Javier Milei logra marcar el ritmo de la agenda pública mediante tópicos novedosos y radicales que desvían la conversación hacia terrenos poco explorados en la política reciente. Uno de sus principales activos es que la sociedad lo sigue percibiendo como un político no tradicional. En los informes que realizamos con RADAR mensualmente, desde enero 2024 hasta hoy, un 70% de los argentinos lo considera un presidente fuera de lo que se estaba acostumbrado.
En mi último libro Gobernicar – El Kamasutra del Poder analizo e intento alcanzar definiciones concluyentes sobre los ciclos que determinan la construcción del consenso popular, esa arcilla del poder que puede durar horas, meses, una gestión entera o nada: siempre depende de lo que un líder haga, diga y actúe.
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Esto implica las posiciones que consolidaran la popularidad de ese líder frente a los que lo votaron y a los no, a sus seguidores y a su propio equipo de gestión. La clave está en tener en claro a quién le hablas, porque el que le habla a todos no le habla a nadie.
El fenómeno que representa Javier Milei no tiene sus cimientos en la política. Su origen es diferente, de matices no convencionales en las que el hartazgo ciudadano buscó un cambio de fondo, ya que el sistema no resuelve “sus problemas” y los políticos tienen dificultades para interpelar a sus potenciales electores. La evolución del actual presidente es producto de un proceso constante de transformación que se inició, casi en forma natural, luego de su resonante triunfo. No antes.
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El poder que Milei edificó no constituye todavía un poder político. A partir de la fundación de una narrativa sin antecedentes, el Presidente consiguió irrumpir en la agenda pública con un abanico de temas a través de los cuales accedió al poder popular. En definitiva, su objetivo siempre se orientó a lograr ese poder, a detentar la única autoridad que realmente le importa: la que otorga la sociedad en el día a día de la gestión.
Desde el día cero, el Presidente desdeñó cualquier tipo de validación proveniente de la política. Su comunicación y su narrativa fueron diseñadas para guiar la conversación pública hacia temas que nunca antes estuvieron en discusión. Su disruptividad hizo -y hace- eje en que la sociedad escuche, por primera vez, noticias distintas. Está construyendo un relato.
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Ejemplos sobran, pero conviene detenerse en algunos en particular: la posible privatización de Aerolíneas Argentinas, el creciente debate que el gobierno viene dando en el marco de la creación de las Sociedades Anónimas Deportivas, la auditoría a la UBA por parte de la SIGEN tan comentada por nuestros días, la búsqueda de eliminación de las PASO, la disolución de la AFIP, el arancelamiento de la universidad pública para extranjeros, los exámenes de idoneidad para empleados estatales, quitarle los fondos públicos a los partidos políticos y la aprobación de la boleta única de papel, entre tantos otros tópicos que, como una daga, atacaron lo pautado y marcaron definitivamente un break en la agenda política tradicional.
A pesar del buen número de dificultades que su administración enfrentó en el transcurso de este primer año, y ante una realidad que aún no les devuelve a los argentinos los resultados esperados, Milei interpretó como nadie que la comunicación se transformaría en la única garantía de su emergente gobierno. Esto le permite ganar adeptos en un escenario dominado por una sociedad exigente, hastiada y agrietada.
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Gobernar en estos contextos necesita, de manera imprescindible, decisiones firmes y una comunicación aceitada, de fuerte impronta y que aporte certidumbre. Quizás siguiendo esta hoja de ruta el gobierno logró, por ejemplo, quitar a la inflación de las tres principales preocupaciones de los argentinos. Debajo de ese paraguas, el Presidente adquirió estabilidad y compró tiempo -aquí es importante detenerse y apelar al recuerdo de los primeros meses, cuando se libraban apuestas que pronosticaban para Milei una corta estadía en el poder- y, como bonus track, se transformó en el político con mejor imagen del país.
Por más que se lea sencilla y exitosa, la receta es bien compleja y está llena de matices. Con posibilidades de cambios repentinos e inesperados.
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Sin gobernadores ni intendentes propios, con 15% de representación en la Cámara de Diputados y 8% en el Senado y con los sindicatos en contra, lo único que le queda a Milei es seguir apostando a la disruptividad comunicacional en vísperas de mejoras económicas para los argentinos.
Durante la campaña electoral, política y comunicación construyen candidatos. En el gobierno, la política y la comunicación construyen poder.
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