
No es extraño que las trabajadoras y los trabajadores de la salud, del periodismo, de los transportes públicos, de la policía y gendarmería estén desencadenando trastornos de angustia y ansiedad asociados a los altos niveles de estrés que vienen soportando desde finales del mes de marzo cuando se dispuso la primera cuarentena. El #todosencasa dejó por afuera a amplios sectores que hoy están pagando las consecuencias de esa exclusión. Expuestos a la calle, a la población contagiada, al exceso de información, a los miedos, paranoias y violencias sociales, llegan por estos días agotados, y en algunos casos ya con síntomas psicológicos que obstaculizan el desarrollo normal de sus tareas, como alteraciones en el sueño, irritabilidad y desgano, o incluso con depresiones o altos montos de ansiedades que les impiden salir a trabajar.
El miedo a enfermar y morir, diseminados desde el inicio de la pendemia, suele generar cuadros hipocondríacos (sentir la enfermedad cuando no se la tiene) pero mucho más en aquellas y aquellos trabajadores que no pueden quedarse en casa, que tiene que salir cada día y estar permanentemente en contacto con la frecuencia del coronavirus. Bajo presión, en medio de una pandemia que está llegando a su punto más alto, una amplia población ligada a los llamados trabajos esenciales sigue exponiéndose a la enfermedad y la muerte, como lamentablemente ya hubo varios casos, pero también al desencadenamiento de síntomas y enfermedades psicológicas que pueden ser más nocivos y de mayor duración que el mismo coronavirus, trastocando la vida cotidiana en general. El coronavirus, como cualquier enfermedad, tiene mayores chances de contagiar a quienes estén agotados, ansiosos o angustiados, y por lo tanto estresados y con las defensas bajas.
Hay personas más vulnerables porque están más expuestas y porque además no cuentan con el colchón fundamental para amortiguar la llegada de una enfermedad. ¿Y cuál es ese colchón? El bienestar general que implica alcanzar y sostener un equilibrio entre la salud psicofísica y las condiciones sociales, habitacionales y económicas favorables. Un combo que será la mejor defensa para no enfermar o para que, si sucede la enfermedad, deje las menores secuelas posibles.
Así como existe el síndrome del cuidador, que es el agotamiento psicológico y físico del que cuida y asiste a una persona enferma dependiente, no es extraño que en el curso de la pandemia haya una gran cantidad de trabajadores esenciales sumidos en un cuadro similar. Ya hay datos alarmantes. No esperemos a que aquellos y aquellas que nos cuidan, que nos informan, que tiene que salir a las calles ineludiblemente y que son fundamentales para que esto no sea un caos mayor, se agoten y enfermen. Que la pandemia nos enseñe a pensar y actuar en comunidad solidariamente. Cuidando a quienes nos cuidan tendremos cuerda para resistir hasta que pase el virus.
El autor es psicólogo y escritor
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