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Padres de familia en alerta: estas son las señales que pueden indicar que su hijo sufre bullying o violencia sexual

En lo que va de 2026, los reportes de violencia entre estudiantes aumentaron 18,5% y los de violencia sexual crecieron 35,4%. ¿Qué cambios en la conducta de un menor deberían generar preocupación?

Cornelio Gonzales señaló que la medida busca evitar el retorno de los alumnos al plantel mientras se esclarecen los hechos y se protege al escolar afectado (Créditos: Latina)

Los últimos casos de violencia contra escolares han puesto nuevamente el foco en lo que ocurre dentro de los centros educativos del Perú. El más reciente corresponde al Liceo Naval Almirante Guise, donde un adolescente de 16 años denunció una presunta agresión sexual que habría sido cometida por otros estudiantes durante un viaje en bus. El caso se suma a otro registrado en julio pasado en un colegio Innova Schools de Ate, donde se investigó una presunta agresión sexual contra un niño de 10 años que habría involucrado a otros estudiantes.

Estos casos se conocen en un contexto de incremento de la violencia escolar. Entre enero y agosto de 2026, la plataforma SíSeVe del Ministerio de Educación registró 11.805 reportes, la cifra más alta para los primeros ocho meses del año desde que existen registros. De ese total, 8.156 correspondieron a violencia entre estudiantes, un 18,5% más que en el mismo periodo de 2025. Dentro de esta categoría, los reportes de violencia sexual fueron los que más aumentaron, con un crecimiento de 35,4%.

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Ante este escenario, la pregunta no solo es qué hacer cuando un menor cuenta que ha sido víctima de violencia. También es importante reconocer las señales que pueden aparecer incluso antes de que se atreva a hablar.

Cambios de conducta que no deberían pasar desapercibidos

Una de las principales recomendaciones para padres y cuidadores es observar cambios que se mantengan en el tiempo y que representen una diferencia respecto del comportamiento habitual del menor. Esto no significa que una modificación aislada sea una prueba de bullying o violencia sexual, pero sí puede ser una razón para acercarse y preguntar qué está ocurriendo.

En los últimos años se ha identificado un aumento de estos casos. (Agencia Andina)

Entre las señales que pueden generar alerta se encuentran:

  • Rechazo repentino o persistente a asistir al colegio.
  • Aislamiento de amigos o familiares.
  • Cambios marcados de ánimo.
  • Alteraciones del sueño o del apetito.
  • Dolores de cabeza o estómago sin una explicación médica aparente.
  • Lesiones que el menor no logra explicar claramente.
  • Descenso en su desempeño escolar.
  • Pérdida repentina del interés por actividades que antes disfrutaba.

La directora de Salud Mental del Ministerio de Salud, July Caballero Peralta, ha señalado anteriormente la importancia de que padres y madres permanezcan atentos a estas manifestaciones y puedan identificar situaciones de riesgo dentro del entorno familiar.

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Las señales pueden cambiar según la edad

No todos los niños expresan una situación de violencia de la misma manera. La etapa de desarrollo también puede influir en la forma en que manifiestan malestar.

La psicóloga Carmen García Núñez del Arco, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), ha señalado que en niños pequeños pueden observarse rechazo a asistir a clases o aislamiento durante el juego.

(Oficina de Prensa)

En preadolescentes pueden aparecer dificultades para dormir o alteraciones alimentarias, mientras que en adolescentes pueden presentarse cambios en los hábitos de sueño, pérdida de amistades o síntomas asociados a ansiedad y depresión.

Por ello, más que buscar una señal específica, los especialistas recomiendan que los adultos conozcan cómo suele comportarse el menor y puedan identificar modificaciones importantes en sus rutinas, relaciones y estado emocional.

Un niño no siempre va a decir que algo le ocurre

Una de las advertencias de Aldeas Infantiles SOS Perú es que los niños, niñas y adolescentes no necesariamente piden ayuda de manera explícita cuando atraviesan una situación de riesgo.

La organización recomienda confiar en la información que proporcionan los menores, prestar atención a los cambios de comportamiento y conocer el círculo de amigos y conocidos con el que se relacionan, tanto en el entorno físico como en el virtual. También plantea la importancia de que los adultos tengan identificados los canales disponibles para denunciar o pedir orientación.

Esta recomendación adquiere especial relevancia en un momento en que la vida escolar ya no se limita al aula. Una situación de acoso puede continuar mediante mensajes, redes sociales, grupos de chat o videojuegos, incluso cuando el estudiante ya salió del colegio.

La encuesta más reciente de la organización también encontró que 15% de los adolescentes consultados había experimentado ciberbullying o ciberacoso y que 59% de ellos no buscó ayuda de un adulto. Además, cuatro de cada diez niños y adolescentes señalaron que no conocen canales disponibles para reportar situaciones de riesgo.

¿Cómo puede presentarse el bullying?

El acoso escolar no siempre consiste en una agresión física visible. Puede manifestarse mediante insultos, humillaciones, amenazas, burlas, intimidación o exclusión deliberada de un estudiante.

También puede ser indirecto, por ejemplo, cuando un grupo busca aislar a un compañero, difundir rumores sobre él o impedir que participe en actividades con otros estudiantes.

En el entorno digital, estas conductas pueden trasladarse a redes sociales y plataformas de mensajería mediante amenazas, burlas, difusión de rumores o publicaciones destinadas a exponer y humillar al menor.

Por eso, un estudiante que deja de relacionarse con sus amigos, evita determinadas actividades, cambia bruscamente su comportamiento o muestra temor ante el teléfono celular o las redes sociales puede necesitar que un adulto se acerque y converse con él.

¿Y qué señales pueden alertar sobre una posible violencia sexual?

En estos casos tampoco existe una única señal que permita concluir que un niño o adolescente ha sido víctima. Algunos menores pueden contar directamente lo ocurrido; otros pueden mostrar cambios emocionales o conductuales sin explicar inicialmente el motivo.

Cada año, al menos 1.500 niñas menores de 14 años dan a luz, producto de violencia sexual. (Andina Noticias)

Cambios repentinos de comportamiento, aislamiento, temor hacia determinadas personas o lugares, alteraciones del sueño o alimentación, rechazo de actividades habituales o manifestaciones de angustia pueden justificar una conversación cuidadosa con el menor.

También es importante prestar atención cuando un niño manifiesta que alguien le pidió guardar un secreto, le genera miedo o incomodidad, intenta acercarse de una manera que no corresponde o insiste en mantener una interacción que el menor no desea.

En cualquiera de estos casos, el comportamiento del niño debe ser entendido como una señal para escuchar y proteger, no para interrogarlo ni responsabilizarlo por lo ocurrido.

Qué deben hacer los padres si sospechan que algo ocurre

El primer paso es conversar con el menor en un ambiente tranquilo. Preguntar qué ocurrió y escuchar su respuesta sin interrumpirlo puede ayudar a que se sienta seguro para contar lo que está viviendo.

También es importante evitar frases que minimicen la situación, como “seguro no fue para tanto”, o responsabilizarlo por no haber contado antes. Si existe una sospecha de violencia, tampoco se recomienda enfrentar directamente al presunto agresor ni buscar una confrontación entre las familias sin orientación de las autoridades o especialistas.

Los padres deben comunicarse con el colegio y solicitar información sobre las medidas adoptadas. Si se trata de una posible violencia sexual o existe un riesgo inmediato para el menor, corresponde acudir a las autoridades competentes y solicitar atención especializada.

La prevención no consiste únicamente en revisar el celular o preguntar todos los días si ocurrió algo en el colegio. La protección también pasa por construir una relación en la que el niño o adolescente sepa que puede contar algo incómodo, doloroso o confuso sin temor a ser castigado.

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