El estancamiento argentino va más allá de la inflación y el empleo: décadas de baja inversión han provocado una continua descapitalización que limita la productividad, los salarios y las oportunidades de desarrollo. Sin un cambio estructural y una tasa de inversión sostenida, el país seguirá perdiendo terreno frente a las economías que apostaron por el crecimiento a largo plazo.
Desde hace décadas, la economía atraviesa un proceso de consumo sostenido de su stock de capital. El problema no es solo el estancamiento, la inflación persistente -aunque inferior a la heredada del kirchnerismo pero aún lejos de la estabilidad- ni la constante pérdida de empleo. Se trata de una crisis estructural que lleva años gestándose y no tiene solución inmediata.
La discusión pública suele girar en torno a la inflación, el dólar, las reservas o el resultado fiscal. Son variables relevantes, pero todas quedan relegadas frente a la que verdaderamente determina el nivel de vida de una sociedad: la cantidad de capital disponible por trabajador. Este es uno de los principios más sólidos de la teoría económica.
El salario real no se define por decreto ni por negociación política, sino por la productividad de la economía, que a su vez depende del stock de capital
El salario real no se define por decreto ni por negociación política, sino por la productividad de la economía, que a su vez depende del stock de capital. Un trabajador equipado con tecnología moderna puede producir varias veces más que otro que utiliza herramientas atrasadas; esa diferencia es la que en última instancia permite pagar mejores ingresos. Un obrero con una pala no podrá igualar la productividad de otro que opera una motoniveladora o un bulldozer, con todas las comodidades y eficiencia que la inversión permite.
Así, los países que hoy son ricos no lo son por azar, generosidad estatal o designios divinos. Alcanzaron su prosperidad porque durante décadas acumularon capital, incrementando la productividad y generando mejores condiciones de vida.
Argentina, lamentablemente, ha transitado el camino inverso, en especial bajo el kirchnerismo, que para financiar el populismo consumió el stock de capital existente. Ejemplos sobran: falta de mantenimiento en rutas, congelamiento de tarifas que agotó la infraestructura energética, deterioro del sistema ferroviario (que derivó en tragedias como la de Once), liquidación de reservas ganaderas para sostener precios bajos, y la destrucción de los ahorros previsionales de las AFJP, entre otros.
Según datos del Banco Mundial, la tasa de inversión en el país se ha mantenido en torno al 15%/18% del PBI en los últimos años, un nivel insuficiente para sostener el crecimiento. Las economías que lograron despegar mantuvieron tasas superiores al 20%, e incluso superaron el 25% en las etapas clave de desarrollo.
Esta diferencia no es un simple matiz estadístico: marca la frontera entre las economías que convergen hacia el mundo desarrollado y aquellas que quedan rezagadas. Chile, por ejemplo, realizó reformas estructurales en los años ochenta y hoy mantiene una tasa de inversión del 25% del PBI, mientras Argentina sigue estancada en torno al 15 por ciento.
Chile, por ejemplo, realizó reformas estructurales en los años ochenta y hoy mantiene una tasa de inversión del 25% del PBI
Incluso en los años sesenta y setenta, Chile tenía una tasa de inversión menor a la argentina; a partir de mediados de los ochenta, ambas curvas se cruzan.
Australia también sostiene una inversión cercana al 25% del PBI, mientras Argentina oscila entre el 15% y el 20 por ciento.
Un caso ilustrativo es el de Nueva Zelanda. Cuando Ruth Richardson asumió como ministra de Finanzas (1990-1993), profundizó las reformas iniciadas por el laborismo en los ochenta: recortes en el gasto social, reducción de ayudas por desempleo y enfermedad, reforma laboral que eliminó la negociación colectiva obligatoria y fortaleció los contratos individuales, además de avanzar en privatizaciones, como la del Banco de Nueva Zelanda (equivalente a privatizar hoy el Banco Nación en Argentina).
El principal obstáculo para revertir los bajos salarios en Argentina es que la inversión exige horizonte de largo plazo, previsibilidad y respeto a los contratos. Nadie invierte a largo plazo en un entorno de incertidumbre crónica. Las naciones prósperas no son ajenas a los conflictos, pero han construido marcos institucionales que permiten planificar y comprometer capital durante décadas.
El primer paso para desalentar la inversión fue consagrado en la consigna de “combatir al capital” en vez de atraerlo. Más allá de la ironía, existen factores muy concretos que han conspirado contra la acumulación de capital:
- Alta carga tributaria para financiar el populismo.
- Destrucción monetaria que imposibilita el cálculo económico.
- Regulaciones como los controles de precios que fundieron empresas y desincentivaron la inversión.
- Economía cerrada, con un mercado interno pequeño y bajo poder de compra que no necesita inversiones significativas.
- Legislación laboral que promueve empleo informal y desalienta la contratación formal.
- Castigo a las exportaciones mediante retenciones, encareciendo la producción y dificultando la competencia internacional.
- Manipulación del tipo de cambio que, al intentar contener la inflación, encarece la economía y dificulta nuevas inversiones.
- Confiscaciones de empresas, como ocurrió con YPF, que siguen generando costos millonarios.
En síntesis, el problema central de la economía argentina es la descapitalización progresiva. Para mantener el stock de capital sería necesario invertir al menos entre el 18% y el 20% del PBI, pero la inversión efectiva ronda apenas el 15%. Es decir, la economía no genera suficiente inversión ni siquiera para reponer el capital que se consume año tras año.
Para mantener el stock de capital sería necesario invertir al menos entre el 18% y el 20% del PBI
De esto se desprende que sin un salto en la inversión -por encima del 25% del PBI- es imposible pensar en mejoras genuinas de los ingresos reales, reducción del desempleo o una solución sostenible a la pobreza.
La clave para revertir el estancamiento argentino no está en debates superficiales, sino en reconstruir el capital perdido y garantizar las condiciones para que la inversión vuelva a ser el motor del desarrollo.