Gloria Álvarez es considerada una súper heroína para los detractores del progresismo latinoamericano. Esta bella guatemalteca graduada en ciencia política es invitada por todas las organizaciones que se sienten cómodas con el calificativo de liberales o de centro derecha para que diserte sobre la izquierda, el progresismo o sobre los autodenominados "movimientos populares". En realidad, más que para que diserte, la invitan para que los fustigue.

"No me siento cómoda ni con la derecha ni con la izquierda. Me gusta que me definan como libertaria. No comulgo con el conservadurismo moral de la derecha ni con la falta de defensa de derechos individuales de la izquierda", le dice a InfobaeTV , mientras planea viajar a Rosario, Córdoba y Mendoza para promocionar su último libro.

Cómo hablarle a un progre es el título de su publicación en la que rechaza el feminismo, analiza las gestiones de Dilma Rousseff, Pepe Mujica y Cristina Kirchner. Aquí, la charla con ella:

— ¿Cómo hay que hablarle a un progre?
— Con mucha paciencia y utilizando mucho método socrático. Hay que llevar a los progres a un lugar que pocas veces visitan que son las últimas consecuencias lógicas de lo que plantean. Es, creo yo, más efectivo cuestionarlos como hacía Sócrates con sus alumnos, que tratar de demostrarles que tú tienes la razón.

— Claro. Bueno, Sócrates insistía con su mayéutica que uno debía hacer nacer el conocimiento que estaba en el otro a través de la pregunta y de la contradicción.
— Exactamente.

— Al progre medio la contradicción le molesta…
— Sí, y por eso es que esquivan tanto el debate de las ideas. Y ahora estamos viendo en las redes sociales que el progre utiliza mucho el insulto, el ataque ad hominem, a la persona, y nunca a la idea porque precisamente le rehúye a la argumentación, a utilizar evidencias, estadísticas, datos, hechos históricos.

— Para tu estándar, ¿qué es un progre?
— Bueno, es lo primero que hago en el libro de acuerdo a los mismos conceptos que en cada país le dan, en México les dicen charios, en Colombia les dicen mamertos, en Guatemala les decimos guerrilleros de cafetería. Básicamente son adolescentes y jóvenes que en algún momento, indignados por la pobreza y sin mayor conocimiento económico e histórico, levantan banderas en favor del socialismo o del comunismo porque primero desconocen las nefastas consecuencias a las que estos experimentos han llevado y segundo porque genuinamente creen que con esos eslóganes van a poder sacar a sus países adelante.

— Lo que es impactante es que la mayoría de los progres, mamero en Argentina es algo así como medio pavo, como medio… Pero digo, lo que es interesante, para mí una contradicción, que el progre no cree que la libertad sea un valor que tenga que defenderse, la libertad incluso puede quedar postergada en pos de un bien o de la revolución.
— Absolutamente. Y lo irónico es que cuestiones que ellos no aplican en su propia vida, como por ejemplo trabajar de gratis, esperan que otros lo hagan. Al final ellos quieren hacer justicia pero con tu dinero, no siendo ellos el ejemplo de los que paguen más impuestos, por ellos empezando a pagar sino que están esperando que esta utopía del nuevo hombre de la que tanto hablaba Marx empiece a darse para ellos entonces cambiar esas contradicciones.

— Es muy provocadora la tapa del libro con la gorra del Che y con un libro de la revolución. ¿Cuánto del mito del Che se instala en la progresía?
— Muchísimo, de hecho es muy poco conocida la biografía de Ernesto Guevara en sus más ávidos fans. Yo acabo de leer de hecho una biografía de Fernando Díaz Villanueva de Ernesto Guevara donde aprendí muchísimas cosas, empezando por que donde le pusieron el apodo de "Che" fue en mi país, en Guatemala, y las contradicciones que él tenía, él estaba de hecho buscando llegar a Estados Unidos y estaba buscando una visa para llegar a hacer plata. Él llega a Guatemala no por el ideal comunista como muchos piensan sino a buscar hacer dinero y así lo escribe en sus propias cartas.
Entonces yo quise meterme con esta figura con la que considero que los jóvenes en América Latina no vamos a llegar, bueno, yo ya no tan joven, pero no van a llegar a ningún lado si tienen como modelo a una persona que violentó la vida y la propiedad privada, la libertad de sus semejantes, en pro de unos ideales que tampoco se cumplieron. Entonces la tapa busca eso, cambiar el rifle por un libro que en lugar de decir revolución tiene la R tachada para "Evolucionar", que en lugar de un habano tiene una pluma para dar la batalla de las ideas, y que en vez de un uniforme verde oliva tiene un vestido pues verde esperanza, porque yo sí creo que hay esperanza siempre y cuando nos enfoquemos en eso, en el diálogo y en el debate de ideas.

— El progresismo en la Argentina generó dentro de nuestro oficio, que es el periodismo, algo fenomenal que es la denominada grieta o brecha, que es un enfrentamiento de no escuchar al otro. O sea, la contradicción es presuponer que quien está frente a vos pueda tener una parte de la razón. Acá no se trata de esto, acá se trata simplemente más que de conocer la verdad, lo que se trata es de tener razón.
— Sí, y de hecho hay cuestiones que se volvieron como impensables y que uno no puede defender porque entonces ya uno está del lado de los inhumanos. Y son cuestiones que hay que rescatar y retomar porque si desde entrada a ti te dicen que estás mal, desde el punto de vista que estás defendiendo el diálogo, es imposible. Y el problema es que donde no se intercambian palabras empiezan a intercambiarse balas. Entonces empezamos en una confrontación violenta y precisamente ahí es donde se empieza a asfixiar el debate con esto de lo políticamente correcto, donde empieza como a hacerse esta censura para al final no permitir ese diálogo.

— Mirando la radiografía de la Argentina, ¿existe alguna característica especial del progresismo, del progre?
— Sí, absolutamente. Primero que del dicho al hecho hay un montón de trecho. Entre lo que el progre predica y lo que él realmente en su vida cultiva con su propio ejemplo. En la Argentina tú ves que muchos hablan de redistribución pero ellos ni locos estarían dispuestos a dar una parte de su salario ni a sacrificarse a sí mismos en pro de esas batallas que quieren ganar.
Y además, sí creo que aquí se les ha ido un poco la mano a ciertos grupos tomando las banderas como la bandera feminista, la bandera ecologista, la bandera pacifista, que al final crean más violencia y más confrontación de un grupo que lo que quiere es venir a aplastar a otros grupos, no a ayudar a una convivencia pacífica.

— No sos feminista.
— No, para nada.

— ¿Por qué?
— Porque creo en el individuo independientemente de su aparato reproductor o su color de piel. Hablo mucho también de eso, de cómo la genética es algo que ni siquiera escogemos como para venir a ser valorados por eso. Creo que si realmente queremos inculcar la meritocracia, el mérito es la congruencia de una persona entre lo que dice, lo que piensa, lo que hace. Y valorar a la gente por el mérito va más allá de valorarla por cuestiones que ni siquiera escogió.
— Si estuviera escuchándote alguna feminista o alguna mujer, diría, pero hay un sometimiento objetivo a lo largo de la historia del hombre hacia la mujer.
— Y de la mujer hacia la mujer. Si el machismo solo fuera cuestión de hombres hace rato los hubiéramos desterrado de la sociedad y vivirían como, no sé, unos peludos en la montaña que nadie quisiera. Pero el machismo está presente porque las mismas mujeres se han sometido a sus hijas, a sus nietas, a estos modelos de aplastarlas a ellas. Entonces es una cuestión cultural que no va a cambiar hasta que no valoremos al individuo por lo que es.
Yo hablo también del tema de los cupos, es que tener un aparato reproductor no te garantiza que un funcionario va a ser un buen burócrata, eso es cuestión de intelecto, del mérito, de congruencia, de honestidad, más allá de si sos mujer, homosexual o cualquier minoría, que realmente la minoría más pequeña que haya es cada uno de nosotros.

— ¿Pero no crees en las discriminaciones positivas como para revertir un proceso cultural de muchos años de exclusión de estas minorías?
— No, porque tú puedes por decreto tratar de cambiar una cuestión que realmente la cultura va a seguir arrastrando, lo que tenemos que cambiar son esas mentalidades retrógradas que nos hacen ser no solo machistas, xenófobos, racistas, excluyentes con lo que nos parece diferente. Eso va a cambiar en la medida en que la cultura empiece a absorber los hábitos y las tradiciones de diferentes partes. Pero por decreto es muy difícil.

— Contame qué mapa ves en Latinoamérica a partir de algunos cambios políticos, en Argentina es evidente, lo que está pasando en Brasil. ¿Sentís que lo que habían sido los 2000 como un auge de los gobiernos denominados progresistas se terminó y hay un cambio de época?
— No necesariamente porque creo que en América Latina creemos que solo con cambiar de presidente estamos cambiando el sistema por completo y yo creo que siguen habiendo grandes incongruencias como naciones hacia dónde queremos ir y no tenemos claros objetivos de qué es lo que hay que defender. Las naciones que más progresan en el mundo, que son las que puntean en el índice de libertad humana, en el índice de libertad económica, son naciones que tienen claro que hay cuestiones que son inviolables, como por ejemplo la propiedad privada, los derechos individuales, la libertad de comercio, el respeto por la libertad de expresión. En América Latina seguimos creyendo que la propiedad privada es algo que se puede respetar pero también se puede violar, que el individuo se puede sacrificar si una mayoría así lo decide. O sea, todavía no tenemos claro que hay cuestiones inviolables para que una nación progrese libre y en paz. Entonces, por más que cambiemos de presidente si no cambiamos eso de nuestras constituciones, de nuestros sistemas judiciales, es muy, muy difícil lograr cambios que no sean entonces pendulares.

— Hay algo muy interesante que yo no sé si se da en Latinoamérica porque no conozco, pero en Argentina me parece que Venezuela es un ejemplo emblemático. El progresismo argentino se niega a reconocer que en Venezuela hay una dictadura, digo, para mí no hay duda, es casi de manual de escuela secundaria. Pero la ex presidenta aquí sentada donde vos estás, ante la pregunta si había Estado de derecho en Venezuela se negó a decir contundentemente: no, no lo hay. ¿Por qué creés esto?
— Porque es evidenciar un fracaso. Desgraciadamente lo que está ocurriendo en Venezuela es la peor crisis humanitaria del siglo XXI. Progres como Mujica incluso se desmarcaron, Noam Chomsky. Claro, nadie se acuerda de los días donde ellos aplaudían a Chávez y a Maduro, pero ahora hasta ellos han tenido que reconocer que lo que está ocurriendo en Venezuela es injustificable. Y los progres de la línea más dura parece que sienten que si reconocen eso, pues la agenda del socialismo una vez más fracasó y no van a tener entonces cómo justificarla, entonces prefieren permanecer en silencio con respuestas bastante escuetas.

— Bueno, es un poco lo que vos decías y contábamos. La libertad, la democracia, la república, la división de poderes, son negociables para el progresismo, o sea, no es un valor, no es un límite, un coto fuerte. ¿No?
— Y el problema es que nunca te dicen cuál es la lista. Sí te hablan de que hay industrias que deben ser del Estado. Ok, ¿pero cuáles? Decímelas puntualmente. Porque lo que pasa es que como nunca te dan la lista exacta de qué es lo que quieren expropiar, qué libertades quieren quitar, al final cuando gobiernan te lo quitan todo en la arbitrariedad.

— ¿Te gusta la definición derecha o izquierda, te parece que es aplicable a los tiempos de hoy?
— No, para mí en lo personal, no, porque yo con la derecha no comulgo en su conservadurismo moral, sí en la libertad económica que en teoría quieren defender. Y con la izquierda pues obviamente comulgo en las libertades individuales que en teoría dicen defender, porque luego lo mismo, ¿no? El gran progre Che Guevara asesinó a un montón de homosexuales y se expresaba terriblemente de ellos. Pero no concuerdo con la visión estatista que nos quiere imponer la izquierda en la economía y no concuerdo con el conservadurismo moral retrógrado de la derecha.
Sin embargo, qué haces cuando el 95 por ciento del continente solo cree que esas son las únicas dos cosas que hay, tenés que desenvolverte políticamente con esos términos.

— ¿Y cómo hacés?
— Pues yo trato de explicar que yo tengo una ideología que abraza esa libertad económica y esa libertad individual, que es muy poco conocida aquí, que es la ideología del liberalismo clásico o libertaria y que esta es una tercera vía. Nunca se ha implementado por supuesto políticamente pero que también poco se conoce. Y hay gente tanto de la derecha como de la izquierda que están dispuestos a explorarla más.

— ¿Qué te parece que es la irrupción de Donald Trump en el contexto de este momento mirado desde Latinoamérica?
— Mira, yo creo que hay que separar el circo mediático de las consecuencias inmediatas que las decisiones de Donald Trump puedan tener en nuestro continente. Y, definitivamente, hay que ver entre el dicho y el hecho qué es lo que a nosotros nos puede llegar a afectar. Sin embargo yo creo que en América Latina, el Departamento de Estado que tiene unas políticas más digamos a largo plazo que el presidente que pueda estar de turno, tiene mayor influencia en lo que pueda estar pasando con el socialismo del siglo XXI, con el narcotráfico, con nuestras frágiles democracias, que la presidencia en sí. Es decir, por ejemplo en el caso de Guatemala, yo sé que el Departamento de Estado influye mucho más en lo que sucede que si Donald Trump está enterado de lo que ocurre o no. Entonces yo invitaría a los latinoamericanos a analizar, más allá del circo político, qué es lo que realmente nos puede llegar a afectar tanto en economía como inseguridad.

— Miremos un poco Latinoamérica y pensemos en referentes, excluyamos Chávez o Maduro que son una expresión radicalizada, pero qué han significado Dilma Rousseff, Lula, Cristina Kirchner, Pepe Mujica, en cada uno de sus países.
— Yo creo que han sido una gran frustración, ¿verdad? Porque si tanto el modelo de Lula, de Dilma, de los Kirchner acá, hubiesen logrado lo que tanto proponían entonces no hubiera habido un cambio pendular aunque fuera solo superficial de la presidencia. Y ahora, por supuesto, se están destapando un montón de casos de corrupción, de desfalcos a la economía, pero desgraciadamente el votante nunca culpa al causante del problema, siempre va a culpar al que está gobernando en el momento en el que el problema le estalla en la cara. Eso incluso está pasando con Maduro, hay gente que te dice 'no, si el problema no era Chávez, el problema es Maduro'; no, es que Chávez dejó la bomba corriendo. Igual que los Kirchner, que le dejaron la bomba corriendo y Rousseff dejó la bomba corriendo.
Entonces, si no vienen cambios estructurales profundos en los siguientes liderazgos vamos a tener entonces otra vez un retroceso.

— El péndulo, ¿no? Hablale a alguien que te está escuchando y que se define como progresista.
— Pues yo a lo que los invito es primero a leer el libro, a dialogar, yo creo que no hay nada de malo en sentarse a hablar, es lo más pacífico y lo más civilizado que puede existir, no hay que tenerle miedo a escuchar a alguien diferente, yo de hecho en todo el libro relato varios diálogos que he tenido con progres en todo el continente, desde el debate que tuvimos aquí con la diputada kirchnerista pasando por estudiantes de universidades que tienden más al marxismo, y es lo más nutritivo que he podido hacer en mi vida porque de ese mismo diálogo uno también va afinando su propio pensamiento.

— ¿Qué es el Che Guevara para vos?
— ¡Ay!, el Che Guevara es una persona que fue altamente incongruente entre lo que decía y lo que hacía. Un alma muy frustrada que encima se creía con la arrogancia de creer que sus ideas valían más que la vida de los demás, y para mí, si tus ideas son tan buenas no tienen por qué ser impuestas, mucho menos a punta de pistola.

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