Lecciones estratégicas de Hungría para la Argentina

Las naciones que aspiran a sostener su autonomía en el siglo XXI no pueden limitarse a reaccionar ante cambios globales acelerados; deben participar activamente en la definición de las reglas que estructurarán el mundo del futuro

Rab. Dr. Fishel Szlajen en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Hungría

Mientras muchas democracias occidentales parecen atrapadas entre la parálisis institucional y la improvisación política, algunos países europeos han comenzado a ensayar respuestas diferentes frente a los desafíos del siglo XXI. Entre ellos se destaca Hungría, que en los últimos años ha impulsado una estrategia orientada a articular cultura, soberanía, seguridad y tecnología dentro de una visión política coherente. Más allá de los debates ideológicos que su modelo genera en Europa, el país ha intentado responder a una pregunta que atraviesa hoy a todas las democracias: ¿cómo gobernar el cambio sin perder la continuidad histórica de una sociedad?

Durante la última década y media Hungría experimentó una transformación institucional significativa. Desde 2010 ha mantenido crecimiento sostenido dentro de Europa Central, redujo su tasa de desempleo a menos del 4% y atrajo importantes inversiones industriales y tecnológicas. Empresas globales como BMW, Audi, Mercedes-Benz y Samsung instalaron centros de producción o desarrollo en el país, consolidándolo como un nodo industrial relevante dentro de la Unión Europea, con flujos de inversión extranjera directa que superaron los 7.000 millones de euros anuales en 2024.

Para países como la Argentina, acostumbrados a debatir modelos externos sin analizarlos en profundidad, la experiencia húngara ofrece lecciones interesantes. No se trata de importar mecánicamente políticas públicas, algo problemático en contextos históricos y socioculturales distintos, sino de comprender los principios estratégicos que orientan ciertas decisiones de Estado.

Read more!

Durante mi reciente estancia académica en Budapest como Visiting Fellow del Mathias Corvinus Collegium (MCC), uno de los centros intelectuales más influyentes de Europa, resultaba evidente que el debate político húngaro gira en torno a cómo preservar la continuidad cultural e institucional frente a transformaciones tecnológicas, demográficas, ideológicas y geopolíticas aceleradas.

Uno de los principios más visibles es la recuperación de la noción de soberanía cultural. En buena parte de Europa occidental se ha extendido la idea de que la política cultural debe diluirse en una neutralidad institucional donde el Estado evita pronunciarse sobre las tradiciones que estructuran a una sociedad. Hungría ha adoptado exitosamente una perspectiva distinta basada en la convicción de que toda comunidad política necesita preservar y transmitir referencias culturales que le otorguen continuidad histórica.

Esta orientación se refleja tanto en políticas educativas y en el fortalecimiento de instituciones académicas destinadas a formar nuevas generaciones con conciencia de su tradición. El MCC, por ejemplo, en pocos años se ha convertido en un espacio interdisciplinario que reúne y capacita a miles de estudiantes y jóvenes profesionales en economía, derecho, política internacional, filosofía y tecnología, entre otra carreras.

Otro aspecto relevante del modelo húngaro es su comprensión de que la seguridad en el siglo XXI ya no puede pensarse sólo en términos militares o policiales. Hoy incluye dimensiones tecnológicas, culturales e incluso cognitivas. La protección de infraestructuras digitales, la regulación de plataformas tecnológicas y la defensa frente a nuevas formas de guerra híbrida se han convertido en cuestiones centrales para cualquier Estado que aspire a preservar su autonomía.

En ese contexto, Hungría ha promovido una estrategia que combina innovación tecnológica con prudencia regulatoria, promoviendo inversiones en IA, centros de datos y producción de baterías para vehículos eléctricos, con un crecimiento del 15% en exportaciones tecnológicas en 2025. El desafío no es sólo desarrollar nuevas tecnologías, sino evitar que estas erosionen los fundamentos institucionales o culturales de una sociedad.

Los algoritmos, plataformas digitales y sistemas de IA no son instrumentos neutros, sino que incorporan decisiones normativas, prioridades económicas y supuestos culturales. Cuando los Estados renuncian a intervenir en estos ámbitos, el poder de decisión tiende a desplazarse hacia grandes corporaciones tecnológicas o estructuras transnacionales que escapan al control democrático.

Por eso, toda innovación requiere límites institucionales claros capaces de integrarla dentro de un marco político y cultural estable, convirtiendo la gobernanza tecnológica en parte de la soberanía política.

Esta visión estratégica se extiende también a la política demográfica. Frente al marcado descenso de la natalidad en gran parte de Europa, Hungría no sólo restringió la inmigración ilegal sino que implementó amplios incentivos familiares incluyendo exenciones impositivas para mujeres con cuatro o más hijos, créditos preferenciales para vivienda y subsidios para facilitar la formación de familias como institución social básica. Bajo el entendimiento que las tendencias demográficas constituyen uno de los factores estructurales que definen la cultura, la identidad y estabilidad de una sociedad a largo plazo, Hungría elevó la tasa de natalidad de 1.25 en 2010 a 1.6 en 2024.

La Argentina enfrenta desafíos distintos pero comparables. Durante décadas el país ha oscilado entre fragmentados y coyunturales proyectos de modernización tecnológica, y crisis recurrentes que debilitaron toda capacidad estatal de planificar estratégicamente. El resultado ha sido una dependencia estructural respecto de decisiones tecnológicas tomadas en otros lugares.

Sin embargo, el país posee recursos humanos y tradiciones intelectuales que permitirían un enfoque más ambicioso. Universidades de prestigio, centros de investigación científica y una sólida tradición en pensamiento jurídico y filosófico constituyen un capital que no debería subestimarse. Lo que ha faltado con frecuencia es una estrategia capaz de articular esos recursos dentro de un proyecto nacional coherente.

Aquí es donde la experiencia húngara ofrece una enseñanza relevante basada en la necesidad de vincular cultura, educación y política pública dentro de una visión estratégica de largo plazo. Las políticas tecnológicas no pueden diseñarse únicamente desde ministerios especializados ni mediante regulaciones reactivas; requieren una comprensión más amplia de los valores que una sociedad desea preservar.

Otro indicador interesante de esta dimensión cultural es la situación de la comunidad judía. A diferencia de lo que ocurre en varios países de Europa occidental, donde en los últimos años se han registrado episodios crecientes de antisemitismo, Hungría presenta niveles comparativamente muy bajos de violencia antisemita y una vida judía visible y activa, especialmente en Budapest.

Tras la crisis migratoria europea de 2015, Hungría adoptó una de las políticas fronterizas más estrictas del continente. Estas medidas fueron criticadas por diversos sectores europeos, pero el gobierno las defendió como necesarias para preservar la estabilidad institucional y prevenir fenómenos de radicalización asociados al islam político.

Más allá del caso particular, este invita a considerar una cuestión más amplia que es la relación entre identidad cultural, seguridad pública y pluralismo religioso. La experiencia húngara sugiere que una identidad nacional fuerte no es necesariamente incompatible con la convivencia entre minorías, sino que en ciertos contextos puede constituir uno de los marcos que la hacen posible.

La lección más profunda de todas estas experiencias no es una medida específica, sino una actitud política. Las naciones que aspiran a sostener su autonomía en el siglo XXI no pueden limitarse a reaccionar ante cambios globales acelerados; deben participar activamente en la definición de las reglas que estructurarán el mundo del futuro.

En una época marcada por transformaciones tecnológicas vertiginosas, tensiones culturales y redefiniciones geopolíticas, vuelve a surgir una pregunta clásica de la filosofía política: ¿cómo gobernar el cambio sin perder aquello que da sentido y continuidad a una comunidad política?

Para la Argentina, observar con atención el modelo húngaro frente a estos desafíos del siglo XXI, podría ser un primer paso para replantear su propia estrategia. Porque la política contemporánea ya no puede limitarse a administrar crisis, sino que debe volver a pensar estratégicamente la relación entre tecnología, cultura y soberanía. Los países que comprendan antes esta dinámica probablemente contribuirán a definir, más que a sobrellevar, las reglas del próximo orden internacional.

Read more!