La presencia del cocodrilo de Tumbes en las cuencas de los ríos Tumbes y Zarumilla representa un símbolo de identidad y, al mismo tiempo, un indicador de la buena salud de los ecosistemas acuáticos en el norte peruano. Este reptil de gran tamaño logró sobrevivir gracias a una combinación de esfuerzos estatales, iniciativas de conservación y el compromiso constante de quienes trabajan para protegerlo. El futuro de esta especie depende tanto de la gestión profesional como de la dedicación cotidiana de personas y comunidades.
El cocodrilo de Tumbes (Crocodylus acutus) puede alcanzar hasta seis metros de longitud. Su cuerpo muestra un color grisáceo con manchas oscuras, vientre claro y liso, y una cola musculosa que, junto al hocico y los dientes afilados, le otorgan una presencia formidable. Adaptado a temperaturas elevadas, este animal ectotérmico regula su temperatura corporal sumergiéndose en el agua o abriendo la boca para liberar el calor.
Durante décadas, la caza ilegal motivada por el alto valor de la piel, carne y huesos del cocodrilo de Tumbes redujo de manera drástica sus poblaciones, colocándolo bajo la amenaza de extinción. Ante esta crítica situación, organismos como el Fondo Nacional de Desarrollo Pesquero (Fondepes) y el Organismo de Supervisión de los Recursos Forestales y de Fauna Silvestre (Osinfor) desplegaron estrategias de protección y manejo, que hoy permiten vislumbrar una recuperación para la especie.
Conservación activa en Villa Puerto Pizarro
En el centro poblado Villa Puerto Pizarro, el centro de conservación de fauna silvestre funciona como refugio para la especie. Allí, bajo los algarrobos y el murmullo de las garzas, se desarrolla una tarea silenciosa y constante. Flavio Saldarriaga, responsable del Centro de Conservación para el Cocodrilo de Tumbes de Fondepes, recorre a diario las instalaciones: “Este lugar nació para conservar una especie emblemática que existe solo en el norte del país. El objetivo siempre fue claro: evitar su extinción y asegurar su perpetuidad en el tiempo”, afirmó Saldarriaga mientras observaba a los cocodrilos junto al estanque.
El inicio del proyecto requirió meses de exploración por ríos y manglares para ubicar ejemplares destinados al rescate y la reproducción en cautiverio. Gracias al acompañamiento técnico del Osinfor, el centro acoge actualmente más de 320 cocodrilos, entre juveniles y los primeros ejemplares reproductores hallados a finales de los 90. Cada uno refleja el resultado de un esfuerzo sostenido por preservar la biodiversidad del norte peruano.
La experiencia acumulada permitió definir técnicas y pautas para la crianza en condiciones controladas. Este conocimiento se consolidó en el Protocolo de crianza del cocodrilo de Tumbes en cautiverio, elaborado por Fondepes, que actualmente orienta las acciones de conservación en el ámbito nacional.
Historias de quienes cuidan a la especie
El trabajo diario en el centro depende de la dedicación de personas como José Jacinto Morales, cuidador con veintiocho años de experiencia. Su rutina empieza antes del amanecer, revisa pozas, prepara el alimento y traslada cocodrilos para evaluaciones veterinarias. Morales describió: “Yo los he visto crecer. Cada uno tiene su carácter. Algunos son más tranquilos, otros se molestan si te acercas mucho. Pero si los conoces, aprendes a respetarlos. Los animales ya nos reconocen, saben quién los cuida y quién los alimenta. Me siento muy feliz de contribuir a la recuperación de esta especie en peligro de extinción”.
La labor de Jacinto se ha extendido a su hijo Miguel, quien realiza tareas como la limpieza de corrales, alimentación de los ejemplares más grandes y la atención de visitantes. Ambos mantienen un vínculo especial con Godzilla, un cocodrilo de 3,50 metros y 300 kilogramos, uno de los primeros nacidos en cautiverio en el centro: “A Godzilla lo vi nacer, era de 30 centímetros y ahora mide más de 3 metros. Es el más desarrollado, el más grande de todos, dominante en su poza, pero también el cocodrilo más noble”, relató Jacinto.
El centro no solo se enfoca en la crianza, sino que también facilita recorridos guiados donde escolares, universitarios y turistas conocen el valor ecológico del cocodrilo de Tumbes, un depredador clave para el equilibrio de los ecosistemas costeros. Más de 60.000 visitantes nacionales e internacionales asisten cada año, lo que impulsa la educación ambiental y favorece la economía local mediante el turismo, transporte, alimentación y artesanía. Así, la conservación se integra directamente al desarrollo sostenible de la comunidad.
Reconocimiento y futuro sostenible
La supervisión y acompañamiento técnico del Osinfor resulta esencial para asegurar tanto la legalidad como la sostenibilidad del manejo de la fauna silvestre. El cumplimiento de los protocolos es verificado en cada visita: desde la alimentación hasta la reproducción, todo responde al plan de manejo aprobado. El informe de supervisión señala que el centro mantiene instalaciones óptimas, medidas de bioseguridad, limpieza diaria y controles veterinarios periódicos. Este esfuerzo permitió que, en junio de 2025, el centro recibiera su constancia de cumplimiento de obligaciones, reconocimiento oficial que certifica su gestión responsable y fortalece la confianza en el sector.
Fredy Palas Yarcila, coordinador de la oficina desconcentrada del Osinfor en Chiclayo y responsable de la jurisdicción de Tumbes, destacó: “El Osinfor no solo supervisa, también orienta y brinda asistencia técnica para mejorar la gestión del centro. A lo largo de los años hemos emitido recomendaciones que se han implementado con éxito, mejorando la funcionalidad tanto para los cocodrilos como para los visitantes. Ese compromiso con la mejora continua sostuvo la calificación de muy bueno y el reconocimiento oficial”.
Al atardecer en La Tuna Carranza, el centro de conservación se convierte en un espacio donde vida y esperanza confluyen. Los cocodrilos, sumergidos en el agua tibia, encarnan una historia de resistencia y dedicación, consolidando un modelo de conservación que reúne a la comunidad, las instituciones y la naturaleza. La preservación del cocodrilo de Tumbes simboliza el esfuerzo colectivo para mantener el equilibrio de los ecosistemas de la región y proyecta un futuro donde la coexistencia entre humanidad y biodiversidad resulta posible.