
El 24 de marzo —que justo cayó en el Domingo de Ramos— los curas y las comunidades de las villas, asentamientos y barrios populares de Argentina, junto a la Familia Grande del Hogar de Cristo, nos hicimos presentes en la Plaza de Mayo.
En el año del 50° aniversario del martirio de nuestro querido Padre Carlos Mugica quisimos hacer memoria de tantas hermanas y hermanos que, desde la Fe, lucharon por la justicia, soñando un mundo mejor.
Muchos de ellos fueron perseguidos, detenidos, torturados, asesinados, desaparecidos por defender a los más pobres.
Fue emocionante el saludo con tantos que celebraban conmovidos la presencia de una Iglesia que no mira para otro lado. Se acercaban a mirar las fotos de nuestros mártires, de quienes fueron perseguidos al luchar por la justicia.
Acompañaban muchísimos jóvenes del Hogar de Cristo, pibes en recuperación entregando ramos al lado de una imagen gigante de la Virgen de Luján; varios de ellos dando también testimonio de su lucha personal y comunitaria.
Ese día el atrio de la Catedral fue lugar de encuentro y envión para seguir luchando contra las injusticias de hoy.
Se dio un paso fundamental. Se pasó de que la opinión pública sólo conociera la complicidad de la Iglesia con la dictadura militar a la visibilización de estos hermanos mayores nuestros que fueron víctimas del terrorismo de Estado. Era hora —decían algunos— de que la Iglesia dé la cara y se haga presente en el día de la Memoria. Hace bien generar estos espacios de encuentro que favorecen que gente de diferentes ámbitos —no sólo el eclesiástico— mire su propia historia y revise su accionar reconociendo los errores y las complicidades que hubo en esa etapa negra de nuestro país.

Si avanzamos en esta línea seguramente podríamos ser más una patria de hermanos. Nosotros, humildemente queremos perseguir los mismos sueños de Mugica y sus compañeros.
Hoy en nuestros barrios humildes seguimos acompañando la vida de nuestros vecinos, sobre todo abrazando a los chicos, adolescentes y jóvenes, combatiendo las injusticias presentes y buscando ser una Iglesia pobre para los pobres. En muchos lugares del interior del país este gesto se replicó, se acompañaron marchas y se celebraron misas al mismo tiempo que ocurría lo de Plaza de Mayo.
Hoy Mugica muere en los que tienen hambre y vive en muchos comedores comunitarios. Mugica y nuestros mártires mueren en tantos jóvenes desangrados por la droga y viven en el Hogar de Cristo y en quienes los ayudan a pararse. Mueren en barrios sin cloacas, luz y servicios y viven en capillas, colegios y clubes de barrio. Mueren cuando el Estado se ausenta y viven cuando se fortalece la comunidad. Mueren cuando crecen los despidos y viven en los trabajadores de la economía popular.
Ojalá podamos seguir buscando lugares de integración y acabemos con la descalificación del otro. Que la grieta se termine, pero no con silencios y complicidades, sino mirándonos a los ojos, reconociendo errores y erradicando la exclusión.
¡VIVA LA DEMOCRACIA, VIVA LA PAZ Y LA JUSTICIA SOCIAL!

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