Comer ajo de forma regular puede aportar beneficios al hígado, sobre todo por su posible efecto antiinflamatorio, pero no lo cura ni lo protege por sí solo frente a una enfermedad hepática, explicó la revista Parade a partir de entrevistas con dietistas registrados y estudios citados sobre hígado graso asociado a disfunción metabólica.
El ajo, de acuerdo con los especialistas consultados, aparece sobre todo cuando forma parte de una alimentación saludable más amplia y no como tratamiento aislado. Esa aclaración cobra peso en un contexto marcado por las llamadas dietas de “desintoxicación”, que prometen limpiar el organismo pese a que, en personas sanas, el hígado ya cumple esa función de manera eficaz.
Katherine M. Patton, dietista registrada de Cleveland Clinic, indicó que si una persona está sana y no tiene enfermedad hepática, el hígado es 100% eficaz para filtrar fármacos, toxinas y bacterias a través de la orina o las heces. También advirtió que muchas limpiezas incluyen altas dosis de hierbas, vitaminas o minerales, y que esos productos se han asociado con daño hepático por la carga que imponen al órgano al tener que procesarlos.
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El ajo y el hígado graso: qué dice la evidencia
Chris Mohr, asesor de nutrición y actividad física de Garage Gym Reviews, sostuvo que la evidencia más sólida sobre el uso del ajo para mejorar la salud hepática proviene de personas con enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), antes denominada enfermedad por hígado graso no alcohólico.
Según el especialista, estudios como uno publicado en 2022 en Journal of Functional Foods sugieren una relación entre los suplementos de ajo en polvo y cambios en enzimas hepáticas y en ciertos marcadores metabólicos. Aun así, remarcó que una persona no verá una mejoría del hígado en un mismo día por consumir ajo.
Patton añadió que algunas investigaciones indican que el consumo constante de ajo puede reducir la inflamación y el estrés oxidativo en apenas 12 semanas. Atribuyó ese posible efecto a compuestos bioactivos como la alicina y el disulfuro de dialilo, que podrían mejorar la actividad antioxidante, suprimir citocinas proinflamatorias y ayudar a impedir la acumulación de grasa en el hígado.
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La dietista también señaló que la suplementación diaria con ajo puede ayudar a reducir la grasa hepática, aunque subrayó que esa evidencia corresponde a personas con hígado graso.
Por último, explicó que cortar, triturar o masticar ajo crudo libera más alicina que consumirlo cocido. Por eso, indicó, su consumo en esa forma permite ingerir una cantidad mayor de ese compuesto a través de la dieta, aunque todavía no está claro cuánto habría que consumir para disminuir la probabilidad de progresión de una enfermedad hepática.
Riesgos, interacciones y límites del consumo de ajo
Sharniquia White, dietista culinaria y fundadora de YouNiqly Nourishing LLC, afirmó que el ajo suele ser seguro, aunque recomendó que las personas que toman ciertos medicamentos consulten con su médico sobre el consumo habitual. Mencionó posibles interacciones con warfarina, aspirina y otros anticoagulantes.
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White también recordó que el hígado forma parte del sistema digestivo y que el ajo no siempre se tolera bien. En especial, el crudo que puede aumentar la acidez o causar malestar gastrointestinal.
Mohr coincidió en que la mayoría de las personas sanas no tiene problemas con el ajo, en particular desde el punto de vista hepático. Aun así, insistió en que antes de empezar un suplemento nuevo o hacer cambios drásticos y sostenidos en la dieta, lo conveniente es hablar con un médico o con un dietista registrado.
El especialista agregó que los suplementos de ajo están más concentrados que el alimento y que eso puede ser especialmente perjudicial para quienes ya tienen una enfermedad hepática o toman medicación por otra condición. Para la mayoría de las personas sanas, el ajo en cantidades normales no supone un riesgo relevante a largo plazo, porque el problema está en el exceso y no en el alimento en sí.
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