Durante buena parte del siglo pasado, el valor de una empresa podía explicarse recorriendo sus instalaciones. Maquinaria, equipos, inventarios, inmuebles y terrenos no solo sostenían la operación, sino que también explicaban la mayor parte de su valor económico. El estado de situación financiera (balance general) era, con todas sus limitaciones, un reflejo razonable de la empresa real y, muchas veces, de su valor. Hoy, esa relación se ha invertido. En las principales economías del mundo, cerca del 90 % del valor de mercado de las grandes empresas está respaldado por activos intangibles que, en general, no están registrados en sus estados financieros. Esta transformación no es una distorsión del mercado ni una burbuja generalizada; es la consecuencia directa del paso de una economía industrial a una economía basada en conocimiento, datos, marcas y escalabilidad.
El mercado no paga principalmente por lo que una empresa posee, sino por los flujos de caja que es capaz de generar en el futuro. Y esa capacidad reside cada vez más en los activos intangibles, activos mucho más difíciles de imitar que los tangibles, para los que básicamente necesitas dinero. Este fenómeno no es exclusivo de Silicon Valley ni de las grandes tecnológicas globales. En América Latina, y particularmente en el Perú, se observa con creciente claridad. Empresas que, en términos contables, parecen intensivas en activos tradicionales, esconden en realidad gran parte de su valor en intangibles económicos que no figuran en su estado de situación financiera.
Tomemos el caso del Banco BCP, cuyo mayor valor reside en la fortaleza de la marca, la confianza del cliente, la calidad del gobierno corporativo, la capacidad digital y la profundidad de la relación con millones de usuarios. Ese valor no aparece contablemente, pero explica gran parte de su valor de mercado. Algo similar ocurre en el sector de consumo masivo. Empresas como Alicorp poseen plantas, inventarios y logística, pero su verdadero activo estratégico es la combinación de marcas líderes, conocimiento del consumidor, canales de distribución y capacidad de adaptación a distintos mercados de la región.
En el ámbito regional, el patrón se repite. Mercado Libre, por ejemplo, no vale por sus centros de distribución, que son importantes, sino por su ecosistema: la red de usuarios, la data, la logística integrada, los efectos de red y su plataforma financiera. Nubank, con una estructura física mínima frente a la banca tradicional, concentra su valor en tecnología, experiencia de usuario y confianza. En los dos últimos casos, el mayor porcentaje del valor económico no está en los activos físicos, sino en intangibles que permiten escalar con costos marginales decrecientes.
Todas estas empresas comparten intangibles como la capacidad de sus gerentes y de su capital humano de ofrecer resultados. Nuevamente, estos son cruciales para generar flujos de caja futuros, pero no aparecen en su contabilidad.
De manera general, este cambio ha dejado obsoleta la idea de que el estado de situación financiera explica por sí solo el valor de una empresa. Las normas contables reconocen intangibles solo cuando han sido adquiridos, no cuando han sido desarrollados internamente. Así, una empresa puede invertir durante años en construir reputación, marca, talento, cultura organizacional o capacidades digitales sin que ello tenga reflejo directo en sus estados financieros. El mercado, en cambio, no valora el pasado, sino las expectativas de generación de caja futura. Y los intangibles tienen una característica decisiva: permiten retornos persistentemente superiores al costo de capital. En sectores intensivos en conocimiento, la ventaja competitiva no se erosiona al mismo ritmo que en la economía industrial. Cuando existen marca, data, escala o efectos de red, los retornos tienden a concentrarse.
Sin embargo, este nuevo modelo de creación de valor también implica un alto riesgo. Los intangibles son poderosos, pero frágiles. Existe el efecto red positivo, pero también el negativo. La reputación puede destruirse en semanas, el talento puede fugar, la regulación puede alterar modelos completos y la tecnología puede volver obsoleta una ventaja que parecía sólida. A diferencia de una planta industrial, que conserva valor de liquidación, muchos intangibles solo existen mientras la empresa mantiene la confianza del mercado y la coherencia estratégica. Esto explica por qué las empresas intensivas en intangibles suelen ser más volátiles. Su valor no está anclado en activos que puedan venderse, sino en expectativas que pueden cambiar rápidamente. El mercado premia la ejecución consistente, pero castiga con la misma velocidad los errores estratégicos.
Esta realidad exige una evolución del proceso de valorización de una empresa. Hoy, más que nunca, los estados financieros siguen siendo necesarios, pero no son suficientes. Entender una empresa implica evaluar su modelo de negocio, la sostenibilidad de su ventaja competitiva, la calidad de la gerencia y la solidez de su gobernanza. Conceptos que antes se consideraban “blandos” se han convertido en variables duras de valoración.
Para empresarios y directorios, el desafío es aún mayor. Gestionar intangibles requiere visión de largo plazo y disciplina estratégica. Invertir en talento, cultura, marca o innovación no siempre mejora el resultado trimestral, pero define la capacidad futura de generar flujos de caja y, con ello, la creación de valor en el tiempo. La paradoja es que aquello que más valor genera es, muchas veces, lo primero que se sacrifica cuando se prioriza el corto plazo.
Hoy, los activos más importantes de una empresa no siempre están en su contabilidad, sino en su capacidad de aprender, adaptarse y sostener ventajas que otros no pueden copiar fácilmente. La contabilidad sigue contando la historia del pasado. El mercado, con todos sus fallos, excesos e imperfecciones, intenta anticipar el futuro.
Para un valorizador profesional, este enfoque es clave, porque el valor de una empresa ya no se explica principalmente por sus activos contables, sino por su capacidad de generar flujos de caja futuros sustentados en intangibles no reconocidos en los estados financieros. Ignorar marcas, ventajas competitivas, calidad de la gestión, talento o efectos de red conduce a valoraciones incompletas o erróneas. La labor del valorizador consiste precisamente en traducir esos intangibles económicos en supuestos financieros coherentes, entendiendo que el mercado valora expectativas de desempeño futuro y no solo la fotografía contable del pasado. Esto pasa por entender primero el modelo de negocio.