Una sensación de calma controlada se advierte ni bien aterrizás en Berlín. Se sabe que los alemanes son en su mayoría fríos, pero los berlineses actúan de manera diferente. Si bien es el lugar más cosmopolita de toda Alemania, su sentido nacionalista y de pertenencia se sienten en todos los ámbitos. En el aeropuerto había mucha gente, pero percibí que era casi imposible tener contacto físico accidental con otra persona. Lo mismo me pasaría en subtes, museos, restaurantes y prácticamente en todos los sitios que visité. Su espacio personal está delimitado por una barrera invisible que impide cualquier tipo de acercamiento. Se corren instintivamente cuando sin querer se sienten invadidos. Llegué a finales del verano, pero la cercanía del otoño y los días mas fríos, ya hacen advertir el estado de hibernación emocional en el cual se sumerge la Ciudad volviéndola taciturna.
Desde que tengo memoria una fascinación impropia me atrae por Berlín. Quizá sea la necesidad de ver en primera persona un lugar ligado a mi ADN y estirpe de sobreviviente o tan solo sea la energía arrolladora y joven que me llega en ondas expansivas hasta donde estoy, no lo sé. Lo cierto es que luego de años de posponer esta travesía , Connie en Casa y su proyecto de usurpación colectiva, me dieron la excusa perfecta.
Berlín es tan antigua como moderna y es a la vez una ciudad de contrastes.
A pesar de ser la capital de Alemania y una de las urbes más pobladas del continente (3,5 millones de habitantes), siempre se ve despoblada, grande.
Durante el verano la alegría en las calles hace que las terrazas y los parques se llenen de personas haciendo todo tipo de actividades en un culto reverencial al aire libre. El negro de la vestimenta berlinesa contrasta con el estallido de color que se ve espontáneamente en todas las fachadas tomadas por artistas improvisados y reconocidos. Es la ciudad con más murales del mundo, una Galería de Arte constante y fértil. Recientemente reunificada, apenas 30 años atrás el famoso Muro separaba La República Democrática de la Alemania Federal, es por eso que se respira libertad en cada esquina y un cierto aire de los ’80 impregna todo aportando magia vintage. Sus dos barrios emblemáticos -Kreuzberg y Friedrichshain- son refugio de artistas de toda índole así como también de diseñadores emergentes. Ambos sitios ofrecen una variedad ilimitada de Biergarten (jardines para tomar cerveza) y negocios de lo que se te ocurra.
Llegar a la East Side Gallery es emocionante. Ver convertido en piezas de arte bloques de cemento otrora símbolo de la absoluta represión, es conmovedor. Algo en mi se activó y buscaba con los ojos calcular si podría llegar a treparlo, cosa imposible. 136 personas fueron asesinadas intentando escapar en el espacio llamado Tierra de Nadie y hoy son recordadas como flores en uno de los graffitis.
Recorrer la ciudad es también toparse con rastros de la Segunda Guerra Mundial. Bombardeada hasta la médula, resurgió más potente y también más humilde. La vergüenza y el perdón a la Humanidad, se palpan en las placas de bronce con los nombres de los judíos despojados de sus hogares y en el Monumento del Holocausto . Lo que muchos no saben es que además se recuerda en ese mismo lugar a todos los homosexuales que el Tercer Reich persiguió y masacró. Caminar entre esos bloques de cemento de distintas alturas me generó una sensación de opresión indescriptible. El aire falta y el tiempo se corta. Salgo.
La noche es un capítulo aparte. Hay una suerte de códigos tácitos que si no seguís, te dejan afuera del circuito. La movida musical es de las más potentes del mundo y el culto a la electrónica es tremendo. Entrar a una de las discos más famosas requiere de 2 horas de una fila en silencio (no les gusta que hables ni que llames mucho la atención ) y un dress code sin dress code. La mayoría de las chicas y los chicos usan lo que acá conocemos como ropa sado, o simplemente se desnudan. Adentro del lugar vale todo. Si osás sacar un celular, automáticamente aparece alguien de seguridad y te echa del establecimiento para que nunca más puedas volver. La privacidad es sagrada en Alemania y se respeta a rajatabla. Es muy probable que si sos turista no puedas ingresar al Berghain o al Kit Kat, dos de los clubes más vanguardistas, salvo que vayas con locales y no abras la boca. Heute nicht. Hoy no, te dicen, y mas vale que te vayas en silencio y sin protestar.
Casi todas las parejas con las que me topé, eran abiertas. El deseo y el amor definitivamente van por carriles separados en este lugar del Planeta y tienen muy en claro qué es divertirse y qué es ser incondicional. El concepto de fidelidad y monogamia les resulta tan arcaico como a nosotros un viaje en tranvía. Las convenciones más tradicionales y arraigadas en el más puro catolicismo imperantes en Latinoamérica les son ajenas y miran con escepticismo a cualquier cosa o persona que intente coartarles su libertad recién adquirida.
Los refugiados y exiliados de todo el Mundo son recibidos en Berlín con los brazos abiertos. Hablando ingles podés trabajar durante un año, aunque es poco probable que puedas hacer amistades sin hablar alemán.
Tengo amigos que han salido espantados de este lugar del Mundo y también otros que al igual que yo se han enamorado perdida e irremediablemente de sus claroscuros. Es una ciudad tan libre que podés ser vos mismo porque a nadie le importa. Si no estás bien parado, si no estás fuerte, Berlin te pega una piña. No tiene un alma colectiva, sino que son millones de almas que de forma individual conforman un espectro. Es fría y distante. Es lo más rudo que vi. Y no podés pedirle que te dé porque no te da. Simplemente ES. Y esta ahí para que te la bebas toda. Es una ciudad donde las ovejas negras, pueden volverse del color que siempre soñaron. Si yo fuera una ciudad, sería Berlín. Y es por eso que la amé.