A mi generación le repiten con frecuencia que es “el futuro del país”. Pero en estas elecciones esa frase ya no alcanza. Los jóvenes no somos una promesa lejana: somos una fuerza decisiva del presente. Hoy, cerca de 7 millones de peruanos entre 18 y 29 años están habilitados para votar, es decir, uno de cada cuatro electores del país. Y, dentro de ese grupo, 2,5 millones votaron por primera vez. No hablamos, entonces, de una voz periférica, sino de un actor con capacidad real de definir el rumbo y futuro del Perú.
Pero el voto joven no puede leerse como un bloque uniforme. El Perú no se explica desde una sola realidad. Las prioridades, urgencias y esperanzas de un joven en Lima no son idénticas a las de uno en la Amazonía, en la sierra o en una ciudad intermedia. Justamente por eso, hablar del voto joven exige una mirada más amplia y consciente de la diversidad del país.
Y, aun en medio del malestar que muchos sienten frente a la política actual, hay una señal esperanzadora. Según estudios de IPSOS, 7 de cada 10 jóvenes se muestran optimistas frente a las elecciones y cree que su voto puede mejorar el país; e igualmente Arellano Consultoría señala que el 66% de jóvenes considera que su voto influye en el futuro del Perú. Ese dato importa, porque demuestra que todavía existe una reserva de confianza democrática en una generación que, pese al cansancio, no ha renunciado a participar. El reto, entonces, no es solo votar, sino hacerlo con información, criterio y sentido de responsabilidad.
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Por eso no deberíamos romantizar el voto nulo o viciado. En momentos de frustración puede parecer un gesto de rebeldía, pero casi nunca se convierte en una solución. Más bien, suele ser una forma de cederles a otros una decisión que también nos pertenece, porque la realidad es que igualmente habrá un ganador, lo único que eso demuestra es falta de responsabilidad. Y en un país que necesita reconstruir confianza, retirarse no fortalece la democracia: la debilita y tiene consecuencias.
Mi generación no solo debe pedir más, sino que debe comprometerse y proponer soluciones para mejorar nuestro país. Debemos involucrarnos e impulsar que se fortalezca la educación cívica en colegios, institutos y universidades para votar con pensamiento crítico y defendernos de la desinformación. Defender la inversión privada que genera empleo y desarrollo, exigir una ruta nacional de primer empleo descentralizado, promover la educación superior tecnológica de calidad. Y necesitamos más espacios de participación juvenil, vigilancia ciudadana y ciudadanía digital activa. Para no aparecer solo en campaña, sino también involucrarnos y sumar en las decisiones de manera permanente. Porque el voto joven no debería moverse por el resentimiento ni por el odio, sino por propósito, conciencia y responsabilidad.
El país no necesita una juventud perfecta, necesita una juventud presente. Una que no anule su voz por cansancio, que no desprecie el voto ajeno y que entienda que elegir con responsabilidad también es una forma de cuidar al Perú. No necesitamos un voto perfecto. Necesitamos un voto responsable. Porque anularlo no castiga al futuro: nos resta poder para construirlo.
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