Los glaciares andinos se están derritiendo más rápido de lo previsto: el agua de millones en Latinoamérica está en peligro

Investigadores alertan que la cordillera de los Andes ha perdido hasta el 50% de su masa glaciar desde 1970, lo que ya afecta el suministro de agua, la agricultura y la energía en países como Perú, Bolivia y Chile

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Fotografía de archivo que muestra el glaciar Huaytapallana de la Cordillera Blanca en Perú. EFE/Wilmer Castillo

Los Andes siempre fueron un símbolo de fortaleza, una cadena montañosa imponente que sostiene el cielo y nutre la vida en el continente. Sin embargo, bajo su apariencia eterna, algo está cambiando a una velocidad alarmante. De acuerdo con el portal científico Discover Wild Science, el sistema glaciar andino está colapsando: el calor global está derritiendo sus cumbres nevadas, y con ellas desaparecen las reservas naturales de agua dulce que sostienen ciudades enteras. En países como Perú, donde cerca del 80% del agua que llega a Lima proviene de ríos alimentados por glaciares, la crisis ya no es una amenaza futura: es una realidad que se siente cada vez más cerca del grifo.

Durante siglos, los glaciares de la Cordillera de los Andes funcionaron como los “tanques de agua” de Sudamérica. Acumulaban nieve en temporada húmeda y liberaban lentamente el deshielo en los meses secos, garantizando la continuidad de ríos, cultivos y energía hidroeléctrica. Hoy ese equilibrio se está rompiendo. Investigaciones recientes muestran que la cordillera ha perdido hasta el 50% de su masa glaciar desde la década de 1970, y algunos nevados, como el boliviano Chacaltaya, desaparecieron por completo. El retroceso de estas masas de hielo, acelerado por el cambio climático y la contaminación del aire, amenaza con transformar la geografía, la economía y la forma de vida de millones de personas que dependen directa o indirectamente de ellas.

Los glaciares andinos, los “tanques de agua” que se están vaciando

Vista panorámica del Nevado Ishinca, uno de los picos más accesibles de la Cordillera Blanca en Áncash, un destino popular para los montañistas. Foto: Andes Climbing Expeditions

Los glaciares no son solo paisajes turísticos ni postales de montaña: son sistemas vivos que regulan el agua del continente. Funcionan como gigantescas baterías naturales que se “cargan” en invierno y “descargan” durante el verano, garantizando que los ríos no se sequen cuando las lluvias escasean. En la costa peruana, por ejemplo, el 80% del caudal que abastece a Lima proviene del deshielo de los glaciares de la Cordillera Blanca y la Cordillera Central. Sin ellos, las ciudades enfrentarían una crisis hídrica irreversible.

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La situación se repite en toda la región. En Chile, el río Maipo —que alimenta Santiago— ha visto caer su caudal en los últimos años, mientras que en Bolivia, la capital La Paz ya sufre cortes intermitentes de agua debido al colapso de los glaciares que la abastecen. Discover Wild Science advierte que incluso países con abundantes fuentes superficiales están experimentando sequías más prolongadas y menor disponibilidad de agua dulce durante los meses secos. La pérdida de hielo andino no solo pone en riesgo el consumo humano, sino también la agricultura y la energía hidroeléctrica, pilares fundamentales de la economía regional.

La crisis tiene múltiples causas: el aumento de la temperatura media en la cordillera —que se duplica respecto al promedio mundial, con incrementos de hasta 0,5 °C por década—, el hollín y polvo depositado en el hielo que acelera su derretimiento, y los efectos del fenómeno El Niño, que intensifica los periodos secos y calurosos. Estos factores han convertido los antiguos glaciares blancos en superficies grises, irregulares y quebradizas. Según los especialistas, aunque el mundo dejara de emitir carbono hoy mismo, los glaciares seguirían retrocediendo durante varias décadas más por el calor acumulado en la atmósfera.

Ciudades, cultivos y energía en riesgo: el precio del deshielo

Perú enfrenta una realidad preocupante: más del 58% de su población se verá afectada por la escasez de agua en apenas una década. - Composición Infobae Perú

El impacto del retroceso glaciar va más allá de las montañas. En las zonas urbanas, la escasez de agua ya golpea con fuerza. En Lima, cada año se reportan más zonas con restricciones en el servicio durante los meses secos. En La Paz, muchas familias recolectan agua de lluvia o dependen de camiones cisterna para sobrevivir. Estas carencias, sumadas a la presión demográfica, anticipan un futuro donde el agua podría convertirse en un recurso tan valioso como el oro.

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El sector agrícola es otro de los grandes damnificados. Las comunidades campesinas de los valles andinos, que por generaciones cultivaron papa, maíz o quinua, dependen de los riachuelos que bajan de los glaciares. A medida que el caudal disminuye, las cosechas se reducen y las familias se ven obligadas a migrar hacia las ciudades. Naciones Unidas ya clasifica a muchos de ellos como “migrantes climáticos”, desplazados por la falta de agua. Este fenómeno, silencioso pero constante, está cambiando la demografía de regiones enteras en los Andes peruanos, bolivianos y ecuatorianos.

El problema también alcanza a la energía eléctrica. Más del 50% de la electricidad de Sudamérica proviene de represas hidroeléctricas que dependen de ríos alimentados por glaciares. Cuando esos ríos se debilitan, se incrementa el riesgo de apagones y encarecimiento de la energía, como ya ocurrió en Ecuador y Perú durante los últimos años secos. La desaparición del hielo no solo amenaza la seguridad hídrica, sino también la estabilidad energética y alimentaria del continente.

Aun así, en medio de la crisis, surgen iniciativas de adaptación. En regiones de Cusco y Ancash, comunidades locales y científicos han comenzado a construir “glaciares artificiales” —estructuras de hielo llamadas ice stupas— para almacenar agua de invierno y liberarla en verano. Estas soluciones, junto a la reforestación y la siembra de agua con lagunas altoandinas, representan una esperanza para mitigar los efectos del cambio climático. Sin embargo, los expertos advierten que, sin una reducción global de emisiones, los esfuerzos locales no bastarán.

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