
La cuarentena hizo que Agustín Saitta se reencontrara con el sueño que había dejado en un cajón en 2017. Durante estos tres años fue tal su negación con la magia que cada vez que veía un libro o cualquier otra cosa relacionada con ella sentía hasta bronca. Pero, como bien anticiparon César Isella y Armando Tejada Gómez, “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”... Así fue para el mendocino de 34 años que, además de volver a ese gran amor, lo hace dando shows en los que conjuga pasión, anécdotas, su humor innato y un proyecto solidario.
Para este arquitecto y trabajador de una empresa gráfica, la magia es un camino infinito por descubrir y re descubirse en ella. En diálogo con Infobae contó su trayecto, la nueva etapa y los momentos vividos en sus shows que guarda celosamente en el corazón.
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“Una noche, cuando terminé un show en un casamiento, se me acercó un hombre para agradecerme por el espectáculo y me dijo: ‘¡Flaco, me rejuveneciste 15 años por todo lo que me reí!‘. Esas son las cosas increíbles que tiene la magia y que hoy me hacen replantear cómo pude haberla dejado”, reflexiona.
Cuando Agustín tenía 19 años veraneó junto a su grupo de amigos en Mar del Plata, como lo hacen cada año miles de adolescentes, y la diversión era la protagonista estrella de las vacaciones soñadas. Lo que ninguno de los jóvenes mendocinos pensó era que durante un paseo por una de las peatonales de esa ciudad la vida de uno de ellos quedaría marcada para siempre.
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“No recuerdo por cual calle íbamos, pero de lejos veo a un mago vendiendo trucos de magia. ¡Eran muy truchos! Pero me llamó la atención lo que él hacía: desaparecer un pañuelo en su mano. Y cada vez que se acercaba alguien promocionaba esos trucos que vendía haciendo desaparecer el mismo pañuelo... ¡Yo estaba loco con el tema del pañuelo! Estuve, no exagero, dos horas y media mirándolo -se ríe-. Claramente, mis amigos se fueron al departamento, pero yo quería ver cómo lo hacía y me quedé hasta que lo descubrí. Contento de mi logro, me acerqué al mago y le dije que lo había descubierto... Le pedí que me vendiera ese pañuelo y terminé llevando todo lo que vendía. Al volver al departamento les mostré ese truco a mis amigos y se mataron de la risa. ¡Desde ese momento no paré!”.
Siendo estudiante de arquitectura, carrera en la que le fue muy bien, comenzó también a estudiar magia usando viejos libros y poniéndose en contacto con un grupo de magos locales. “Eran años sin YouTube, ni internet casi. No había acceso a nada más que por medio de los libros, así que comencé a estudiar como autodidacta”, cuenta entusiasmado.
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Gracias a las primeras presentaciones que hizo en eventos, comenzó a ser uno de los magos más recomendados en Mendoza. Trabajaba, principalmente, en reuniones empresariales.
“Lo hice entre 2008 y 2016. En 2017 ya estaba casado, estaba con otros tiempos por el trabajo y... ¡se cortó la magia! Lo que tienen estos rubros es que son hermosos, pero te toca trabajar cuando lo demás descansan o se divierten. Y ya me pasaba que los sábado, por ejemplo, después de trabajar toda la semana en algo que no me gustaba necesitaba llegar a casa, comer una pizza, tomar un vino y dormir, pero tenía que preparar el show para la noche y eso comenzó a generarme cierto malestar que, sumado a mis nuevas responsabilidades, terminó en hacer que dejara todo”.
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Haciendo ese racconto, hoy puede llegar a una conclusión: “No tendría que haber cortado porque es lo que me gusta hacer, es algo que me genera placer. Claro que lo ideal sería vivir de eso y no pasar hambre, y no tener que tener otro trabajo... Pero entiendo que igual uno siempre tiene que hacer lo que le gusta. Esa es hoy mi conclusión”.
A esa determinación llegó a los 15 días de iniciada la cuarentena. Agustín y su familia se mudaron en enero de este año y, sin poder explicar el motivo, en el momento de ordenar sus cosas decidió dejar en el primer cajón del vestidor sus libros de magia... Algo en su interior le anticipó lo que estaba por venir.
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“En esas dos semanas en las que todo estaba cerrado, un día abrí ese cajón y revisé el material que tenía guardado ¡y no podía creerlo! Encontré un libro de magia que tenía marcado. Lo leí y vi juegos y trucos que nunca había estudiado. Me di cuenta de que por la misma vorágine diaria del trabajo y de armar los shows no había estudiado un montón de efectos. Así, tomé un mazo de cartas y los probé... ¿Cómo te lo explico? ¡Fue una cosa de locos! Y me dije: ‘¡Qué boludo¡ ¿Por qué dejé esto?‘. Empecé a estudiar todo lo nuevo y se me ponía la piel de gallina”, revela feliz.
Luego de las primeras semanas de confinamiento, Agustín volvió a trabajar en la empresa gráfica, uno de los primeros rubro en ser considerado esenciales, haciendo cartelería por la COVID-19, entre otras cosas. Retomó el trabajo con otro entusiasmo: sabía que la magia y todo ese mundo que describe como “infinito” lo estaban esperando.
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Ese retorno implicó adecuarse al mundo virtual: abrió un perfil de Instagram para mostrar su trabajo y además descubrió las bondades de internet en tiempos de pandemia.
“Navegando en distintas páginas veo que una de las mejores escuelas de magia de Buenos Aires comenzaba a dar clases por Zoom. No sabía qué era el zoom pero sí que no hubiera podido hacerlo de otra manera, porque nunca podría haber ido a Buenos Aires para estudiar. Comencé con las clases online y viendo de qué se trataba esa aplicación pensé que sería buena usarla para volver a hacer mis shows de magia. Sólo necesitaba una cámara adelante”, cuenta.
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Abrió su cuenta de Instagram para mostrar su trabajo y arrancó. En el primer “show de magia virtual interactiva a la gorra” -tal como la describe a lo que ofrece en zoom- participaron 19 personas y además comenzó a unirse a quienes hacen vivos desde la aplicación.
“La idea es hacer estos shows a la gorra y que cada personas aporte lo que quiera, y en caso que le guste lo que ve. Pero, también surgió la idea de hacer shows y cobrar entradas para donar todo a distintas ONGs”, dice.
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“Hablando con un amigo que tiene una agencia de publicidad y trabaja con algunas ONGs, surgió la idea de hacer algo para ayudarlas. Me parece que estaría buenísimo poder hacer un show, llevar alegría, magia y humor y que todo lo que se recaude pueda ser donado para ayudar a toda la gente que la está pasando mal”, anticipa ilusionado en poder contactarse con asociaciones sin fines de lucro y organizaciones solidarias.
Emocionado con la idea, finaliza: “Yo practico, me divierto porque hago lo que me encanta; la gente también se divierte y si encima podemos donarlo para ayudar... me parece que es una idea buenísima”.

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