
La caída en la cantidad de nacimientos por año en la Ciudad de Buenos Aires es preocupante y sus efectos son visibles. Por ejemplo, los datos proyectados dicen que para el año 2028 la inscripción en primer grado tendrá un 33% menos de niños. De mantenerse esta tendencia, llegaremos a ver que más de la mitad de los bancos de las escuelas permanecerán vacíos. Semanas atrás estuve publicando en redes cifras comparadas de nacimientos y de cantidad de menores de 10 años junto a otros datos que ayudan a expresar la situación.
El primer gráfico es elocuente para cualquier proyección. Desde 2019, en la ciudad mueren por año más personas que las que nacen. Llamé a esta situación “déficit vital”. Voy a ilustrarlo de otra manera: si la ciudad fuese un bote flotando en el mar, estaría entrando más agua (muertes) de la que logramos sacar (nacimientos). Pasa lo mismo en Bogotá, Madrid, Seúl, Tokio y Oslo.
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Las personas en condiciones de tener hijos presentan argumentos razonables para no tenerlos o postergar los nacimientos. En Buenos Aires, lideran las justificaciones basadas en la falta de dinero suficiente, demasiadas horas de trabajo para ambos miembros de la pareja, espacio reducido, necesidad de ayuda, etc. Pero muchas de las parejas que no tienen dificultades económicas, incluso aquellas cuyos sueldos combinados son holgados, tampoco tienen hijos. En ese caso, los argumentos tienden a centrarse en la competitividad de sus carreras, el aprovechamiento de la vida en sí, y en razones más abstractas, como dudas existenciales sobre el porvenir, el calentamiento global o la posibilidad de una guerra mundial.
Otro gráfico que utilicé muestra que en la Ciudad de Buenos Aires hay más mascotas que niños menores de 10 años. Es decir, hay más perros que niños y, si sumamos los gatos, hay casi el doble de mascotas que niños. La mascotización de la vida familiar también es un fenómeno mundial. The Economist publicó en un artículo reciente que los norteamericanos gastaron en 2023 más dinero en el cuidado de sus mascotas que en el cuidado de niños. Hoy, 85 millones de hogares norteamericanos tienen perros y solo 35 millones tienen niños. Nacen 4 millones de humanos por año, y 6 millones de perros.
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Estados Unidos alcanzó en 2023 la tasa más baja de fertilidad de su historia, con la porción más grande de mujeres entre 25 y 44 años que nunca tuvieron un hijo. Un estudio del Pew Research Center reveló que 57% de los adultos menores de 50 años que indican que es improbable que formen una familia señalan la falta de interés como uno de los factores principales.
Por su parte, Rusia, donde la caída de la fecundidad es desastrosa, temen que la intervención propagandística de occidente esté desalentando los nacimientos. Aunque parezca ciencia ficción, la semana pasada el Congreso ruso aprobó en una primera lectura el polémico proyecto de ley que penaliza la difusión de propaganda que busque desalentar los nacimientos o promueva las familias sin hijos. La multa prevé alcanzar los 47.000 euros en moneda local.
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Cuando hablo de estos temas, aún con cifras tan contundentes como las que escribí acá, algunas personas me dicen: “¿Cuál es el problema de que haya menos nacimientos?”. Yo respondo: desde un enfoque económico, el desarrollo de las ciudades modernas depende de la capacidad creativa de su población y del turismo. Sin recursos naturales ni energı́a, la riqueza de una ciudad surge de la producción de bienes intangibles, simbólicos y servicios, de una parte de la población a veces llamada “clase creativa”, formada por científicos, arquitectos, profesores, estudiantes, guıías, financistas, artistas, ingenieros o cocineros, y de todos los servicios que esa clase requiere, desde el transporte hasta la provisión de insumos y logística.
Es decir, una ciudad será tan rica, atractiva y productiva como la cantidad y creatividad de la gente que vive en ella. Con menos personas (recordemos la dramática proyección de un 33% menos niños en primer grado en 2028), el potencial económico de la ciudad se reducirá. Al mismo tiempo, con menos niños, un valor único que solo existe en la infancia comenzará a apagarse. La población, al envejecer, perderá brillo y alegría. Una ciudad con menos niños es un poco más triste y silenciosa. Un mundo con menos niños es un mundo peor.
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