Aprender a manejar el dinero no debería comenzar recién con el primer sueldo. Decidir si una compra es realmente necesaria, ahorrar para alcanzar una meta o administrar una cantidad limitada son experiencias que pueden introducirse desde la infancia y convertirse, progresivamente, en herramientas para la vida adulta.
La Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS) sostiene que la educación financiera debe iniciarse a edades tempranas, cuando niños y niñas comienzan a desarrollar hábitos y actitudes vinculados con el dinero. De hecho, la entidad mantiene materiales específicos para enseñar en primaria conceptos como ahorro, presupuesto, recursos y responsabilidades de pago.
El desafío no es menor. La última Encuesta Nacional de Capacidades Financieras disponible de la SBS y CAF corresponde a 2022 y continúa mostrando brechas relevantes en conocimientos y comportamientos financieros de la población adulta peruana.
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Pero hablar de una “mentalidad emprendedora” durante la infancia no significa necesariamente preparar a un niño para crear una empresa. Esa es una de las premisas del proyecto Formando Emprendedores del Mañana, impulsado por Scotiabank en alianza con Plan International, que trabaja el desarrollo de competencias financieras y emprendedoras en escolares.
María Elena Roncal, coordinadora del proyecto, explica que el concepto abarca habilidades que van más allá del manejo del dinero. “Formar emprendedores desde la infancia no se trata de motivar a las niñas y niños a crear empresas, sino de dotarlos de competencias transversales para la vida: resiliencia, trabajo en equipo, liderazgo y capacidad para tomar decisiones informadas”, señala.
A partir de esa mirada, los especialistas plantean seis aprendizajes que pueden trabajarse de manera articulada tanto en el hogar como en la escuela.
Seis aprendizajes que pueden empezar desde pequeños
El primer paso es aprender a identificar problemas. En lugar de entregar siempre una respuesta, padres y docentes pueden animar a los niños a observar qué ocurre en su casa, colegio o comunidad y preguntarse qué podría mejorarse. El ejercicio busca que pasen de detectar una dificultad a pensar posibles soluciones.
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El segundo consiste en estimular la curiosidad y la creatividad. Preguntas como “¿qué harías diferente?” o “¿cómo resolverías esto?” permiten que los menores ensayen alternativas sin necesidad de encontrar inmediatamente una respuesta correcta. En la escuela, estas habilidades también pueden trabajarse mediante lluvias de ideas y dinámicas que permitan diseñar propuestas frente a problemas cotidianos.
Un tercer aprendizaje está directamente relacionado con el dinero: distinguir necesidades de deseos. Antes de realizar una compra, los especialistas sugieren enseñar tres preguntas sencillas: “¿Lo necesito ahora?”, “¿qué pasa si no lo compro?” y “¿tengo presupuesto para pagarlo?”.
Esta idea coincide con los materiales de educación financiera de la SBS, que también proponen enseñar desde pequeños a diferenciar gustos y necesidades y a planificar los gastos familiares.
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Del mercado semanal a un pequeño presupuesto
El cuarto hábito es ahorrar con un objetivo y aprender a administrar recursos limitados. No hace falta entregar grandes cantidades de dinero. Una actividad cotidiana puede ser involucrar a los niños en la elaboración de la lista del mercado, comparar precios o permitirles administrar una pequeña cantidad previamente definida.
La SBS señala que un presupuesto permite ordenar ingresos y gastos, identificar cuánto puede ahorrarse y tomar decisiones más informadas sobre el uso del dinero. También recomienda establecer metas concretas de ahorro en lugar de guardar únicamente lo que eventualmente sobra.
En el ámbito escolar, este aprendizaje puede trasladarse a situaciones simples, como calcular cuánto costará organizar una feria, una celebración o una actividad extracurricular. La idea es que los estudiantes comprendan desde temprano que cualquier proyecto requiere priorizar recursos, estimar costos y tomar decisiones.
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Aprender que equivocarse también forma parte del proceso
El quinto punto puede parecer menos financiero, pero resulta fundamental: perder el miedo a equivocarse. Si cada error es tratado únicamente como un fracaso, será más difícil que un niño vuelva a intentar resolver un problema por su cuenta.
Los especialistas recomiendan reforzar la perseverancia y valorar el esfuerzo y la iniciativa por encima del resultado inmediato. La meta no es evitar que se equivoquen, sino ayudarlos a identificar qué salió mal, qué pueden cambiar y qué aprendieron durante el proceso.
El sexto aprendizaje es conectar las iniciativas con su impacto en otras personas. Una idea no tiene que evaluarse únicamente por cuánto dinero puede producir: también puede buscar resolver un problema social, ambiental o de la propia comunidad.
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Para Roncal, desarrollar estas competencias desde edades tempranas permite que niños y adolescentes tomen decisiones más informadas sobre sus estudios, su futuro laboral y los proyectos que quieran emprender más adelante.
Así, enseñar emprendimiento durante la infancia puede comenzar mucho antes de hablar de negocios: con decisiones tan cotidianas como elegir qué comprar, ahorrar para una meta, administrar un presupuesto pequeño, plantear una solución y aprender qué hacer cuando el primer intento no funciona.
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