De Alberto Fernández al Senado: la política parece jugar para Milei, pero las internas juegan peligrosamente en contra

El caso del ex presidente y el capítulo de la dieta de los senadores relegan otros temas en la agenda pública. Pero el oficialismo expone conflictos propios que lo complican en el Congreso y son una mala señal externa. Acaba de sufrir una derrota en la bicameral de control a los servicios de inteligencia

Martín Lousteau, va a presidir la bicameral que debe controlar a los servicios de inteligencia

Las internas acaban de provocarle al oficialismo un golpe en el Congreso: facilitaron el camino para consagrar a la oposición dura en el manejo de la comisión bicameral encargada de fiscalizar a los servicios de inteligencia. El dato es fuerte en sí mismo -se trata de un área especialmente sensible- y también expone un cuadro delicado y más amplio, a la par de las tensiones entre Javier Milei -su muy reducido círculo- y Victoria Villarruel. Daños autoprovocados, frente a un panorama que mostraba a “la política” o la “casta” jugando a favor del Presidente, desde los casos de Alberto Fernández hasta el capítulo de la dieta de los senadores.

Por supuesto, la lectura no se agota en el contrapunto de imágenes y tampoco se restringe a un solo plano. Pesa la economía. El Gobierno siente que acomodó algunas piezas después de lo que asimiló como una pulseada con los mercados, hace poco más de un mes. Pero la confrontación como ejercicio permanente -la intolerancia expresada en descalificaciones a políticos, economistas, artistas, periodistas- y las batallas domésticas alientan también evaluaciones negativas o interrogantes en el plano externo.

Otra vez, esos conflictos -la tensión en el más alto nivel de Gobierno y el desorden impactante en las filas de sus reducidos bloques legislativos- ponen en crisis la capacidad para generar no sólo acuerdos políticos puntuales sino, más grave, un mecanismo que permita cierta previsibilidad de funcionamiento, especialmente en el Congreso. Allí las mayorías son cambiantes e inestables. Lo está poniendo a la vista de cualquiera la actividad retomada por el Senado y Diputados.

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La postal más crítica fue expuesta este martes en la esperada reunión para consagrar autoridades de la referida comisión bicameral. El control de los organismos de inteligencia es una cuestión mayor, por el juego que puede entablar con el Ejecutivo y también por relaciones individuales -no exclusivamente del oficialismo- con ese entramado, siempre inquietante. Por eso mismo, un foco estuvo puesto en la disputa previa y otro, de ahora en más, apunta sobre el papel de sus autoridades.

La presidencia quedó finalmente para Martín Lousteau, en base a un entendimiento con el kirchnerismo que coloca en los siguientes escalones a Leopoldo Moreau y Oscar Parrilli. La señal K es potente, en general y hacia el área que deben fiscalizar. Y en el caso de Lousteau, la lectura remite a su espacio en la interna radical -con eje de viejo sustento porteño- y reafirma el papel que busca en el plano nacional, de oposición dura y, por ahora, con costos antes que beneficio en materia de imagen, según la mayoría de las encuestas.

El desenlace era imaginable y suma a la cuenta de los problemas, serios, provocados por la interna. Podría discutirse si esa resultó la única causa, pero parece claro que fue al menos el componente mayor. El oficialismo arrastró en su lógica doméstica al principal aliado con que cuenta en el Congreso. Patricia Bullrich, el PRO y el oficialismo más cercano a la vicepresidente impulsaban a Martín Goerling, misionero del PRO. Y otro senador, el peronista disidente Edgardo Kueider, era promovido desde la Casa Rosada, con especial énfasis de Santiago Caputo.

Alberto Fernández y dos casos fuertes: violencia de género y contratos de seguros

Los disgustos de algunos opositores dialoguistas -en especial, del bloque que conduce Miguel Angel Pichetto- por la falta de un verdadero sistema de acuerdos, la batallas en el espacio oficialista -sobre todo, en el bloque de diputados- y las internas del radicalismo han ido generando un terreno endeble y cambiante. Las dos últimas votaciones en la Cámara baja son expresivas: sanción de un proyecto para acotar las huelgas docentes, impulsado por el PRO y empujado por la LLA; y aprobación de una iniciativa sobre financiamiento universitario, con motor radical y apoyo de casi todo el arco opositor.

En ese contexto frágil, este miércoles estará otra vez en foco la cuestión de los servicios de inteligencia. Diputados tiene convocada una sesión especial por el DNU que dispuso un significativo giro de fondos a la SIDE. El pronóstico para el Gobierno es malo, al menos como señal. Y el jueves, el interés estará puesto en el Senado. Allí espera la reforma del mecanismo de ajuste jubilatorio, que el oficialismo busca frenar o modificar, y será el turno para formalizar la marcha atrás de los senadores con el irritante aumento de sus ingresos.

También la suba de las dietas agregó tensiones a la relación del círculo presidencial con Villarruel. La vicepresidente buscó despegarse del tema después de que, según dejaban trascender desde su despacho, esperara una decisión conjunta de los bloques para desenganchar sus ingresos de los acuerdos paritarios con los empleados del Congreso. Llamativo: frente a la fuerte reacción de rechazo que provocó el aumento, hubo quejas por la falta de convocatoria a sesión, pendiente desde hace meses.

El Gobierno prefirió descargar toda responsabilidad sobre Villarruel, sin referencia alguna al papel del bloque de LLA. No parece que exista una comunicación aceitada con los legisladores. Y más allá de las desmentidas formales, en el círculo de Olivos cada movimiento de la vicepresidente es interpretado como parte de una estrategia contra el Presidente: los contactos con espacios dialoguistas, el manejo de una agenda propia, las visitas a algunas provincias, los pliegos para la Corte, el caso de las dietas y el manejo de la convocatoria a sesiones, en este caso la del jueves. Desde la otra vereda, el foco está puesto en Karina Milei.

Fuera de los cálculos domésticos, Milei reaccionó en velocidad para explotar el increíble aumento de los senadores. Hizo una fuerte carga: no ahorró descalificaciones en las redes sociales. Quedó claro que no fue un gesto destemplado frente a un tema de disputa con el Congreso, como aquella reacción frente al fracaso inicial de la Ley Bases. Esta vez, el sentido común indicaba que no sería difícil sintonizar con el malestar social, en medio de la crisis.

Por supuesto, el ruido oculta en parte la deuda de una discusión seria sobre la cuestión de los ingresos de legisladores y funcionarios, sin actuaciones para la tribuna. En cambio, resultó de mínima polémica la reacción frente al caso por violencia de género contra Alberto Fernández, que expuso cerrazón y prejuicio ideológico, una especie de celebración básicamente dogmática.

Así y todo, esas muestras de la peor cara del poder, presentadas como expresión excluyente de “la política”, vienen jugando a favor de Milei, pero no resuelven temas de gobierno. Pueden opacar otros asuntos, pero no borran sus implicancias. Las internas también fatigan. Y operan peligrosamente en contra de la propia gestión.

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