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La vida sigue siendo maestra: la noche de Rubén Blades en Lima

El artista panameño volvió a presentarse en un escenario limeño. Al borde del mar, dejó claras su incombustible vigencia y la poderosa influencia musical e intelectual que lo convirtió en leyenda. Esta es la crónica de esa noche

El músico Rubén Blades toca maracas con los colores de la bandera de Panamá durante su actuación en el Toyota Center. (@Palacios_films)
Silencio. Estoy hablando yo.

El bullicioso murmullo del público cesó de pronto. Algunos parecían no saber, no recordar o no haber notado que habían ido a ese lugar a ver a un señor, y que ese señor ya había llegado. Así que el señor tuvo que hacérselos saber. Sereno y sin mala educación, solo siendo firme, tuvo que recordarle al público que no solo había venido para hacerlos bailar, sino también para pensar.

Rubén Blades, con un fiel sombrero negro, como todo su atuendo, tuvo entonces la absoluta atención de la audiencia de todas las edades que llenó el Arena 1 Park de San Miguel. En tiempos de celulares y distracciones audiovisuales permanentes, incluso quienes compraron su entrada con entusiasmo fueron proclives a distraerse cuando el artista se dirigió por primera vez al público tras su primera canción. La mirada firme que les dirigió desde lo alto fue como la de un profesor que, con su sola presencia, es capaz de acallar el jaleo de un salón… o de iniciarlo. Porque siempre puede ser un buen momento para recordar que Ella era una chica plástica, de esas que veo por ahí, y traerla desde 1978 para abrir su concierto este 2026, junto a la Orquesta de Roberto Delgado que lo acompañó con acierto a lo largo de la noche, como lo hace ininterrumpidamente desde hace 16 años, discos y premios Grammy incluidos.

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Yo, la verdad, soy metalero, a mí no me gusta la salsa. Pero uno sabe apreciar la música, pues. No me la iba a perder.
El cantautor panameño Rubén Blades, en una fotografía de archivo.. EFE/ Fernando Alvarado

Casaca de cuero, jean gastado, botas y melena larga y entrecana, un metalero amamantado con Deep Purple, Black Sabath o Iron Maiden —cuyo emblemático Eddie llevaba en el polo— compartía con este periodista sus motivos para estar aquí y no en casa con The Number of the Beast a todo volumen. “Es un maestro. Y a los maestros hay que verlos en vivo”.

Este usualmente solitario paraje de la playa, cobra con cada concierto una nueva y distinta vida. Cada grupo de seguidores tiene sus propias peculiaridades y los emprendedores peruanos eligen los productos a vender según el menú artístico del día. Esta noche, la oferta de afiches pines, polos o imanes de Blades o La Fania se movía entre las cervezas, los revendedores, los tik tokers transmitiendo en vivo, decenas de policías evidentemente salseros y el olor de potentes sanguchones con todas sus cremas. El sonero panameño ofreció a miles su propia sazón. Un poco del Rubén de Fania All Stars, un poco actor de Hollywood, un poco del político, un poco trovador del dolor y el amor latinoamericanos.

Pablo Pueblo, Ojos de perro azul y Desapariciones le brindaron a la noche sabores de todos los matices. “Regresa un hombre en silencio/ de su trabajo cansado/ su paso no lleva prisa/ su sombra nunca lo alcanza”, dice la primera. Pasos y poesía ante la orilla de un sereno mar limeño que baila sin agitarse al son bladesiano. “Ojos de perro azul, mirando cínicamente a la ciudad/ Juzgando elípticamente a la sociedad/ Sonriendo críticamente a la humanidad”, canta la segunda, y nos hace mirar la urbe infernal desde un rincón que ahora mismo es paraíso. “¿Adónde van los desaparecidos?/ Busca en el agua y en los matorrales/ ¿Y por qué es que se desaparecen?/ Porque no todos somos iguales”, procedió Rubén con la tercera, en nombre de todo aquello que no debe volver a suceder en Latinoamérica, cantada en un contexto como el actual en el que es indispensable recordarlo. ¿Y cuándo vuelve el desaparecido? Cada vez que los trae el pensamiento.

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Fotografía de archivo del afamado cantante y actor panameño Rubén Blades, durante una presentación, en Cartagena (España). EFE/Marcial Guillén
Es la quinta vez que lo veo. Lo he disfrutado en Matute, uff, estaba muchacho. También estuve en la Hacienda Villa en una fiesta de Año Nuevo la primera vez que vino. Estaba con Willy Colón, aún eran amigos. Deme cuatro cervezas, señorita. ¡Tres para mí, una para mijo!, completó con picardía un hombre de la generación de Blades, ya bien entrado en la base siete, pero igual de entero y blanquiazul que el artista. “¡Arriba Alianza!”, se fue diciendo. “¡Y novacher!”, le respondió la mitad de la cola.

Te da y te quita, te quita y te da

El poeta de la salsa nació en 1948, un año particularmente violento y caótico para su país, tanto en las calles como en los salones políticos, alquimia que pareció sembrar en el pequeño Rubén las inquietudes que lo enriquecerían como hombre, como intérprete y como creador. Mientras el público seguía entonándose ante una brisa coqueta y compañera, sonaron País portátil —tema homónimo del disco que lanzó al día siguiente del concierto en Lima—, Prohibido olvidar o Decisiones, que convirtió rápidamente el Arena 1 en pista de baile desatada. ¡Ave María! Les siguieron El Padre Antonio y su monaguillo Andrés —“¡El papa es peruano!”, subrayó Blades entusiasmado, antes de cantarla—, Ligia Elena, Cuentas del alma, Amor y control —en la que el artista aprovechó para recordar a Anoland Díaz, su madre, fallecida en 1991—, Emigrantes y Todos vuelven, durante la cual las pantallas mostraron imágenes de inmensos ausentes, como Celia Cruz o Héctor Lavoe, además de artistas nacionales como Lucha Reyes, Óscar Avilés, Chabuca Granda o el Zambo Cavero. Blades la publicó en Buscando América, de 1984, y recordó haberla cantado por primera vez en el Perú aquel mismo año, ocasión que aprovechó para reunirse con su autor, César Miró.

A pesar de que no volvería hasta el 2003, y de que entre 2004 y 2009 sería ministro de Turismo de Panamá, sus visitas en estos últimos años se han hecho más frecuentes, siempre enarbolando mensajes de conciencia social, igualdad y rebeldía ante el abuso de los poderosos, como recordó que ocurre hoy en Gaza contra el pueblo palestino.

Rubén Blades - portada (Imagen Ilustrativa Infobae)

El Fotografías Tour ha resultado ser todo lo que prometía. Tras pasar por Estados Unidos, Milan, Zurich, Londres, Berlín, París o Madrid, fueron Montevideo, Santiago, Buenos Aires o Lima las privilegiadas ciudades de Sudamérica que lo recibieron con la persistente esperanza de que no sea la última vez. En Montevideo pudo estar con Lucía Topolanski —viuda de Pepe Mujica—, y en Buenos Aires con Charly García. Antes de que hiciera su aparición sobre el escenario limeño, Mauricio Mesones entonó al público ya presente con un repertorio empapado de cumbia.

Rubén Blades extendió su presentación durante más de 2 horas y media que el público hubiera querido que fueran eternas. Sonaron Arayué, Paula C —“Mi primera experiencia amorosa como adulto”, rememoró Blades—, La barricada, El cantante -invocación a un Héctor Lavoe que bailó por todos los rincones de la noche-, Maestra vida —“A mis 78 años le encuentro un nuevo significado”, acotó previamente—, Pedro Navaja o Buscando América. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios”, y los miles de asistentes ensayaron sus mejores pasos como si el mundo fuera a terminarse al final de la canción.

Rubén Blades - portada . (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los últimos episodios de la noche del 20 de agosto reaparecen intensos en la memoria. Gente que siguió bailando mientras esperaba un posible regreso de Rubén, otros que bailaban mientras caminaban por la Costa Verde en busca de un taxi, o bailando y cantando mientras subían el puente o el acantilado, como quien vuelve de la fantasía a la realidad urbana, a otras voces, a otras orquestas.

Han pasado varios días, pero esta crónica se hacía necesaria para que la imaginen quienes no llegaron, para que la vuelvan a gozar los que estuvieron, y para no olvidar que yo fui uno de ellos.

¡Suenan las campanas!

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