En la Iglesia está viva la Teología de la Ternura

Las enseñanzas de Francisco invitan a priorizar la unidad y el diálogo sobre el conflicto y la confrontación

Monseñor Marcelo Colombo

Los obispos monseñor Horacio García, de San Justo, y Jorge Torres Carbonell, de Laferrere-La Matanza, dicen: “Para no acostumbrarnos a la violencia. Para no naturalizar el descarte. Para volver a poner en el centro la dignidad de todos.”

Recemos juntos. No ignoramos que el título excede el contenido de una breve nota de opinión. En medio de barriadas entre Casanova, Ciudad Evita y La Tablada, donde presidió la misa en honor al papa Francisco el presidente de la CEA de Argentina, monseñor Marcelo Colombo, secundado por los obispos mencionados, otros prelados y una nutrida comitiva de curas villeros encabezados por el padre Nicolás Angellotti, local, y el padre Lorenzo “Toto” de Vedia, de Barracas, más de un millar de vecinos feligreses de las parroquias de estas barriadas y grupos de Barracas y Merlo cantaban a voz en cuello:

Te quiero contar/ Esta gran noticia/ De poder luchar/ Contra la injusticia/ Te quiero pedir/ Que salgas corriendo/ Para ayudar/ Al que está sufriendo.

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La vida como viene Vamos a recibir Y dar al que no tiene Esperanza, la fuerza Para vivir.

Monseñor Marcelo Colombo hizo referencia a la metáfora de la puerta empleada por Jesús, registrada en el Evangelio de Juan (10:7-9), donde afirma que él es la puerta por la cual las ovejas hallarán la libertad y el alimento, lo que significa que Cristo es el único acceso a la salvación y a la presencia de Dios. Este punto de partida es central para una conversión o reconversión espiritual. También aludió a que estamos en el mismo barco, que tenemos que salir tanto del error como de la pobreza todos juntos, que nadie se salva solo, “todos, todos, todos”.

Misa en medio de una realidad de contrastes

Misa en honor al papa Francisco

Limitaremos nuestro espacio de emociones y algunas digresiones que sellan realidades mundiales de una violencia demoníaca frente a la acción benéfica y bella de la Iglesia. Los contrastes de hoy son contrarios, no simplemente opuestos ni opuestos complementarios. Involucran transversalmente a una humanidad que presenta, más allá de nacionalidades, etnias, políticas y religiones, dos caras opuestas: la que pregona y practica el amor al prójimo y la que adhiere al aniquilamiento del otro.

En este sábado en que recordamos a Francisco en el año en que inició el camino de la gloria celestial, la delincuencia organizada del narcotráfico penetra los espacios de poder, penetra en nuestros ranchos, envenena a nuestras criaturas y, en nuestro país, si no fuera por la acción tierna y llana de los Hogares de Cristo, estaríamos contando los cadáveres de los niños envenenados por las adicciones a las drogas en las calles. Como mueren aplastados por los escombros, las minas o los misiles del enemigo en la Franja de Gaza. También en la aparente paz ciudadana de la más hermosa ciudad del mundo y los municipios de los alrededores hay una guerra. En la Franja de Gaza murieron algo más de 16.000 niños en los dos últimos años. Una cantidad semejante, pero que no se quiere contar ni registrar, murieron en el mismo tiempo menores de entre 9 y 20 años en el conurbano bonaerense por consumo de “paco”; pero los políticos argentinos, como el levita y el fariseo del relato del buen samaritano, miran para otro lado. Nuestra Iglesia no detiene su marcha.

Como sostuvimos comentando la prédica de monseñor Bergoglio en nuestra tierra primero y desde la Cátedral de San Pedro después, la Iglesia no comparte la teología política de hace más de tres siglos sintetizada en la oposición amicus-hostis, amigo-enemigo. Como lo recuerda el filósofo y teólogo polaco-alemán E. Przywara, “la absolutización de lo político trae consigo un maniqueísmo lacerante y nocivo para la convivencia social (…): el otro es el enemigo. Es alguien que obstaculiza la realización del proyecto ideal para reemplazarlo por un proyecto de dominio”. Es, aclaremos nosotros, la dialéctica de tesis-antítesis-síntesis para invertirlo y aplicarlo al pensamiento del materialismo histórico de la idea decadente de la lucha de clases. La identificación de un enemigo, su destrucción y la contraposición frontal con todas sus propuestas y, finalmente, la guerra, son las características recurrentes en la historia de toda acción política que se convierte en absoluto. La indiferencia frente al sufrimiento, la enfermedad y el asesinato del otro es más grave todavía: arroja los desechos de los brotes del amor humano a los basurales o a los cementerios.

Antitético es el pensamiento del papa Francisco, que valoriza las polaridades de la realidad en una dialéctica abierta que no preludia una síntesis que acaba por eliminar uno de los dos polos en tensión, sino que es capaz de acoger la paradójica coincidencia de los opuestos y la concordia polifónica de los diversos, de las que se alimenta todo su pensamiento.

“Fratelli Tutti”, dice Francisco. El suyo está presente en los principios que guían sus enseñanzas: “La unidad es superior al conflicto”, que propone no alentar la división y la guerra sino “la unidad en la diversidad”. Y “la realidad es superior a la idea”, que nos permite ver la realidad concreta desde los distintos puntos de vista y que no preludia una síntesis que elimina al otro polo, y que en cambio nos conduce a un proceso de diálogo y hace posible la reconciliación (véase Evangelii Gaudium).

La política es siempre relación, no es lo absoluto

Por absoluto se entiende “lo que es por sí mismo”, “lo separado o desligado de cualquier otra cosa”, lo independiente, lo incondicionado. Es lo opuesto a “lo relativo”, lo que decimos de algo que cobra significado en tanto está relacionado con otra cosa. Y no nos dice nada. Como cuando decimos “compañero” o “enamorado”, que tiene sentido en relación con el brazo del otro con el que se abren camino juntos, en el primer caso, o con el otro ser que despierta la pasión del amor. La lógica nos indica que no tendría sentido hablar de compañero o enamorado “en general”. Así también la palabra “autoridad” está siempre referida a un sujeto y a un ámbito; no podríamos decir que alguien sea una autoridad en general, es decir, en todos los ámbitos y respecto de todas las personas.

El único ser absoluto es Dios. San Agustín, si bien ha especulado sobre Dios en cuanto ser omnipotente y creador del mundo, con respecto a la relación de Dios y el hombre ha visto en Dios sobre todo esa persona espiritual que se revela al hombre, lo que algunos místicos españoles han llamado “el estado de escondimiento”. También ha sido definido por su bondad infinita; también se ha dicho que es el principio del universo, el primer motor, la causa primera, el espíritu o la razón universales, el bien, lo Uno, lo que está más allá de todo ser; es el fundamento del cosmos y el propio cosmos entendido en su fundamento. Es lo que es en sí y por sí se concibe; es un absoluto, o mejor dicho él Absoluto, etcétera.

Para el teólogo y filósofo del siglo XVIII Gottfried Leibniz, Dios es la mónada (espíritu) suprema, padre y monarca que gobierna todos los espíritus. También mucho se ha escrito sobre la naturaleza de Dios, sobre la omnipotencia divina, sobre la existencia o inexistencia de la relación de Dios y el mundo. Pero si algo se comprueba a medida que el mundo gira alrededor del Sol es que el hombre no es Dios, como quieren hacernos creer algunos jefes de Estado.

Dios se hizo hombre en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. El hombre participa de la divinidad del Señor, pero el hombre no es ni puede hacerse dios.

El ejemplo de nuestro Señor Jesucristo nos conduce a la renovación interior, a la salvación de nuestra alma, al diálogo con Dios encarnado, a salir de nuestro encierro y abrir nuestro corazón al otro.

Monseñor Colombo y el cura "Tano" Angellotti

Es un camino que está plagado de alegrías y dificultades, éxitos y fracasos, amigos, correligionarios y enemigos. Siguiendo las enseñanzas del magisterio papal de los últimos veinte años, y en especial las enseñanzas de Francisco, dos guías deberían ser: “Los barrios populares tienen el deber de integrarse; de lo contrario, serán dominados y aniquilados por el poder del narcotráfico”. En segundo lugar: “No debemos buscar al enemigo para combatirlo y aniquilarlo”. Si tropezamos con él, “tratemos de transformarlo y asistirlo espiritualmente en nuestro hospital de campaña”. Es intolerable que continúen asesinando niños en la Franja de Gaza o en el sur de El Líbano y que continúen asesinando, intoxicando o empujando al suicidio a niños con las drogas en los barrios humildes de La Matanza y del mundo.

Los que promueven y hacen la guerra están ciegos ante esas realidades atroces, inhumanas, intolerables. Deberían “ser invitados —como lo ha hecho recientemente el papa León XIV— a abandonar la creencia en su omnipotencia y ser persuadidos de que más les vale bajar las armas y dejar de asesinar gente inocente”.

Deben luego comprender que el Estado es una caja de herramientas que no solo sirve para resolver las cuestiones económicas. Sirve para resolver, además de las cuestiones económicas, hacerlo de tal modo que no perjudiquen a los desvalidos, a los pobres, a los enfermos, a los niños. La caja de herramientas no puede ser empleada para destruir la maquinaria estatal que tiene por fin el bien común.

Consideraciones sobre la ausencia del Estado y el dominio del narcotráfico

Es hora de analizar las formas de representación, de dominio político y de poder, destacando la necesidad de una nueva política. Una acción política que dialogue con la teología que libera, aquella en la que dialogan los rostros y las miradas de los pobres, los no tan pobres y los pudientes. “Todos, todos, todos”, dice Francisco. Los rostros de Cristo crucificado. Que vean la realidad, que prevalece por sobre la teoría social y económica (“La realidad es superior a la idea”, enseña Francisco). Además, como lo recordó el obispo de San Justo, monseñor E. García, la realidad debe ser vista desde las periferias. Y señaló también que la celebración se realizaba en medio de barrios pobres y que es desde las periferias desde donde se ve con mayor claridad la verdad de la realidad. Estas —agregó— son un símbolo de otros lugares que sufren la encrucijada del dolor de la ausencia del Estado y el avance del narcotráfico… no queremos que nuestros pibes vivan en “la narcoesperanza”. Agreguemos: espera de la idiotez o de la muerte. “Queremos para ellos —finalizó diciendo García— una vida digna”.

El apostolado del papa Francisco ha demostrado la necesidad de una nueva teología política frente a las formas contemporáneas de violencia y poder, tanto local como global. Los pastores que acompañan a sus ovejas pueden también asistir a los espíritus perdidos de los poderosos. Hay una gran necesidad en las calles de nuestras ciudades, desde Nueva York hasta La Tablada, de sanación y de reconciliación (“La unidad es superior al conflicto”, enseña también J. M. Bergoglio).

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