Ni negacionismo ni prohibiciones: ciencia y pesca responsable

El verdadero desafío no es prohibir ni negar sino construir un modelo productivo que reconozca el cambio climático y lo asuma con responsabilidad

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La discusión ambiental actual se ha convertido en un terreno de extremos que afectan directamente a la pesca y al mundo marítimo. Mientras unos niegan el cambio climático y sus impactos sobre los océanos, otros plantean prohibiciones absolutas que desconocen la importancia de la actividad pesquera para la seguridad alimentaria y el equilibrio ecológico. En medio de esa tensión surge la necesidad de una transición racional que reconozca los riesgos del calentamiento global y al mismo tiempo valore el papel de la pesca regulada como parte de la solución.

François Gerlotto en ¿Cataclismo o transición? La ecología entre la espada y la pared advierte que la humanidad enfrenta un episodio sin precedentes, marcado por la introducción masiva de contaminantes y gases de efecto invernadero en la atmósfera. Su reflexión es puntual al señalar que, o avanzamos hacia un modelo de transición racional o nos precipitamos hacia el colapso. Esa advertencia se vuelve especialmente relevante cuando observamos decisiones políticas que han debilitado la capacidad de anticipar fenómenos climáticos. La retirada de sistemas de monitoreo en el Pacífico durante la administración de Donald Trump es un ejemplo de cómo el negacionismo político puede dejar a sectores estratégicos sin información vital, exponiendo a la pesca y la agricultura a riesgos que podrían devastar producción, empleo y seguridad alimentaria.

En el otro extremo aparece el catastrofismo radical representado por Paul Watson y la organización Sea Shepherd (entre otros) que han sostenido la necesidad de cerrar de manera indefinida todas las pesquerías del mundo. Esa visión desconoce que existen casos exitosos de manejo sostenible como la anchoveta peruana, donde la pesca industrial regulada ha demostrado ser compatible con la conservación y con la seguridad alimentaria. Presentar la agricultura y la ganadería como sustitutos de la pesca es un error grave. La ganadería es una de las principales fuentes de metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el dióxido de carbono, mientras que la agricultura intensiva depende de pesticidas y fertilizantes que contaminan suelos y aguas. La pesca en cambio no requiere de esos insumos y su huella ecológica es considerablemente menor, lo que la convierte en una alternativa más eficiente y sostenible, pero ello no lo dice, porque las propuestas catastrofistas, como en el caso de las negacionistas, están fuertemente impregnadas de ideología.

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En un país como el Perú prohibir la pesca sería un error ambiental y económico. La presión se trasladaría a la Amazonía para abrir campos de cultivo con deforestación masiva y pérdida de biodiversidad. Las irrigaciones en la costa son costosas y lentas de implementar, lo que haría inviable reemplazar la proteína pesquera con agricultura intensiva. La pesca regulada en cambio ofrece proteína de alta calidad con baja huella ambiental y constituye un pilar de nuestra seguridad alimentaria y económica.

La ortodoxia económica ha sostenido la idea de un crecimiento perpetuo que ignora las externalidades ambientales y sociales. Las propuestas de una economía verde suelen quedarse en un barniz de sostenibilidad que no cuestiona los impactos de fondo. Frente a ello la ecología política plantea principios sólidos. La Declaración de Estocolmo de 1972 afirmó que el hombre es criatura y creador de su entorno y que tiene la responsabilidad de transformarlo sin destruir las condiciones de vida. Esa visión obliga a colocar la ciencia y la ética en el centro de las decisiones económicas.

El verdadero desafío no es prohibir ni negar sino construir un modelo productivo que reconozca el cambio climático y lo asuma con responsabilidad. La industria pesquera lejos de ser enemiga de la ecología es parte de la solución. Genera empleo, divisas y proteína con una huella ambiental reducida. Apostar por ella es apostar por la transición y no por el cataclismo.

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No se trata de negar el cambio climático ni de prohibir la pesca, sino de gestionarla con ciencia y responsabilidad. Bien administrada, la pesca asegura proteína de calidad, empleo y estabilidad económica, y se convierte en una herramienta concreta para enfrentar los desafíos que ya vivimos.