Nos despertamos con el horror hecho acto y con la desolación de haber llegado, una vez más, tarde. Otro niño muerto, muchos heridos y otra vez la violencia en una escuela.
En Argentina, cada vez que ocurre un hecho extremo protagonizado por un adolescente, las respuestas suelen concentrarse en explicaciones que, aunque comprensibles, resultan insuficientes: la figura del agresor individual, la enfermedad mental o la falla familiar. Sin embargo, estos casos dejan ver algo más importante: los adolescentes hablan todo el tiempo, de múltiples maneras, y muchas veces el mundo adulto no logra —o no sabe cómo—escuchar.
En septiembre del año pasado en La Paz, Mendoza, una alumna de 14 años ingresó a la Escuela Marcelino H. Blanco con una pistola 9 mm —arma de su padre, integrante de una fuerza de seguridad—, realizó disparos al aire y se atrincheró en el patio, por suerte no hubo heridos, pero si mucho terror, luego supimos que era su propio terror proyectado. Transcurrido el tiempo, como sucede en muchos de estos casos, comienzan a reconstruirse la historia: situaciones de vulneración y violencias no dichas o no escuchadas a tiempo.
Desde la clínica, estas acciones desesperadas tienen un nombre: pasaje al acto. Es el punto en el que algo que no pudo ser dicho, tramitado o alojado irrumpe de la peor manera posible. Es el fracaso de todo lenguaje y de toda mirada. Ya no se tiene esperanza. Por eso la pregunta no puede ser qué le pasó “en la cabeza” a ese adolescente. Más bien: ¿qué dispositivos tenemos como respuestas preventivas para escuchar y alojar el malestar y el dolor antes? y ¿cómo lo prevenimos? Y la respuesta es incómoda: muy pocos, ninguno o insuficientes.
La Organización Mundial de la Salud estima que 1 de cada 7 adolescentes vive con un trastorno mental, y el suicidio se encuentra entre las principales causas de muerte en esa etapa de la vida. Es decir que no estamos hablando de excepciones, sino de una condición extendida.
En Argentina, aunque los sistemas de registro siguen siendo fragmentarios, los indicadores van en la misma dirección. Equipos de salud y hospitales públicos vienen advirtiendo un aumento sostenido de consultas por autolesiones, intentos de suicidio y crisis en adolescentes. En la Ciudad de Buenos Aires, profesionales de guardias y servicios especializados describen ingresos prácticamente diarios por estas causas. No solo es malestar subjetivo, es un síntoma social del abandono de la salud mental infanto juvenil, no solo acá, en todo el mundo.
Lo que está en juego no es únicamente la presencia de padecimiento psíquico, sino la falta de dispositivos para alojarlo a tiempo e intervenir para la recuperaciín. La respuesta sigue llegando tarde, cuando el malestar ya se volvió urgencia y desborde y cuando el sufrimiento ya no encuentra palabra y empieza a buscar otras salidas desesperadas. Ningún adolescente nace asesino.
Y hay otra pregunta que aparece en la cronicas: ¿cómo llegó ese arma a sus manos?
Datos del FBI muestran que, en la mayoría de los ataques cometidos por adolescentes en escuelas, las armas provienen del entorno cercano. En abril, en Escobar, provincia de Buenos Aires, un estudiantes en un grupo whatsapp de chicos de 13 años organizó un plan de tiroteo, con referencias a armas del entorno familiar. La denuncia la hicieron los mismos chicos, los que tenían la suerte de tener referencias seguras y apoyo, y esto permitió la intervención de la Justicia. El problema no es solo el sufrimiento, es cuando ese sufrimiento encuentra un medio para volverse irreversible.
Hace un tiempo di una charla sobre salud mental frente a casi 200 chicos de entre 13 y 18 años. Contrario a lo que se piensa, no hubo dispersión ni desinterés, sino silencio y escucha activa.
Cada tema que trabajamos sobre salud mental adolescente: ansiedad, tristeza, consumos, apuestas, auto y heteroagresiones, eran parte de su vida cotidiana, no contada, de puertas y cabezas para adentro. Lo peor es que esto no es excepcional, es estructural y lo vemos a diario en los consultorios.
La salud mental infanto juvenil atraviesa una crisis sin precedentes a nivel mundial
Hoy, en Argentina, miles de adolescentes atraviesan situaciones de sufrimiento psíquico intenso: intentos de suicidio, autolesiones, violencia entre pares y una exposición constante en redes donde la humillación se vuelve espectáculo. Nada de esto es nuevo; lo que cambió es la escala y la intensidad.
Pero incluso frente a esa evidencia, el sistema responde de manera fragmentada: protocolos de crisis sin prevención, escuelas sin equipos estables de salud mental, personal del sistema de protección desbordado y precarizado y familias sin saber que hacer.
No hay dispositivos ni protocolos integrales de prevención y abordaje temprano. No existe una política de salvaguarda infantil. A la vez, el ecosistema digital amplifica el malestar sin filtro ni tregua, mientras las plataformas que lo sostienen y expanden eluden asumir su responsabilidad.
En ese marco, distintos procesos judiciales han empezado a calificar como negligente la falta de cuidado y moderación de contenidos por parte de empresas: negligencia entendida como la omisión de deberes básicos de cuidado, no remover a tiempo contenidos dañinos, recomendar material nocivo mediante algoritmos, carecer de controles de edad eficaces y no activar alertas tempranas ante riesgos evidentes. Aun así, sigue sin existir un circuito eficaz de intervención.
El caso de San Cristóbal, como antes otros en el país, no necesita ser explicado con hipótesis apresuradas. Aún sin conocer motivaciones, hay algo que sí sabemos: estos hechos no irrumpen en el vacío. Se inscriben en una trama previa de malestar, de violencia, de silencios. Y esa trama no es invisible, está invisibilizada. Los datos están, los chicos quieren y necesitan hablar y ser escuchados para no padecer la infinidad de violencias y malestares diarios. Estas escenas se repiten en distintos casos y debería alarmarnos. Compañeros, docentes o adultos que vieron signos y señales pero no supieron qué hacer con ellas, o las minimizaron, o pensaron que otro se ocuparía. Ese es otro punto ciego.
Escuchar debería ser una política pública: implica equipos, protocolos de intervención temprana y una articulación real entre escuela, salud y justicia. Implica, sobre todo, correrse de una lógica adultocéntrica que muchas veces desautoriza la experiencia adolescente.
Al final de la charla con los 200 chicos, ante la pregunta de un funcionario con autoridad sobre ellos —“¿algo de todo esto les pasa a ustedes?”— la respuesta fue un “sí” fuerte, al unísono. Pero esa escena, que podría haber abierto algo más, se cerró rápidamente cuando el propio funcionario dijo: “No me digan que sí porque pregunto yo”. Así, desestimó por completo el valor de esa voz colectiva.
Volvieron a contestar que sí, pese a la advertencia de negar su propio vivenciar.
La incomodidad del mundo adulto ante el dolor en la infancia y en la adolescencia es algo que debemos superar —y pronto— si no queremos seguir sumando víctimas.
Cuando esa incomodidad se traduce en desmentida, minimización o demora en intervenir, deja de ser solo una limitación: se vuelve una forma de negligencia. Una negligencia que no es solo individual, sino también institucional y tecnológica, cuando los sistemas que deberían cuidar no lo hacen.
La violencia que irrumpe es efecto de otras violencias previas, no nombradas, no denunciadas, no creídas. Y cuando eso no encuentra un lugar donde ser dicho, escuchado y alojado, no desaparece: se desplaza y se transforma, a veces contra uno mismo, otras contra los demás.
Mientras seguimos reaccionando en lugar de prevenir, seguimos preguntándonos cómo pudo pasar, en lugar de preguntarnos por qué no lo vimos y cómo no hicimos algo.
Hace años venimos señalando la necesidad de un Ministerio de la Infancia en Argentina, con capacidad real de prevención, articulación y respuesta: una estructura que organice dispositivos, coordine sistemas y permita intervenir antes de que el sufrimiento llegue a un punto de no retorno. No será una solución mágica ni suficiente por sí sola, pero sí un paso concreto para poner a la infancia en el centro de la agenda.
*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio