Los rugbiers se encuentran alojados en el penal de Dolores (Nicolás Aboaf)
Los rugbiers se encuentran alojados en el penal de Dolores (Nicolás Aboaf)

La golpiza que condujo a la muerte a Fernando Báez Sosa y puso a los diez rugbiers en el centro de una escena de drama y conmoción social develó el costado tabú, el lado B, de la cultura machista: la violencia intragénero.

La práctica de subordinar, humillar, degradar e incluso golpear y matar a otro varón tiene que ver con el mandato de llevar el ejercicio de la masculinidad al máximo. Con la compulsión por reafirmar la condición viril ejerciendo poder sobre otros varones para posicionarse en situación de macho-alfa.

A la crónica diaria que da cuenta de una imparable seguidilla de femicidios, una mujer muerta cada 24 horas de acuerdo a los últimos datos, se suma ahora el relato de salvajes trifulcas y golpizas en las que uno o varios varones atacan a golpes en orden a intimidar, reducir o masacrar a un congénere. Todo parece tener que ver con todo.

Para Juan Branz, autor del libro Machos de verdad, ser hombre y ser hombre “de verdad” implica responder a lo que es tendencia en nuestras sociedades ( patriarcales, machistas, sexistas y homofóbicas). Mandatos que interpretan, adhieren, garantizan y legitiman dentro de un determinado rango la identidad masculina.

“Ser hombre es ser fuerte, vigoroso, proveedor, corajudo, viril. Estos son los atributos que incluyen históricamente a un varón dentro del colectivo hombres. El cuerpo debe exhibir esas características, debe ser visto y reconocido como cuerpo dominante...No se trata solo de modelar el cuerpo, sino de 'saber ver’ y ‘saber hablar’ sobre el cuerpo masculino".

Para Branz, quien centra su investigación en los códigos y prácticas de los rugbiers, se trata de “un acto de comunicación, porque es la comunicación lo que da sentido a nuestra cultura y nuestra cultura lo que da forma a nuestras maneras de hacer. Un intercambio de posturas, gestos y palabras en orden a establecer una representación moralmente aceptada de la masculinidad". Estas son algunas de las conclusiones a los que arriba en su trabajo de investigación sobre la cultura rugbier.

Puede que esta necesidad de mostrar y ser visto explique la compulsión a registrar en vídeos ataques y agresiones de todo tipo, incluidas escenas de sexualidad consentida pero violadas a la hora de su registro y viralización sin consentimiento alguno.

Hoy se habla de “masculinidad tóxica” para señalar las prácticas o conductas exacerbadas o perversas que, inscriptas dentro de lo que muchos varones visualizan como normales o deseables, afectan, violentan o dañan a terceros, cualquiera sea el género al que pertenezcan.

Los especialistas que estudian estas cuestiones aseguran que muchas de estas desviaciones provienen de una educación patriarcal que baja consignas que no se discuten.

“Los hombres no lloran” es una de ellas.

La dificultad para expresar sentimientos o emociones, bajo el riesgo de ser tratado como “poco hombre” suele ser un factor de frustración y violencia contenida en la que anidan y se maceran conductas aberrantes.

Enrique Stola rehuye del término “masculinidad tóxica”. Para el reconocido psiquiatra, la “toxicidad” es una palabra de la terminología médica que lejos de aplicar, oculta que la razón de fondo de esta cuestión anida en la estructura social que prepara a los varones en modo dominación.

Una cultura de posesión en la que todo les pertenece y que los habilita a ejercer el poder sobre los calificados como más débiles. El cuerpo de la mujer como objeto de uso o bien transable; el de otro varón, percibido como más débil, como sujeto a subordinar reforzando en orden a refrendar la condición de macho.

“Los varones que más desestabilizan el sistema son aquellos que pierden el control, tanto del poder económico como el de los cuerpos que dominan”, sostiene Stola.

En este particular momento histórico confluyen de manera simultánea dos factores: la “precarización de la vida” y la ruptura de los modelos tradicionales. “Eso tensa a los machos y el dispositivo de dominación masculina se va reacomodando", afirma concluyente el especialista.

El recrudecimiento del femicidio se inscribe en este contexto. Y en la medida en que las mujeres van ganando un nuevo espacio en la reivindicación de sus derechos aparece muy visibilizado el ataque y muerte a un varón.

Los varones de este tiempo enfrentan un odioso desafío: repensar su condición masculina escapando al estereotipo de dominación que los obliga a revalidar títulos ejerciendo la violencia física o simbólica sobre mujeres y aún congéneres.

Encuadrar en los paradigmas de este tiempo demanda del común de los varones, nacidos y criados dentro de una cultura patriarcal, un esfuerzo para el que parecen no están preparados.

Descolocados, navegan en el desconcierto sin saber en el mejor de los casos dónde ponerse. Mientras algunos vagan confundidos o desconcertados tratando de encontrar lugar en este nuevo tiempo, otros redoblan la apuesta aferrándose a los mandatos de la cultura patriarcal en la que fueron nacidos y criados.

Analizar lo ocurrido en la fatídica noche de “Le brique” solo desde la lógica de la cultura rugbier o del impacto de los consumos de la noche feroz supone una mirada demasiado estrecha, no alcanza.

Se impone pensar que esta pasando con aquellos que se presumen machos pero que no lo son tanto.