En estos días en los que la vertiginosidad de los cambios es moneda corriente en la realidad cotidiana, poder tomarse un tiempo para hablar del tiempo pareciera ser un remanso dentro del oleaje posmoderno.
La obsesión de la prisa está sobre todo en el trabajo, pero ha invadido también la vida privada. Hoy hablamos de Fast food, fast holidays, todo se ha vuelto fast, algo a consumir con rapidez. La consecuencia de esta mentalidad es que muchas decisiones apresuradas crean una infinidad de problemas, por los cuales muchas veces hay que correr desesperadamente, y perder tiempo, para tratar de remediarlos.
El italiano Giancarlo Livraghi se pregunta si toda esta prisa es, como se suele decir, efecto de Internet o se debe a que con la red se comunica velozmente, y por lo tanto debemos hacer más rápido todo el resto. Pareciera que no. La “máquina de la prisa” se puso en movimiento hace varios años, cuando Internet no existía o la usaban poquísimas personas.
Vivir apurado
Ahora bien, entre los compromisos laborales, la preocupación por la apariencia física y el afán por mejorar las condiciones de vida se hace mucho más difícil encontrar momentos de sosiego. Hoy las nuevas tecnologías reducen la distancia y el tiempo, el ritmo se acelera y las vidas se uniformizan, conduciendo a una desposesión del sujeto.
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El escritor Pierre Sansot en su obra “Del buen uso de la lentitud” reflexiona sobre la relación con el tiempo y preconiza que para alcanzar la felicidad hay que interesarse creativamente por el instante, por el Otro, en definitiva, por el mundo. Un verdadero arte de vivir. El tiempo, acompaña y revela la forma de ir hacia las cosas y hacia los demás y también de realizarnos. Hacerlo nuestro aliado, señala, será condición necesaria para poder sobrevivir. Y las culturas humanas no se forman en pocos años.
La evolución que puede nacer de los nuevos sistemas de comunicación está aún en sus inicios; podemos discutir si se trata de infancia o adolescencia, pero ciertamente está muy lejos de la madurez. Lo que cuenta no es usar tecnologías veloces, sino construir relaciones duraderas, hecho que hoy podemos hacer mucho más velozmente de cuanto podía un campesino de hace trescientos o tres mil años. Pero se trata de meses o años, no de días o minutos.
El futuro que nos apura...
El pasado remite lo que fue. Todos los acontecimientos, en mayor o menor medida, dejaron huella y aquellos logros o inconvenientes que se sobrellevaron han dejado vestigios que repercuten en el devenir cotidiano. El poder tomar conciencia de ellos, replantearlos, cuestionarlos, será la llave que abra la puerta a una nueva visión o a la solución o disolución de los problemas pasados.
En cambio, cuando se piensa en el futuro, pareciera que el tiempo aporta cierto respiro para trazar una nueva oportunidad, para proyectar lo que podría llegar a ser.
Ahora bien, ¿cómo utilizarlo inteligentemente o aprovecharlo de manera tal que el presente abarque nuestra mirada? porque, a menudo, obsesionados por el tiempo, se dejan de lado cuestiones importantes en pos de las urgencias.
El sueco Owe Wikström en su obra “Elogio de la lentitud” invita a reflexionar sobre la vida cotidiana y a emprender una búsqueda personal de los momentos y lugares que permiten hacer altos en el camino. Aclara que, a través de las pausas, de la instrospección y de comprender la importancia de la lentitud, se puede alcanzar un estado de conciencia más elevado y un mayor disfrute de la vida.
Lo nuevo de este autor es que redescubre la lentitud como una nueva figura del pensamiento. O quizás no tan nueva, tal vez la lentitud no sea sino la marca del respeto, la atención y la importancia que se otorga a cada acontecimiento de la vida o a cada persona.
En realidad, lo que el autor pone en tela de juicio no es la acción, sino cierto activismo que nos desconcentra nos impide volver a nosotros mismos y saborear la felicidad, las pequeñas y las grandes alegrías. Por ello definió a la lentitud no como el deseo de no hacer nada sino el de actuar conforme a lo que el mundo nos ofrece.
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Para analizarlo propone un ejemplo: vagar. Vagar es avanzar libremente, lentamente por una ciudad apresurada, no dar importancia más que a lo maravilloso del instante. El ocioso tiene algo de soberano y fluido en el porte. La mirada curiosa e interesada del paseante respira la inteligencia, y ambos me parecen agradables. Incluso piensa en actitudes como escuchar, ser capaz de recibir realmente la palabra de los demás. Para ello no basta con abrir los oídos; es necesario humildad, paciencia y un esfuerzo evidente. Un pensamiento que no es el mío cobra sentido en mi interior. No lo persigo, no corro tras él, no lo interpreto a partir de mis prejuicios. Y al aceptar las pausas, los silencios, me enriquezco gracias a una experiencia inesperada, dice Wikström.
Sin embargo, a veces es necesario ir deprisa, y dejarse de lentitudes porque las urgentes necesidades diarias existen y deben enfrentarse. Incluso, cada vez que una persona siente el deseo de ir rápido en una efervescencia creadora, no debe moderar la generosidad de sus impulsos. En realidad, lo que se cuestiona es la preocupación por el éxito social o tan sólo por la supervivencia que limitan la libertad de cada uno, las fuerzas que se nos escapan o que nos son ajenas.
La propuesta es estimar la lentitud, no como valor en sí misma, sino como medio para lograr una existencia más rica y más sana, más vívida. Un antiguo proverbio dice “chi va piano va sano e va lontano” (“quien va despacio va lejos y va sano”).
Tiempo al tiempo, es la única manera de pasar mejor por la vida; de eso se trata
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