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Ira y salud mental: las señales que indican la necesidad de pedir ayuda y cómo la cólera puede descargarse contra familiares

Tensiones por trabajo, tránsito, falta de descanso o convivencia pueden terminar en gritos e insultos contra las personas cercanas, advirtió una especialista en salud mental

En la secuencia "Despierta tus emociones" de Radio Exitosa, la conductora Katiusha y la psicóloga Jocelyn Acuña abordan las razones detrás de las explosiones de ira hacia seres queridos. Durante la entrevista, la especialista explica la importancia del manejo de la ira, la acumulación emocional y la inteligencia emocional en el entorno familiar y cotidiano, además de resaltar la necesidad de contar con propuestas públicas enfocadas en la prevención y atención de la salud mental.

La psicóloga Joselina Acuña alertó sobre los riesgos de la ira acumulada cuando se descarga sobre padres, parejas u otros familiares. Según explicó, la cercanía afectiva puede llevar a que algunas personas actúen con menos control en el hogar y expresen el malestar mediante gritos, insultos o agresiones físicas.

La especialista señaló que el problema no se limita a un episodio aislado. La frecuencia, la recurrencia y la intensidad de los estallidos son factores que permiten establecer cuándo resulta necesario buscar orientación profesional. Si una persona siente que explota todos los días o nota que esas reacciones aumentan, la consulta con un especialista puede ayudar a identificar el origen del malestar.

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Acuña también cuestionó la falta de propuestas de salud mental en las exposiciones de candidatos a la alcaldía de Lima Metropolitana. En una entrevista radial, planteó la necesidad de que los municipios establezcan rutas de evaluación y prevención para quienes atraviesan ansiedad, depresión u otras dificultades y no saben a dónde acudir.

Una pareja permanece sentada en extremos opuestos de un sofá y evita el contacto visual tras un desacuerdo en el hogar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La confianza familiar puede convertirse en un permiso para herir

La ira suele formarse a partir de tensiones que no siempre se expresan en el momento en que aparecen. El tránsito, una jornada laboral extensa, los conflictos de convivencia, las preocupaciones económicas o la falta de descanso pueden aumentar la irritabilidad. Al llegar a casa, ese cúmulo puede dirigirse hacia quienes están más cerca.

Para Acuña, esa dinámica se relaciona con una percepción equivocada de confianza. La persona puede sentir que tiene un margen mayor para responder de forma impulsiva ante familiares o parejas, como si el vínculo le concediera un permiso para ser hiriente. “La confianza puede dar un falso derecho a lastimar”, advirtió al referirse a expresiones verbales y acciones que dañan a otros.

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El fenómeno también aparece fuera del entorno doméstico. Discusiones entre conductores, pasajeros, peatones o personas que comparten espacios públicos pueden responder a una carga emocional previa. La situación inmediata puede funcionar como detonante, aunque el origen del enojo esté en molestias acumuladas durante horas, días o semanas.

Unas manos aprietan con fuerza un cojín gris como manifestación de tensión física en un entorno residencial. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Identificar las señales físicas permite frenar la reacción

La psicóloga sostuvo que la ira no debe tratarse como una emoción que se pueda eliminar por completo. El objetivo consiste en reconocerla antes de que alcance un nivel que dificulte el control de las palabras y las acciones. Para ello, recomendó prestar atención a manifestaciones físicas como palpitaciones, sudoración, tensión muscular, dolor de cabeza o cambios en la respiración.

Esas señales pueden indicar que una persona necesita detenerse por unos minutos. Acuña sugirió comunicar esa decisión a quienes se encuentran cerca para evitar que la distancia se interprete como indiferencia o abandono. “Mamá, papá, dame un momento. Me voy a los servicios”, ejemplificó al describir una forma de tomar distancia sin romper el diálogo.

El contacto con el agua, una ducha, mojarse el rostro, escuchar música, comer algo o recurrir a estímulos sensoriales pueden reducir la intensidad emocional. La finalidad de estas medidas no es negar el enojo, sino bajar su nivel para que la persona pueda pensar con mayor claridad. Una pausa puede evitar que una molestia termine en una agresión, aunque no resuelve por sí sola aquello que la provocó.

Una persona se lava el rostro sobre un lavabo en un entorno neutro como parte de una rutina de autocuidado y bienestar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El descanso y los cambios de rutina ayudan a reducir la acumulación

La especialista planteó que el manejo de la ira requiere revisar las condiciones cotidianas que sostienen el cansancio. Una rutina dominada por el trabajo durante el día y la noche, sin momentos de recuperación, puede favorecer reacciones desproporcionadas ante situaciones menores. Dormir pocas horas o descansar mal también puede afectar la tolerancia frente a la frustración.

Caminar, practicar actividad física o realizar una pausa activa puede aliviar la tensión inmediata. Acuña comparó esos momentos con un tiempo fuera en un partido de fútbol: una oportunidad para descansar, tomar agua o apartarse de la presión antes de volver a la actividad. El ejercicio puede disminuir la tensión, pero no reemplaza la búsqueda de la causa del enojo.

Las distracciones también tienen un límite. Ir al cine, mirar una película o salir con amigos puede ofrecer alivio temporal, pero el problema puede continuar si no se reconoce qué situación genera la incomodidad. La recomendación apunta a observar qué pensamientos, vínculos o exigencias se repiten antes de cada reacción para evitar que el malestar siga acumulándose.

Un director de edición visiblemente frustrado destroza un teclado mientras un joven colega observa atónito en una bulliciosa sala de noticias. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Registrar los episodios permite saber cuándo pedir ayuda

Acuña propuso llevar un registro personal de los momentos en que aparece la ira durante una semana. Esa anotación puede incluir el día, la hora, el lugar, la situación previa, la intensidad de la emoción y la forma en que se expresó. El ejercicio permite detectar patrones y advertir si los estallidos se relacionan con determinadas personas, horarios o problemas.

La frecuencia funciona como una señal de alerta. Si los episodios se repiten durante los siete días de la semana o aumentan en intensidad, la especialista consideró necesario consultar con un profesional. La atención no busca únicamente contener el momento de crisis, sino comprender si existen tensiones prolongadas, heridas del pasado o dificultades para regular emociones que requieren un abordaje específico.

Una representación anatómica expone la respuesta del sistema cardiovascular y del cerebro ante un estado de ira. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En los niños y adolescentes, los cambios de conducta pueden mostrar que existe un malestar que no logran expresar con palabras. Romper una hoja por frustración durante una tarea, arrojar un lapicero, responder con crueldad, dejar de hablar o adoptar una actitud defensiva pueden ser signos para observar. Los adultos, la escuela y el entorno social pueden aportar información para identificar qué ocurre y evitar que la ira se convierta en una forma habitual de relacionarse.

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