
A propósito de las publicaciones en las redes sociales del presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, sería saludable y oportuno para su entorno leer a Milton Friedman: “Imponer aranceles de importación a los textiles, el calzado y otros productos (….) aumentará los precios a los clientes y desperdiciará nuestros recursos. A diferencia de los aranceles actuales, ni siquiera generará ingresos para el gobierno. Todos los precios más altos irán a parar a los productores, en su mayoría simplemente para pagar los costos más altos. El consumidor se verá obligado a gastar varios dólares adicionales para subsidiar a los productores por un dólar. Una transferencia directa sería mucho más barata”.
También pueden buscar en Wikipedia cuáles han sido los resultados de las guerras comerciales para quienes las inician.
Una somera revisión histórica nos dice que este tipo de medidas tiene un poderoso efecto boomerang que termina por acentuar el problema que se desea atacar, que normalmente es una balanza de pagos en desequilibrio para el autor de las medidas. De hecho, la única guerra comercial protagonizada por los Estados Unidos que ha tenido éxito fue la conocida como el Tea Party, iniciado por los colonos ingleses contra la corona británica en el territorio de lo que hoy es Estados Unidos. El resultado fue la independencia de esos territorios y la creación de los Estados Unidos, anotándose así los colonos un éxito rotundo.
En 1930 Estados Unidos adoptó la Ley Smoot-Hawley, imponiendo aranceles a la mayoría de las importaciones pese a que 1.000 economistas le escribieron una carta al presidente, Herbert Hoover, pidiéndole que vetara la ley por sus consecuencias sobre el naciente aparato industrial norteamericano. La ley era una suerte de sequitur de la política de Hoover de protección al sector agrícola. Los resultados no pudieron ser peores. Las exportaciones de Estados Unidos cayeron en un 61%, congelando el proceso de recuperación que se había iniciado luego de la caída de 1929. Hoover perdió las elecciones y Smoot y Hawley no fueron reelegidos.
En 1987 la administración de Ronald Reagan dobló los precios de importación de TVS, computadoras, instrumentos electrónicos y automóviles de origen japonés. Esta medida obedeció a la ausencia de cumplimiento de un acuerdo entre los EEUU y Japón mediante el cual Japón compraría más productos de origen norteamericano y suspendería la práctica de reducir los precios de los semiconductores de origen norteamericano. El resultado fue la pérdida del 3% del mercado norteamericano para los automóviles japoneses mientras los consumidores norteamericanos pagaron más de 53.000 millones de dólares por los productos de origen japonés sin que la demanda se redujera un ápice. La mayoría de los analistas internacionales coinciden en indicar que el impacto del efecto boomerang de esta medida no fue tan fuerte gracias a la actitud de no retaliación asumida por el gobierno de Japón, cuyo Ministro de Comercio Internacional Hajime Tamura indicó: “Con la esperanza de evitar que este problema cause un daño severo al sistema mundial de libre comercio, el gobierno japonés ha decidido, desde esta perspectiva más amplia, no tomar ninguna medida de represalia de inmediato”.
En 2018 Estados Unidos decidió imponer aranceles altos a la madera proveniente de Canadá, toda vez que los precios fijados por las entidades estatales de Canadá a la madera estaban muy por encima de los precios de mercado que fijaban el valor de la madera originaria de Estados Unidos. El resultado fue un incremento del 15% en el precio de las viviendas que se expresó en descontento de la población, que decidió elegir más demócratas que republicanos para la cámara de diputados.
El balance, como se puede concluir de este análisis, es negativo para la nación que inicia la guerra comercial y para la economía mundial en general. De allí que insistamos en una relectura a Milton Friedman.
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