En la edad de oro de Hollywood existía un género que consistía en comedias matrimoniales que arrancaban con una pareja en crisis y luego todo lo que ocurría era el intento por recomponer lo que se ha roto con los años. Matrimillas es una película argentina que se podría sumar a este género sin problemas.
Este largometraje dirigido por Sebastián De Caro y protagonizado por Luisana Lopilato y Juan Minujín es un estreno de Netflix que busca cumplir con las sencillas reglas del cine de género sin mayor pretensión que esa. Los protagonistas son una pareja con dos hijos que hace rato han entrado en una meseta con discusiones, peleas y un desgaste que no vislumbra un futuro promisorio. Hasta que, en una cena con una pareja amiga que parece estar mejor que nunca, ellos le pasan el secreto de su reencuentro.
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Se trata de una aplicación para matrimonios que, mediante un dispositivo con forma de reloj de pulsera, les va sumando puntos cuando hacen algo por su pareja sin egoísmo alguno. El título de la película refiere a esa expresión que algunas personas usan para referirse a hacer mérito y ganar puntos, metafóricamente hablando, para usarlos en el futuro. Lo que es un chiste en Argentina, el guion lo convierte en una aplicación.
Una de las reglas de este tipo de comedias que rompe Matrimillas está en su título. Promete ingenio desde la escena inicial, música incluida, advierte mucha más diversión de la que finalmente entrega. Prometer un tono y no poder sostenerlo a veces es peor que no prometer nada. Las comedias románticas parecen las más fáciles de hacer, pero en realidad son un género particularmente difícil de llevar adelante.
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Esta dificultad se hace presente en las actuaciones. La química, tal vez producto de un guion muy acartonado, nunca aparece y tampoco logran lucirse los protagonistas por separado. Hay muchas situaciones ya vistas en otras películas que acá no logran verse renovadas u originales. Algunas algo forzadas, incluso. Momentos en los que se puede ver más el armado de la escena que disfrutar de la misma. La prolijidad y el oficio no alcanzan para poder salir de manera satisfactoria de los enredos que va proponiendo.
El director Sebastián De Caro ha probado con anterioridad varios estilos. Sus películas incluyen Recortadas (2009), un film casi amateur lleno de amor por los géneros; 20.000 besos (2013), una comedia romántica inteligente; y Claudia (2018), una apuesta más compleja aún, bastante original. Acá el director queda al servicio de un producto y no tiene tanto espacio para mostrar identidad y se pone al servicio del guion y la producción.
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El cine argentino hace rato que ha vuelto a los géneros y Matrimillas es una prueba de esto. No siempre se logra el objetivo y todos los que participaron de la película han tenido mejores trabajos. La comedia romántica es esquiva y las musas no siempre se hacen presentes para que las cosas terminen siendo un producto redondo.
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