Las complejas raíces de la violencia política en la Argentina

El testimonio de un protagonista evidencia matices cruciales en la relación entre las organizaciones armadas, el retorno de Juan Domingo Perón y la fracturada convivencia democrática bajo amenazas de violencia y represión

Las madres y abuelas de los desaparecidos simbolizan la lucha por la memoria y la justicia tras el golpe de Estado de 1976. (Photo by JUAN MABROMATA / AFP)

Ciertas opiniones sobre el último golpe de Estado, recientemente publicadas, demuestran la distorsión de sus interpretaciones. Soy de los últimos testigos de una época. En 1966, el golpe de Onganía, al destruir la Universidad pública en la Noche de los bastones largos, es el centro fundador de la guerrilla. La figura de Perón no existía en la UBA, salvo en Filosofía y Letras, a través de una mínima agrupación que llevaba su nombre. Lo que había era un debate entre católicos y marxistas.

El antiperonismo que me ofusca tiene al menos dos líneas constructivas. Una es la de los saqueadores, los que dejan deuda y miseria, y otra, la de los asesinos. Por ello, incluir al peronismo con las Tres A entre los gestores de la sangre, les viene bien a muchos de sus opositores, con algunos de los cuales ni siquiera intento debatir.

En el 66, se inicia la difusión del libro de Régis Debray Revolución en la revolución, y en el 68, todo deviene actividad revolucionaria. Con el tiempo, nacerá la guerrilla y un ala de ella, Montoneros, intentará ingresar en el peronismo y asumir la propiedad de su historia, asesinando al ex presidente de la denominada Revolución Libertadora que había derrocado a Perón en el 55, Pedro Eugenio Aramburu.El Retorno de Perón, luego de 18 años de proscripción, se hubiera vuelto imposible sin acordar con la generación violenta, porque en ese momento, en el final de los gobiernos de la dictadura, era imprescindible incorporar a la juventud. Es así como el General les ofrecerá a las cabezas de las organizaciones guerrilleras los más altos cargos y luego, la presidencia, el vice y las gobernaciones de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, y una enorme cuota de poder, sin duda alguna, mucho mayor que la por ellos merecida.

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Desde lo testimonial, cuando en el 72 se produce la masacre de Trelew, me hice cargo del velatorio de los fusilados, en la sede partidaria de Avenida La Plata y luego, ya como diputado, pasé más de un mes en Trelew dialogando, discutiendo con los presos que no imaginaban que la democracia tuviera la capacidad de liberarlos. Me ocupé personalmente de trasladar los dos primeros aviones de Trelew a Buenos Aires con los detenidos, historia que tiene un valor profundo desde lo simbólico, pero que habrá de enfrentarme con el hecho de que muchos de ellos querían volver a la violencia.Más adelante, viene el debate sobre si los presos debían ser liberados por el pueblo (versión guerrillera) o por el poder de la democracia (versión peronista). Campora se inclina por la primera, lo cual, sumado a la inconcebible ausencia de poder militar y de control en el palco de Ezeiza, convierten a ese personaje menor en un ser incapaz de conducir la Nación. Esto es lo que obliga a Perón a ocupar un cargo que lejos estaba de ambicionar.

En síntesis, el General le entrega a la guerrilla montonera el nervio del poder democrático. Su conducción y sus miembros creen que han accedido a un escalón hacia el poder que, en su concepción, sale de la boca de un fusil.Pasamos muchas noches debatiendo. Formábamos parte de grupos cercanos, historias paralelas sobre todo con los católicos, pero también con los trotskistas del ERP. Por ejemplo, el día en que es herido el militante del Ejército Revolucionario del Pueblo, Víctor Fernández Palmeiro, no pudimos convencerlo de ir al hospital porque pensaba que la democracia no lo iba a liberar.

La guerrilla retorna a la violencia y por ese motivo, nos vemos obligados a redactar leyes represivas. Hasta entonces, Perón había pretendido en vano hacerles entender que ningún ejército irregular había logrado en la historia derrotar a uno regular, y que lo de Cuba era un ejemplo indigno de ser tomado en cuenta.Comienzan entonces a matar a sindicalistas, a intendentes y terminan en el terrible asesinato del Secretario General de la CGTJosé Ignacio Rucci. Esa mañana, el General intenta que participemos del velatorio, yo lo despedí en el Parlamento. El asesinato de Rucci muestra a las claras que la violencia en democracia es traición a la Patria. La insensatez de quienes piensan que se puede tener poder político y ejercer la violencia a la vez está más ligada a deficiencias psíquicas que al debate ideológico.

Por lo demás, está fuera de discusión la dignidad ejemplar de las madres y de las abuelas de los desaparecidos. Dignidad trascendente, en el enfrentamiento a la atroz y asesina dictadura levantando la bandera de la memoria y la justicia a lo largo de los cincuenta años transcurridos desde el Golpe del 76. Distinto es olvidar que la violencia en democracia llevaba a sus ejecutores no a una guerra posible sino a una persecución y a un genocidio sin sentido. Frente a la entrega de las vidas de tantos, uno siente respeto por su pasión, pero esto no implica la incapacidad de analizar los errores históricos de su accionar.

En cuanto al verdadero debate actual, no está esencialmente centrado en el número de desaparecidos, sino en la destrucción de la industria y en la imposición de las finanzas y las deudas por encima de la producción y el esfuerzo de los argentinos.En suma, con respecto al tema que me ha indignado – el de Perón como forjador de la guerrilla- debo decir que estaba muy por encima de la lucha armada, de la violencia y de la Triple A. Perón fue un gran constructor de la Historia que expresa la conciencia popular, la posibilidad de que, gracias a él y a Evita, ya nadie debiera bajar la vista ante el patrón o el policía. Mientras las minorías lúcidas, la vanguardia iluminada, se consideraban los autores del retorno de Perón, el pueblo, esa conciencia colectiva fue capaz de gestar su regreso y de acompañar al líder en su despedida.El antiperonismo nunca va a existir como construcción porque del odio al pueblo nace un movimiento opresor o estafador. Solo el amor al pueblo puede generar la reconstrucción de la Patria.

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