cabeza. Y cuando los jueces llamaron a un cuarto intermedio, la joven se retiró entre lágrimas.
Hasta uno de los policías que custodiaba la sala de los Tribunales de Gualeguaychú se sorprendió con las reacciones opuestas que reflejó la acusada durante la primera audiencia. “No pensé que se iba a quebrar, al principio estaba inalterable. Para mí no sabe lo que hizo, mirá que acá vinieron asesinos feroces y en todo momento eran conscientes de la tragedia”, dijo el uniformado durante un cuarto intermedio.

Cada lectura (la del crimen contado sin remordimiento, según los pesquisas, y la del accidente), mostraron dos caras de Nahir. La que miraba con una extraña tranquilidad al fiscal mientras leía que había matado a Fernando con alevosía, apoyando el arma en la espalda de la víctima, a la que se le instaló una especie de máscara cuando le recordaban todo lo que dijo sobre su novio: que la llamaba zorra, trola, una desesperada que se acostaba con otros. En ese momento el juzgado parecía la víctima. Capaz, según la acusada, de apuntarle con el arma en la panza, o decirle la peor palabra que se le puede decir a Nahir: “depresiva”. Volvió a bajar la mirada cuando le recordaron que ella había dicho que Fernando tomó la pistola 9 milímetros de Marcelo Galarza, su padre, y que mientras la movía desafiante, decía: “Mirá el fierro de tu viejo”.
En el juicio se vieron dos versiones suyas. La que sonríe o se toca el pelo. La que llora como una niña extraviada en el bosque más oscuro.
Esa que, aun hoy, pareciera no caber en su propia tragedia.
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