9 de cada 10 personas con enfermedad renal crónica no saben que la tienen, advierten especialistas en nefrología citados por la revista Parade. La dieta cotidiana, con su carga de ultraprocesados y sodio, aparece como el principal factor de riesgo silencioso que acumula daño a lo largo de años.
Ubicados en la zona posterior del abdomen, los riñones filtran alrededor de 240 mililitros de sangre por minuto —el equivalente a medio vaso— para depurar desechos y regular el volumen de líquidos en el organismo. Además de esa función central, participan en el control de la presión arterial, la producción de glóbulos rojos y el equilibrio de electrolitos en el torrente sanguíneo.
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Lo que hace particularmente difícil protegerlos es que el daño se acumula de forma imperceptible. A diferencia de otros sistemas del cuerpo que generan señales físicas inmediatas ante el estrés, los riñones pueden operar durante años con una fracción de su capacidad normal sin producir ningún síntoma perceptible. Esa resiliencia, paradójicamente, los vuelve vulnerables: el daño avanza sin que el paciente lo advierta.
El daño renal avanza sin dar señales
La doctora Kalyani Perumal, médica en jefe de nefrología y directora médica de los servicios de diálisis del Cook County Health, describió este patrón: “La enfermedad renal es un asesino silencioso; muchos pacientes no presentan ningún signo hasta que se encuentran en etapas avanzadas”.
Perumal señaló que los riñones suelen ser “espectadores inocentes” que absorben el impacto de hábitos instalados desde la infancia. Según la especialista, “enfrentan el peso de conductas que comienzan temprano en la vida y se sostienen durante la adultez”.
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Esa progresión oculta explica por qué los primeros indicios de deterioro renal solo pueden detectarse mediante análisis de sangre y orina, y no a través de síntomas físicos. Cuando la fatiga intensa, la hinchazón en piernas, rostro o abdomen, y el enlentecimiento cognitivo finalmente aparecen, el deterioro subyacente suele ser considerable.
Comer mal daña más los riñones
Los nefrólogos, señaló la revista, identifican que la dieta rica en ultraprocesados, comida rápida y sodio en exceso es el principal hábito cotidiano que compromete la salud renal. El mecanismo es directo: una ingesta elevada de sal provoca retención de líquidos, lo que eleva la presión sobre el sistema vascular. Con el tiempo, esa presión sostenida daña los pequeños vasos sanguíneos que componen las unidades filtrantes del riñón, los glomérulos, que terminan endureciéndose y cicatrizando.
Perumal vinculó este patrón alimentario con una cadena de consecuencias metabólicas que desemboca en enfermedad renal crónica: “Nos acostumbramos a la comida rápida durante la infancia y la adolescencia, por las rutinas escolares, el estrés universitario y la vida social. Ese hábito persiste en la adultez y deriva en obesidad, hipertensión, diabetes y colesterol elevado, todos ellos factores que conducen al desarrollo de la enfermedad renal”, explicó.
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La hipertensión y la diabetes tipo 2 son las dos causas principales de insuficiencia renal crónica, y ambas tienen en la mala alimentación su principal detonante. Limitar el sodio, los alimentos procesados y las bebidas azucaradas es, según el doctor George Hart, nefrólogo y director médico de Interwell Health, la medida más eficaz para reducir el riesgo de desarrollarlas.
Tres cambios para frenar el deterioro renal
La revista enumeró una serie de medidas al alcance de cualquier persona. La primera es sustituir los alimentos envasados, los fiambres y la comida rápida por ingredientes frescos, y reemplazar la sal por hierbas, especias, ajo y jugos cítricos para dar sabor a las comidas.
La segunda medida es mantener una hidratación constante a lo largo del día. Beber agua de forma sostenida facilita que los riñones eliminen el sodio y la urea con mayor eficiencia, y reduce la carga de trabajo sobre los tejidos renales.
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La tercera, y quizás la más subestimada, es el control médico periódico. Dado que las etapas tempranas de la enfermedad renal no producen síntomas, un análisis de sangre, un examen de orina y una medición de presión arterial durante el chequeo anual pueden detectar alteraciones antes de que el daño sea irreversible.
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