América Latina parece estar atravesando un nuevo ciclo político. Después de varios años marcados por el avance de gobiernos de izquierda o progresistas, una parte importante de la región ha comenzado a mirar nuevamente hacia opciones de derecha, centroderecha o liderazgos más duros frente a temas como la inseguridad, la economía, la corrupción y el desgaste de los partidos tradicionales.
No se trata de un fenómeno aislado ni necesariamente ideológico en sentido puro. En muchos casos, más que un respaldo convencido a una doctrina política, lo que se observa es una reacción ciudadana frente al desencanto. La gente vota por el cambio cuando siente que el modelo anterior no resolvió sus problemas cotidianos: empleo, costo de vida, seguridad, servicios públicos, estabilidad institucional y confianza en las autoridades.
Brasil fue uno de los primeros grandes ejemplos de ese viraje. Tras los años del Partido de los Trabajadores, el desgaste político, los escándalos de corrupción y la crisis económica abrieron el camino para la llegada de Jair Bolsonaro al poder. Aunque luego Luiz Inácio Lula da Silva regresó a la presidencia, el episodio mostró que incluso los proyectos políticos más consolidados pueden perder respaldo cuando la ciudadanía percibe agotamiento, crisis o falta de respuestas.
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En Argentina, el giro fue mucho más contundente. Javier Milei llegó al poder con un discurso frontal contra la clase política tradicional y contra el modelo económico que, para muchos argentinos, había fracasado en controlar la inflación, ordenar el Estado y recuperar la confianza. Su triunfo no solo representó un cambio de gobierno, sino una señal de hartazgo frente a décadas de promesas incumplidas.
Ecuador también se movió hacia una opción de derecha con Daniel Noboa, en un contexto marcado por la inseguridad, el crimen organizado y la demanda de mayor orden. En Chile, después del fuerte impulso progresista que acompañó a Gabriel Boric, el país entró en un proceso de corrección política, con una derecha fortalecida y un electorado más preocupado por seguridad, migración y estabilidad que terminó eligiendo a José Antonio Kast. En Colombia, el desgaste del gobierno de Gustavo Petro también ha abierto espacio para que una candidatura de derecha llegue fortalecida a la etapa decisiva.
El patrón parece repetirse: cuando los gobiernos no logran responder a las urgencias ciudadanas, el votante busca una alternativa. A veces gira a la izquierda; otras, a la derecha. Lo que manda no siempre es la ideología, sino la expectativa de que alguien distinto pueda poner orden, reactivar la economía o devolver sensación de rumbo.
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En ese contexto, Perú podría estar ingresando a una etapa similar. Tras el gobierno de Pedro Castillo, elegido con una propuesta de izquierda, y la posterior administración de Dina Boluarte, surgida de esa misma fórmula electoral, el país llega a una segunda vuelta extremadamente ajustada, marcada por la polarización, la crisis política y el cansancio ciudadano.
Keiko Fujimori, representante de Fuerza Popular, aparece parcialmente por delante de Roberto Sánchez en el conteo, impulsada especialmente por el voto del exterior. Aunque el resultado sigue siendo preliminar y aún deben resolverse actas observadas, algunos sectores ya interpretan esta tendencia como una posible señal de giro hacia la derecha.
La pregunta es si se trata de una adhesión plena al fujimorismo o, más bien, de un voto de reacción frente a años de inestabilidad, confrontación política y frustración social. Esa diferencia será clave para entender el eventual mandato que recibiría Fujimori si finalmente es proclamada presidenta.
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Por ahora, nada está cerrado. Perú sigue a la espera de la decisión final de los organismos electorales. Pero una cosa parece clara: si Keiko Fujimori termina ganando, su triunfo no solo tendría impacto nacional. También podría leerse como parte de una corriente regional más amplia, en la que América Latina vuelve a inclinarse hacia opciones de derecha en busca de orden, estabilidad y nuevas respuestas a viejos problemas.