El 20 de mayo se conmemoró el Día Mundial de las Abejas. Para muchos, una fecha simbólica y sin importancia dentro del calendario internacional.
Pero quizás deberíamos empezar a verla de otra manera. Porque las abejas no son solamente biodiversidad. Son una muestra de cómo la naturaleza funciona a escala como infraestructura crítica. Y probablemente una de las infraestructuras más importantes que sostiene silenciosamente la economía global.
El problema es que seguimos pensando la infraestructura como algo construido exclusivamente por humanos: carreteras, puertos, represas, redes eléctricas, satélites o centros de datos.
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Sin embargo, gran parte de la estabilidad material de nuestras sociedades depende de sistemas biológicos que nunca fueron reconocidos institucionalmente como tales.
Los polinizadores son uno de los ejemplos más claros. Más del 75% de los cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos parcialmente, de la polinización. Frutas, café, cacao, almendras, tomates, semillas, aceites y decenas de cadenas agroalimentarias existen gracias a un proceso ecológico que ocurre todos los días sin facturación, sin contratos y sin ministerios que lo administren.
Hasta que empieza a colapsar. Y entonces descubrimos algo incómodo: la economía moderna descansa sobre infraestructuras vivas que nunca incorporamos realmente en nuestros sistemas de planificación, inversión o seguridad estratégica.
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Durante décadas tratamos a los ecosistemas como externalidades. Como paisaje. Como “naturaleza”. Pero la naturaleza no es el contexto de la economía. Es la condición que hace posible la economía.
Regresemos al ejemplo de las abejas, estas no son únicamente insectos. Son parte de una red biológica que sostiene productividad agrícola, estabilidad alimentaria, resiliencia territorial y cadenas globales de suministro.
Sin polinizadores, no solamente perdemos especies. Perdemos capacidad productiva. Aumentan los precios. Se deteriora la seguridad alimentaria. Crece la vulnerabilidad fiscal de regiones agrícolas enteras. El riesgo ya no es ecológico. Es sistémico.
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Y ahí aparece uno de los grandes errores conceptuales de nuestro tiempo: seguimos invirtiendo trillones en infraestructura gris mientras degradamos las infraestructuras ecológicas que sostienen las condiciones mínimas de estabilidad para que esa infraestructura funcione.
No existe ciudad inteligente en un territorio ecológicamente colapsado. No existe seguridad alimentaria sin polinizadores. No existe resiliencia económica en sistemas que destruyen las bases biofísicas de su propia productividad.
El Día Mundial de las Abejas no debería ser únicamente una fecha de concientización ambiental. Debería funcionar como una alerta de estabilidad estratégica.
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Porque las abejas revelan algo mucho más profundo: el siglo XXI obligará a redefinir qué entendemos por infraestructura crítica.
Y eso implica cambiar también cómo medimos riesgo, cómo diseñamos política pública y cómo asignamos capital.
Quizás el desafío más importante de nuestra generación no sea solamente construir nuevas infraestructuras. Sino aprender a reconocer las que ya existían antes que nosotros.
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