La inteligencia artificial ya no es una novedad. Hoy forma parte de la rutina de los peruanos y, cada vez más, se ha convertido en un aliado para gestionar su dinero. De hecho, según el más reciente estudio de Experian Perú, “Percepción y uso de la Inteligencia Artificial en decisiones financieras”, el 72 % de las personas ha utilizado en el último año servicios financieros que incorporan IA, y el 74 % percibe mejoras en su experiencia gracias a estas tecnologías.
Las cifras son reveladoras: no solo hablan de alcance (7 de cada 10 ya la han usado), sino también de valor percibido (casi 3 de cada 4 sienten una mejora). En otras palabras, la conversación ya no gira en torno a si la IA “llegará” a las finanzas, sino a qué tan útil, clara y confiable resulta en la práctica.
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Pero ¿para qué se está usando realmente en el país? En la práctica, estas herramientas ya cumplen funciones concretas: simplifican trámites, aceleran decisiones y, sobre todo, ayudan a comprender mejor la información financiera. El estudio también muestra que el 45 % de los usuarios valora su capacidad para explicar mejor sus finanzas y el 44 % destaca su aporte para agilizar procesos.
Esto abre un cambio importante: la IA ya no es solo eficiencia, también es comprensión. Permite que las personas accedan a productos, pero, además, que tengan mayor claridad sobre su situación, reciban recomendaciones más personalizadas y puedan decidir con mejor información sobre su perfil financiero.
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Además, este avance también está elevando el estándar. A medida que la tecnología simplifica la experiencia crediticia, los usuarios se vuelven más exigentes. Hoy esperan productos que se adapten a sus necesidades (40 %), pero también mayor transparencia sobre cómo se toman las decisiones (38 %). Es decir, no basta con que el crédito sea rápido; debe ser comprensible.
Este punto marca un cambio clave en el usuario. Ya no se trata solo de acceso, sino de entendimiento. Las personas quieren saber qué datos se utilizan, cómo se evalúa su perfil y qué factores influyen en una decisión crediticia.
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En ese contexto, la inteligencia artificial cumple un rol particular. No reemplaza al criterio humano; por el contrario: lo complementa. De hecho, seis de cada diez personas confían en estas herramientas, pero las combinan con su propio juicio. Esto muestra que la tecnología es vista como un apoyo para decidir mejor, no como quien decide por nosotros.
Sin embargo, esa confianza no es uniforme. Tiende a ser más alta cuando la IA se aplica en procesos como la evaluación crediticia, en que se percibe mayor objetividad, y más baja cuando entra al terreno de las finanzas personales, que exige contexto y criterio. Esta brecha revela una oportunidad: si la tecnología avanza rápido, la educación financiera debe fortalecerse para que las personas puedan comprender y tomar decisiones al mismo ritmo.
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Ese es el reto de fondo. La IA ya está transformando el crédito, haciéndolo más ágil, accesible y personalizado, pero su impacto será realmente positivo solo si viene acompañado de claridad. Un usuario más informado no solo busca rapidez: quiere entender qué se evalúa, por qué y con qué datos. Por eso, impulsar la educación financiera es clave y urgente: es lo que permitirá aprovechar estas herramientas con criterio, exigir transparencia y construir un sistema más confiable, inclusivo y centrado en las personas.