
Los célebres pactos de muerte por amor, en la literatura, han sido siempre trágicos.
Su paradigma: Romeo Montesco y Julieta Capuleto, los amantes de Verona, según la pluma inmortal de William Shakespeare.
Pero Isaac Vatkin y Teresa Gesklin, sin duda menos célebres que aquellos amantes, rompieron ese negro designio.
Murieron casi juntos… pero de amor. Y cuando Isaac, el sobreviviente, comprendió que lo acosaba algo peor que el final: la soledad.
Su historia empezó en la Argentina y en una fiesta de familia. La primera vez que se miraron fue decisiva: la flecha dio en el blanco…
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Se casaron hace siete décadas: 1947. Él, uruguayo llegado de niño a la otra costa. Ella, de Mar del Plata.

Instalaron vida y casa en el barrio de Villa Urquiza. Tres hijos les nacieron. En esos años, el país sufría una fuerte ola de antisemitismo. Por eso ella empezó a llamarlo "Alberto" en lugar de Isaac. Y él no cambió el de su mujer. "Teresa" despertaba menos sospechas…
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El padre de Isaac había nacido en un punto de la inmensa Unión Soviética. Según su hijo, "me enseñó ética, bondad, decencia".
En 1968, la gran decisión. El salto sin red. Buscaron en los Estados Unidos lo que quieren todos los inmigrantes: un futuro dorado.
Abrirse camino no fue fácil. Tres hijos que criar. Leo, el menor, de apenas 7 años. Isaac, de 42, ante un duro escollo: aprender inglés.
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Tenía buen y largo oficio: hacía carteras de cuero. Pero el mercado de USA le señaló otro camino.

En Skokie, el suburbio de Chicago donde recalaron para siempre, abrió un restaurante de comida rápida. Y más tarde fundó una distribuidora de carne kosher –esencial rito judío– que sirvió a todas las carnicerías de su distrito.
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Progresaron. Pero –según testimonio de sus hijos– "nunca tuvieron la gran casa ni ningún otro lujo. Siguieron viviendo con sencillez. En realidad, todo lo invirtieron en nuestra educación".
Clara, Daniel y Leonardo crecieron y siguieron su camino. Pero a sus padres les llegó el tiempo cruel del deterioro, preludio de la muerte.
Isaac, de 91 años ya, se acercaba al final. Azotado por la influenza, sus uñas se tornaban violáceas y su piel cambiaba de textura. El diagnóstico médico fue terminante: "No le queda mucho tiempo".
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Teresa podía sobrevivirlo. Pero llevaba largos años condenada por el Alzehimer. Años en que Isaac fue su más fiel custodio. Su sombra… Le daba de comer, la bañaba, vivía pendiente de ella. Tanto, que a sus 80 años consiguió una computadora para leer todo cuanto hubiera sobre el Alzheimer y la investigación sobre ese implacable flagelo.
Los hijos decidieron no separarlos. Los internaron en el Highland Park Hospital de Chicago con un día y medio de diferencia.
Su hijo Daniel unió sus manos, que ya no se separaron hasta el último aliento. "Es lo mejor que pude hacer por ellos", recordó en el funeral.
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Teresa murió antes. No estaba internada por causa del Alzheimer, que le clavó su garra en 2002. Entró al hospital con un severo cuadro de neumonía, casi siempre fatal a esa edad.

Después del final de Teresa, la mano de Isaac quedó sola y sin razón de ser. Y siguió el rumbo de su mujer hacia el último viaje. El viaje al Gran Misterio… cuarenta minutos después.
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Ella a las 12.10, y él a las 12.50. Primeros minutos del sábado 22 de abril. Como en una gran novela romántica.
Los dos se mantuvieron vivos gracias a máscaras de oxígeno. Pero mucho antes de recibirlas, cuando Isaac tuvo la certeza del fin, firmaron un documento. El luminoso quid de la historia. Decía "No nos reanimen". Querían seguir juntos hasta más allá de la vida.
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Y los hijos pidieron –luego del ok de los médicos–, que cayeran las máscaras de oxígeno.
Según Julia, la hija, "Mamá, antes de irse, abrió los ojos y lloró. Pero hizo un gran esfuerzo para no soltar la mano de papá. Apenas corrieron la cama y sus manos se separaron, ¡papá dejó de respirar! Buscamos un médico, pero fue inútil. Se fue…"
Se fueron juntos.
En el funeral –más de cien almas en el Shalom Memorial de Arlington Heights– hubo flores. Rosas para ella, azules para él. Y voces. Recuerdos.

Teresa no sabía que Isaac estaba internado. Su Alzheimer, descubierto quince años antes, cegó su cerebro. Sin embargo, los hijos evocaron que "Estaban en el mismo piso del hospital, pero en cuartos separados. Cuando ya no hubo esperanzas, los médicos los instalaron en un mismo cuarto, e hicieron unir las camas".
Isaac y Teresa, emigrantes, mantuvieron siempre sus ritos porteños. Mate y asado… con carne kosher.
Por eso, como homenaje, en el funeral hubo mate y bizcochos. Como en sus lejanos desayunos de Villa Urquiza y de Skokie.
Esta historia no necesita moraleja. Una palabra más apagaría toda su luz.
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