La desaparición de tres montañistas peruanos en el nevado Huascarán, la cumbre más alta del Perú, ha reavivado la alerta sobre las condiciones de peligro que enfrenta uno de los glaciares tropicales más extensos del planeta. Alejandro Ugarte, Artidoro Salas Gaytán y Saúl Mendoza perdieron contacto el martes por la mañana, cuando enviaron un último mensaje por dispositivo satelital en el que reportaban que estaban extraviados tras una tormenta severa durante el descenso.
Los tres formaban parte de una expedición de cinco personas. Los otros dos integrantes, de nacionalidad checa, lograron descender con mayor rapidez y dejaron atrás al grupo peruano en la zona conocida como La Garganta, uno de los tramos de mayor riesgo en la ruta normal de ascenso. Según el rescatista Amilcar Salazar, los montañistas habían llegado a la cumbre, pero no encontraron la huella de retorno y no contaban con el equipo adecuado para pernoctar a esa altitud.
Las labores de búsqueda involucran a más de 30 especialistas, entre rescatistas de la División de Rescate en Alta Montaña de la Policía Nacional del Perú (PNP), guías voluntarios de la Asociación de Guías de Montaña del Perú (AGMP) y efectivos de la Fuerza Aérea del Perú (FAP). Dos helicópteros fueron desplegados para trasladar equipos al refugio ubicado a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar, aunque las condiciones climáticas —niebla densa, granizo y baja visibilidad— han dificultado el avance hacia las zonas de mayor altitud.
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La emergencia se agravó el jueves 16 de julio, cuando una avalancha en el Huascarán dejó un fallecido y dos heridos a unos 5.500 metros de altura, mientras los equipos de rescate aún buscaban al grupo desaparecido. Las víctimas eran un turista extranjero y dos ciudadanos peruanos. El accidente ocurrió alrededor de las 7:30 de la mañana y fue registrado en video por un montañista que presenció el desprendimiento y pidió auxilio.
La zona más peligrosa de la ruta
El tramo entre el Campo 1 y el Campo 2, donde se ubica La Garganta, concentra históricamente la mayor cantidad de accidentes en el Huascarán. Según especialistas del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (Inaigem), esa sección está expuesta a desprendimientos de hielo y avalanchas de nieve de forma permanente, debido a la dinámica propia de un glaciar en constante movimiento.
A esa zona de riesgo conocida se suman ahora nuevos factores de peligro. Los cambios en la temperatura de las masas de hielo han extendido la inestabilidad más allá de La Garganta, hasta el tramo que va del Campo 2 a la cumbre, un sector que antes se consideraba relativamente más seguro durante la temporada de escalada.
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Ocho desprendimientos en siete meses
Solo en lo que va de 2026, el Inaigem registró ocho desprendimientos de hielo y avalanchas de nieve en la parte sur del Huascarán. Ese dato ilustra la frecuencia con la que el glaciar libera masa en un año marcado por condiciones climáticas atípicas. La institución mantiene bajo supervisión seis glaciares colgantes y bloques de hielo catalogados como de alto riesgo en la zona.
Para detectar estos cambios con anticipación, los investigadores llevan a cabo balances anuales de masa glaciar. El objetivo es identificar variaciones en la dinámica del hielo y evaluar posibles riesgos antes de que se conviertan en emergencias. Esos balances son la principal herramienta de monitoreo científico en una montaña que cambia de un año a otro.
El Niño Costero como acelerador del deshielo
El calentamiento del océano Pacífico frente a las costas peruanas tiene un efecto directo sobre los glaciares de la Cordillera Blanca. Según un estudio del Inaigem, durante los episodios del fenómeno de El Niño Costero el retroceso glaciar puede ser hasta tres veces más rápido que en un año normal. El mecanismo es preciso: el incremento de la temperatura del mar eleva también la temperatura del aire en la cordillera y modifica el régimen de precipitaciones.
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En lugar de nieve o granizo —que permiten al glaciar acumular masa y mantenerse estable—, las lluvias asociadas a estos eventos erosionan la superficie del hielo e impiden la acumulación. Ese proceso de desestabilización facilita el desprendimiento de bloques de hielo de las rocas que los sostienen, lo que incrementa directamente la frecuencia de avalanchas y la peligrosidad de las rutas de alta montaña.
Seis décadas de retroceso
El Perú posee el mayor sistema de glaciares tropicales del mundo, pero su extensión se ha reducido de forma sostenida. En los últimos 60 años, el país perdió más del 42% de su superficie glaciar, lo que equivale a cerca de 700 kilómetros cuadrados de hielo, según datos del Inaigem. La región de Áncash, donde se ubica el Huascarán, figura entre las más afectadas junto con Cusco.
El deshielo acelerado no solo transforma el paisaje andino: también incrementa la formación de lagunas glaciares y eleva el riesgo de inundaciones repentinas conocidas como GLOF (del inglés Glacial Lake Outburst Flood), que pueden liberar de forma súbita enormes volúmenes de agua, lodo y rocas sobre poblados e infraestructura ubicados aguas abajo. Ante ese escenario, el Inaigem inauguró en mayo de 2026 el Centro Nacional de Monitoreo de Glaciares y Ecosistemas de Montaña, desde donde supervisa en tiempo real lagunas de alto riesgo como Palcacocha, en Áncash.
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Un gigante de hielo que cambia día a día
El cambio climático altera la dinámica de los glaciares tropicales peruanos a una velocidad que los científicos registran año a año. El Huascarán es el caso más visible de ese proceso: un macizo de hielo cuyo comportamiento ya no responde a los patrones históricos que guiaban a los montañistas. Las rutas que durante décadas se consideraron seguras en determinadas épocas del año presentan hoy condiciones variables e impredecibles.
El monitoreo científico permanente se vuelve, en ese contexto, una herramienta indispensable. Las operaciones de búsqueda de Ugarte, Salas Gaytán y Mendoza continúan con apoyo de comunicación satelital y coordinación entre la municipalidad, la FAP y los equipos especializados de rescate en alta montaña.