
En la década del 60, al cumplirse un aniversario de la muerte de Honorio Pueyrredón, Ricardo Balbín dijo que recordaba a este dirigente tan importante del radicalismo no porque Pueyrredón lo necesitara, sino porque para el propio Balbín y su generación era de suma trascendencia homenajearlo y tenerlo presente. En 1984, al cumplirse tres años de la muerte de Ricardo Balbín, el nuevo presidente de la democracia recuperada, Raúl Alfonsín, se refería a él de esta manera: “Venimos a encontrarnos con nuestros muertos, con nuestros magníficos muertos, no porque ellos lo necesiten, no porque ellos precisen de nuestros homenajes, venimos porque nosotros los necesitamos”.
Hoy también, humildemente, recordamos a Alfonsín no porque él lo necesite, sino porque somos nosotros los que sentimos la imperiosa necesidad de acercarnos a él, a su vida, a su pensamiento, a su afán constante por buscar consenso, para encontrar el camino a transitar. Porque los líderes de verdad han dejado consignas, y esas consignas deben hacerse realidad en un país que hoy hace culto de los antagonismos y la confrontación.
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Se acerca el 10 de diciembre. En el calendario argentino, es una fecha de suma trascendencia, pues es el Día de los Derechos Humanos; pero también se cumplen 41 años de la recuperación de la democracia argentina.
Alfonsín nuca tuvo que sobreactuar en cuanto a la política de Derechos Humanos porque se comprometió siempre con esa causa tan noble. En plena dictadura, brindó gratuitamente servicio como abogado para defender opositores al régimen y presentar hábeas corpus por los detenidos y desaparecidos. Integró en la década del 70 la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, primer organismo creado en Argentina para hacer frente a diversas violaciones a los derechos –violaciones que habían comenzado, en primera instancia, con el peronismo–. Así lo manifestó Ernesto Sábato, presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), al arribar a Córdoba en febrero de 1984: “El terrorismo de Estado comenzó en la Argentina en 1975, con el decreto firmado durante el gobierno de Isabel Perón, quien ordenó el aniquilamiento de la subversión” (La Voz del Interior, 04-02-1984, p. 1).
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Pero, claro, lo que vendrá después será aún peor. Distintos autores coinciden en que la dictadura militar instaurada el 24 de marzo de 1976 fue la más dura y terrible que se recuerde en la historia argentina.
Alfonsín fue un abanderado de la no violencia, de la pacificación nacional; un vigoroso militante de la idea de que política y ética deben transitar siempre de la mano. El líder radical ganó las elecciones presidenciales el 30 de octubre de 1983 y asumió el 10 de diciembre del mismo año. Hizo campaña prometiendo que iba a juzgar a los que habían cometido los delitos más atroces en la historia del país. Antes de asumir como presidente, y con la coloración de destacados juristas en el campo intelectual del Derecho y de la Filosofía del derecho –como Genaro Carrió, Martín Farrell, Jaime Malamud Goti y Carlos Santiago Nino– pensó la arquitectura jurídica de la política de Derechos Humanos, única no sólo para la Argentina, sino para el mundo, porque en ninguna parte del planeta se llevó adelante una política de estas características como la que el radicalismo hizo aquí.
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Como señala Horacio Jaunarena (2012), hasta ese momento “no se había puesto en vigencia a nivel mundial la arquitectura jurídica que se construyó luego, alrededor del delito llamado de lesa humanidad”.
Tres días después de asumir como presidente (el 13 de diciembre), el líder radical firmó dos decretos (157/83 y 158/83). El primero, establecía la necesidad de investigar penalmente a los referentes de grupos armados guerrilleros como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). El segundo, ordenaba el juicio a los ex comandantes que integraron las tres Juntas Militares ante el Consejo Supremo de las Fuerzas. El 15 de diciembre de 1983, se creó la CONADEP, mediante el Decreto N° 187/1983. Posteriormente, los militares fueron juzgados por los delitos que habían cometido.
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Pero los logros de Alfonsín no fueron solo los vinculados a la política de los Derechos Humanos. En 1984, impulsó la firma del Tratado de Paz con Chile. En 1985, se sancionó la Ley de Patria Potestad Compartida. Para ese mismo año se impulsó la integración regional de América Latina, lo cual dio inicio a lo que posteriormente fue el MERCOSUR. En 1987, se aprobó una nueva ley que establecía el divorcio vincular.
Más allá de lo expresado, quiero destacar dos cosas en Alfonsín que me parecen trascendentes. En primer lugar, fue un líder positivo, un líder de la democracia que buscó la paz y la armonía de los argentinos. Para él, cada acción en la práctica política debía estar impregnada de ética. En ese sentido, Alfonsín señalaba que “el sentimiento ético constituye uno de los más nobles movimientos del alma. Aun el objetivo de construir la unión nacional debe ser cabalmente interpretado a través de la ética”. Ello también refleja la idea de reconocer al otro como un interlocutor válido.
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Recuerda Carlos Becerra que Alfonsín siempre, en cualquier conversación, buscaba el empate en el intercambio de idas. “En un debate personal público, privado, de la forma que sea, siempre prefería el empate; buscaba el empate porque reconocía algo en el otro. El empate es la búsqueda del consenso” (Becerra, CP, 28 de octubre de 2021).
En segundo lugar, fue un líder con ideas. Lector voraz, aunque desordenado según quienes lo conocieron de cerca. Pero hombre de ideas, al fin, que buscó la síntesis entre dos tradiciones que habían marchado separadas por muchos años: el liberalismo político y el socialismo democrático. Intentó la síntesis entre libertad e igualdad; modernidad y democracia; continuidad y cambio; rigidez y flexibilidad; orden y conflicto; ética de la responsabilidad y ética de las convicciones de Max Weber.
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Alfonsín discutía con los principales intelectuales de la Argentina, pero también con distintos intelectuales del mundo en ese momento. Cuenta Marcelo Alegre que vio discutir a Alfonsín con los mejores intelectuales del momento porque Carlos Nino –uno de los juristas de los Derechos Humanos mencionado anteriormente– los trajo a la Argentina.
Alfonsín lo agarraba a David Rock, quien escribió en inglés un libro hace como 40 años sobre el radicalismo, y le decía: “Usted se equivocó, usted dijo que no estaban las condiciones dadas para una democracia sustentable en la Argentina, y nosotros vamos a tener democracia para siempre’. El nacido en Chascomús discutía de igual a igual con los mejores politólogos del mundo como Giovanni Sartori y Juan Linz (Alegre, CP, 8 de junio de 2022).
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Actualmente, Alfonsín es agraviado por los cultores del escepticismo y los antagonismos y los nostálgicos de la violencia; pero también recorre las calles del país un silencio ensordecedor de quienes deberían defenderlo.
Alfonsín no es agraviado por no haber cumplido con los atributos cabales de un demócrata o de un buen ciudadano; sino que, por el contrario, es agraviado porque cumplió acabadamente con su deber cívico y por haber buscado la paz y la unidad de los argentinos.
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Hay un cuento de Oscar Wilde que se llama “El ruiseñor y la rosa”. En este cuento, Wilde narra que un día el ruiseñor fue pinchado por la rosa y casi moribundo cantó una melodía. En tiempos tan complejos, creo que es la mejor simbología para Raúl Alfonsín. Cuando más lo agredan, cantará como nunca y su figura se agigantará aún más porque los líderes en serio “brillan” y “cantan” igual.
Pese al oscurantismo y a las tinieblas de tanta mediocridad, reflejada en operaciones mediáticas, fake news, táctica política y especulación electoral, Alfonsín saldrá victorioso.
Hoy, cada hombre y cada mujer de nuestro pueblo, golpeado por las frustraciones de estos tiempos, puede mirar la vida de este ciudadano ilustre que luchó por su país y no por los cargos. Raúl Alfonsín no ha sido sólo un hombre en la historia, ha llegado más allá y se ha transformado en un referente de la lucha por las ideas, los consensos y la unidad nacional.
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