*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.
Una conversación puede durar veinte minutos y, sin embargo, dejarnos más cansados que varias horas de trabajo. No necesariamente hubo una discusión. Quizás tuvimos que comunicar una decisión importante, escuchar a alguien que atravesaba un momento difícil, sostener una conversación incómoda o medir cuidadosamente cada palabra antes de responder.
Conversar parece una actividad espontánea, pero para el cerebro representa una tarea compleja. Mientras escuchamos, también interpretamos tonos de voz, gestos, expresiones faciales y el contexto.
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Intentamos comprender qué quiere decir la otra persona, inferimos cómo se siente, regulamos nuestras propias emociones y pensamos qué vamos a responder. Cuando la conversación tiene además una carga emocional importante, todas esas demandas aumentan.
“Durante una interacción social, el cerebro procesa simultáneamente una gran cantidad de información. No escuchamos solamente palabras: interpretamos intenciones, emociones, gestos y elementos del contexto mientras regulamos nuestra propia conducta. Cuanto mayor es la complejidad emocional de la situación, mayores pueden ser también los recursos cognitivos necesarios para sostenerla”, explica el licenciado Juan Carrillo, miembro del Departamento de Neuropsicología de INECO.
Conversar es mucho más que hablar y escuchar
Una parte importante de la comunicación ocurre más allá de las palabras. Un silencio, una mirada, un cambio en el tono de voz o una expresión facial pueden modificar el sentido de un mensaje.
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Esta capacidad forma parte de la cognición social, un conjunto de procesos que nos permiten interpretar las emociones, intenciones y conductas de otras personas y adaptar nuestro comportamiento a diferentes situaciones.
Al mismo tiempo, debemos decidir cómo responder: elegimos palabras, inhibimos algunas reacciones, organizamos ideas y modificamos lo que íbamos a decir según aquello que escuchamos.
“Una conversación exige poner en funcionamiento atención, memoria de trabajo, control inhibitorio y flexibilidad cognitiva. Si además necesitamos controlar una reacción emocional intensa o pensar cuidadosamente cada respuesta, la demanda aumenta y puede aparecer una sensación de agotamiento al finalizar el intercambio”, señala el licenciado Carrillo.
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No todas las conversaciones demandan lo mismo
En una conversación cotidiana, gran parte de estos procesos ocurre de manera casi automática. Pero cuando el vínculo, el tema o sus consecuencias son importantes, aumenta la atención que prestamos a cada detalle y también la carga emocional.
“Por eso es diferente tener una conversación acerca del color del cual vamos a pintar una habitación que una conversación acerca de internar a un ser querido. Si bien ambas decisiones tendrán consecuencias que se sostendrán en el tiempo, sopesar los argumentos acerca de por qué deberíamos o no internar a un familiar conlleva una carga emocional mucho más fuerte”, explica el licenciado Juan Carrillo.
Durante esas conversaciones no solo intentamos comprender al otro: también debemos gestionar nuestras propias emociones. Podemos sentir enojo y decidir no responder impulsivamente, recibir una información inesperada y necesitar tiempo para procesarla o sentir tristeza mientras intentamos continuar hablando.
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Por eso, una conversación laboral decisiva, una charla de pareja sobre un tema sensible o acompañar a una persona que atraviesa una situación dolorosa pueden resultar mentalmente exigentes incluso cuando transcurren con calma.
¿Por qué después necesitamos silencio?
Luego de una interacción particularmente demandante, buscar unos minutos de tranquilidad puede ser una respuesta natural. Durante la conversación, la atención estuvo dirigida hacia múltiples estímulos al mismo tiempo; al terminar, disminuir esa cantidad de información permite reducir la demanda cognitiva y recuperar recursos.
Esto no significa que conversar sea perjudicial. Los vínculos sociales son fundamentales para el bienestar emocional y cognitivo. La clave está en reconocer que no todas las interacciones demandan lo mismo y que algunas pueden requerir un período posterior de recuperación.
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Seis recomendaciones para reducir la sobrecarga en conversaciones exigentes
No siempre podemos elegir cuándo tendremos una conversación importante, pero sí podemos generar algunas condiciones que ayuden a disminuir la carga cognitiva y emocional.
Una conversación importante puede resultar todavía más demandante después de una jornada extensa, mientras realizamos otras tareas o cuando no hemos descansado bien. Si el tema puede esperar, buscar un momento en el que ambas personas dispongan de tiempo y atención permite reducir demandas innecesarias.
Estas tareas obliga al cerebro a alternar constantemente el foco de atención. Reducir estímulos externos permite destinar más recursos a comprender el intercambio y disminuye la sensación de saturación.
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Ante una pregunta compleja o una información inesperada, tomarse algunos segundos para organizar la respuesta puede ayudar. Frases sencillas como “necesito pensarlo un momento” permiten generar ese espacio.
Perder el hilo, tener dificultad para encontrar palabras, irritarse con mayor facilidad o sentir que ya no podemos procesar información nueva pueden ser señales de cansancio cognitivo. Reconocerlas permite evaluar si conviene continuar o, cuando sea posible, retomar el tema más adelante.
No siempre es necesario pasar inmediatamente de una interacción intensa a otra tarea que requiera máxima concentración. Caminar unos minutos, tomar agua, respirar, permanecer un momento en silencio o realizar una actividad sencilla puede facilitar la transición hacia la siguiente demanda del día.
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Sentirse cansado después de una conversación emocionalmente importante puede ser esperable. Algo diferente ocurre cuando determinados vínculos generan de manera sistemática tensión, temor, hipervigilancia o la sensación de tener que controlar cada palabra. Observar la frecuencia y el impacto sobre el bienestar permite distinguir una situación puntual de una dinámica que merece ser revisada.
Conversar también es un trabajo para el cerebro
Escuchar, interpretar gestos, comprender emociones, recordar información, inferir intenciones, elegir palabras y regular nuestras respuestas ocurren prácticamente al mismo tiempo. Cuando la situación tiene una carga emocional significativa, esa demanda aumenta.
Sentir cansancio después de determinadas conversaciones no significa necesariamente que hayan salido mal. A veces, refleja el trabajo que realizó nuestro cerebro para comprender al otro, regularse y encontrar una manera de responder.
Cuidar nuestros vínculos, entonces, no consiste únicamente en encontrar tiempo para hablar. En ocasiones, también implica encontrar el momento, la atención y el espacio mental necesarios para poder escucharnos.
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