Venezuela y Argentina son las grandes perdedoras de Latinoamérica. Y no son las grandes perdedoras porque los demás países de la región resulten ganadores, sino porque ellas habrían perdido más.
De la Venezuela actual podemos destacar algo, nítidamente. En la historia del planeta con cifras, nadie ha caído tanto, desde tan alto. Usando las cifras de las bases de World Development Indicators del Banco Mundial (hasta que dejaron de publicarse a fines de la década pasada) y del Data Mapper del Fondo Monetario Internacional (desde entonces), merece subrayarse que Venezuela fue la única nación sudamericana que -entre 1960 y 2023- se acercó significativamente al estándar de nación desarrollada. Así, en 1960, su producto por persona en dólares constantes equivalía al 65.1% del estadounidense. Lo que vino después fue un desastre. Un salto al mayor subdesarrollo.
Actualmente, el aludido ratio del producto por persona venezolano bordea el 6.8% Con el chavismo hoy, un venezolano vive tan pauperizado como un boliviano. En seis décadas Venezuela rompió récords. Redujo su producto relativo por persona en 58.3%. Paralelamente, Su PBI, como porción del PBI mundial, se comprimió siete veces (de 0.7% a 0.1%). Hoy económicamente produce tanto como un paraje casi abandonado. Y es que, mientras el planeta habría incrementado su tamaño en 743.5% en dólares constantes, la Venezuela de Pérez y Chávez apenas lo hizo en 61.3%.
La otra nación que lidera esta competencia de retrocesos regionales es la Argentina. Si bien el PBI por persona rioplatense persiste por encima del promedio regional y bordea el 20.0% -del índice similar estadounidense- a inicios de los sesenta era una de las naciones llamadas ricas en la región. Desafortunadamente, su retroceso fue lento, pero severo. Desde 1960, su desarrollo relativo se redujo en casi diecinueve puntos porcentuales.
Como era predecible, su porción del PBI mundial se habría comprimido desde 1.4%, a apenas un 0.6% este año. Nótese que en estas seis décadas Brasil -hoy no precisamente una potencia global- creció al 927.1%, mientras que la Argentina lo hizo tres veces menos.
Toda esta parafernalia de cifras, buscó enfocar la magnitud de los declives, nada gratuitamente. Hacerlo nos deja el entregable de que sería un tremendo error -para argentinos o venezolanos, pero también para cualquier otra plaza latinoamericana- obviar lo que pasó y -sobre todo- no preguntarnos qué veneno económico usaron.
En esta parte del artículo haremos dos cosas, por razones de espacio. Me concentraré en el caso argentino. Después de todo, hasta el más ofuscado de los analistas comprenderá que ambas naciones han aplicado -con intensidades variopintas- la misma toxina ideológica.
Notemos que la toxina aplicada implica asumir que sus pueblos son pobres porque son alienables. Que resulta fundamental, indiscutible y hasta una práctica inhumana -o de mal gusto- no oprimir. Que siempre existe un déficit de Estado, que la regulación resulta necesaria sino crucial y que la libertad es algo negociable. La toxina implica marxismo, puro e impuro. En la tierra de Borges se aplica desde el gobierno vía la inoculación de prácticas socialistas y/o mercantilistas (con los Perón, Menen, De la Rúa, Alfonsín o cierta fachosa millonaria platense).
Pero ¿cómo va a ser esto así con la disimilitud de retóricas afiebradas que se han desparramado desde la casa rosada, década tras década? Bueno, pues, también en la Argentina, la cosa política es más simple de lo que se cree. Ignoremos los discursos y evaluemos los hechos. En una discusión estrictamente epistémica, los marxismos implican -siempre y solamente- diferentes grados de Opresión, Política y Económica.
Sin alta opresión, solo hablamos de liberales, de diferentes espectros. Y esto en la argentina -como en el resto de la región- configuran efímeros errores estadísticos.
En el caso argentino, el punto de partida implica el elemento destructor del capitalismo por excelencia -según Lenin (la inflación)- e implicó un Banco de la República Argentina gobernado por ideas keynesiano bastardas, mercantilistas o socialistas. Un ambiente donde sucesivos intentos de suicidio inflacionario destruyeron los ahorros y competitividades argentinas (ver Receta A).
Dentro de esta receta nada es casual que el gobierno oprima -regule y gaste hiperactivamente- así como que una definición ad hoc de democracia (deshaciéndose de cualquier pretensión de separación de poderes) configure un régimen de comando (Ver Receta B). No es fortuito que la Corrupción Burocrática se asocie al tamaño del botín (escala del Gasto Estatal) y a la contracción efectiva de libertades políticas y derechos civiles. Observemos a través del gráfico como el control de la corrupción burocrática se da cortejando, deteriorados, estimados de calidad regulatoria y de respeto a la separación de poderes.
¿Pero como pudo ser posible que un pueblo tolere retrocesos económicos profundos y continuados? ¿Cómo -gradualmente- los electores y los empresarios se hacen adictos a las prebendas? Aquí recordemos como tampoco fue casualidad lo sucedido en Cuba o Venezuela. Los empresarios se adaptan y los electores toleran recibir menos libertades y dádivas, o migran. Esta parte de la receta va acompañada de un marketing político impecable.
Las raciones que la burocracia finalmente puede ofertar implican pensiones exiguas (etiquetadas como justas); servicios estatales racionados (etiquetados como tarifas sociales), etc.
En la Argentina el cuarto elemento de esta receta ha sido compartido por gobiernos, de todos los discursos, desde los sesenta. Esto, mientras el país se comprime en medio de devaluaciones, crisis financieras, longevos periodos inflacionarios, reformas a medias y fases de pronunciado ajuste macroeconómico y siempre postergados ajustes institucionales.
Después de todo tácitamente se asume que la libertad no es ella misma, sino -como sostenía Marx- es la conciencia de sus necesidades.
Un declive de seis décadas alimenta mutaciones sociales. Es difícil de esconder que los resultados electorales del 13 de agosto pasado implicaron un punto de alta frustración social. De estos que Cuba o Venezuela registran -e ignoran- regularmente.
Por otro lado, un candidato frontal y popular como el economista Javier Milei implica per se interrogantes. A pesar del destacado equipo que lo acompaña y el hartazgo popular hacia los marxismos de sus competidores -los escondidos o arraigados y los extremos o tibios-, emergen serias incógnitas. La Argentina no es el Perú ni el Uruguay. Más allá de los retos asociados a resistir meses de un ataque frontal de los intereses globales del Foro de Sao Paulo, de recibir una economía en llamas y de implementar una exitosa reducción de la burocracia, la gestión de vouchers educativos o el paso hacia la plena dolarización ¿De resultar finalmente elegido, será capaz de revertir bases institucionales marxistas, ya arraigadas?
Recordémoslo: todos los vociferantes anteriores se adaptaron. Conciliaron con los justicialistas y -lógicamente- fracasaron. Pasaron a ser otro nuevo miembro de, lo que el mismo Milei hoy denomina, la Casta.