Enardecidos por una derrota que no esperaban, se lanzaron a una campaña para forzar abortos en los más avanzados estados de gestación; intimidar con denuncias y amenazas a los médicos que se negaban a practicarlos; propagandizar abiertamente métodos de interrupción de embarazos en mensajes que incitaban a desconocer la prohibición; e intrusar toda tribuna pública con reclamos verdes fuera de lugar.

Cualquier desprevenido pensaría que lo que hoy está penalizado en Argentina es el no hacer un aborto. Tal es la furia que se desencadenó sobre profesionales o establecimientos que consideraron inadecuado o incluso riesgoso el aborto en casos de gestación avanzada; o viendo la impunidad de que gozan organizaciones no médicas que pregonan abiertamente métodos abortivos al amparo de una justicia que hace la vista gorda.

Párrafo aparte merece el berretín con la Educación Sexual Integral (ESI): los promotores de la legalización del aborto empezaron por instalar la mentira de que no se brinda educación sexual en las escuelas. La ley se aplica en realidad desde 2008; incluso se cumple más y con menos conflicto en las escuelas confesionales y privadas en general que en las públicas. Cuando se dictó, se trató de una ley consensuada, razonable, que aceptaba la diversidad de orientaciones educativas y dejaba un margen para enseñar los contenidos de la ESI de un modo acorde con el ideario de cada establecimiento. Algo imperdonable para el clima beligerante instalado en torno al tema. Los revanchistas buscaron entonces reformar la ley de ESI, con cambios delirantes; casi parecía que los chicos debían convertirse en sexólogos. 

La campaña "aquí no ha pasado nada"

El punto culminante de la campaña "acá no pasó nada" fue la presentación, en junio pasado, cuando no había transcurrido todavía un año de la derrota clara, democrática y transparente del anterior, de un nuevo proyecto de Ley mucho más extremista que el debatido en 2018. Como muestra, digamos que el nuevo proyecto ni siquiera admitía el derecho de un médico a la objeción de conciencia. Es un proyecto inviable, que sólo fue presentado como desquite. Casi una provocación.

El acuerdo entre el gobierno y algunas asociaciones civiles para establecer un 0800 Pro Vida (una línea de asistencia gratuita a mujeres que transitan un embarazo no deseado o inesperado o en condiciones socioeconómicas difíciles) fue objeto de todo tipo de ataques por parte del lobby verde que no paró hasta que las autoridades le retiraron el apoyo oficial. Pequeña revancha de quienes sin embargo viven asegurando que "nadie quiere el aborto".

La idea del Gobierno de proponer al abogado Alfredo Vítolo como representante ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos también chocó contra la furia verde: cuestionaron esa candidatura por tratarse de alguien que se oponía a la legalización del aborto. 

En cambio, la candidatura de la abogada y militante abortista Marisa Graham ni más ni menos que como Defensora del Niño fue aprobada por Diputados, y las objeciones al nombramiento fueron desoídas.

Que los lobbies del aborto actúen de una manera tan antidemocrática no sorprende; tienen una sola razón de ser y no los frena nada en la campaña por lograr sus fines.

Mayorías y minorías en este debate

Pero la misma actitud es inaceptable en los políticos, de quienes cabe esperarse que tomen el pulso de las demandas sociales, representen a la gente a la que le quieren pedir el voto, y, como mínimo, respeten el trabajo de instituciones básicas de la república, como el Congreso que debatió el proyecto durante cuatro meses -algo raro de ver en estos tiempos- y lo rechazó en una votación inobjetable.

Los que prometieron cerrar la grieta hoy la han convertido en eje de campaña. Pero también abrieron otra, promoviendo este debate en vez de atender las verdaderas prioridades de una Argentina en emergencia social. Un Presidente que se dice contrario a la legalización de aborto se muestra llamativamente permeable a las presiones de los grupos que lo promueven. 

Otros que pretenden representar un movimiento cuya doctrina es en esencia contraria a la legalización del aborto, se dejan también impresionar por una marea verde que tiene más pantalla pero no más arraigo en la sociedad. Como lo señaló la activista Ramona Treviño, de visita en nuestro país para participar de la marcha en conmemoración del rechazo al proyecto en el Senado, "el reflejo mediático nos lleva a creer que somos minoría, pero no es así".

Ayuda memoria para los políticos

Los cuatro meses de debate, que los dirigentes no parecen haber escuchado o no recuerdan, dejaron en claro que en nuestro país el aborto ya no es la primera causa de muerte materna -según cifras del propio ex ministerio de Salud-, que mueren más mujeres por dar a luz en malas condiciones que por abortos clandestinos, que la cifra de medio millón de abortos clandestinos por año es absolutamente antojadiza, que en los países en los que el aborto es legal la práctica se banaliza y se convierte en lo que sus promotores niegan que sea: un método anticonceptivo más; que la legalización del aborto deriva en prácticas eugenésicas; que el reclamo de aborto legal y gratuito es esencialmente un reclamo de sectores medios urbanos pero presentado como una necesidad de los pobres; entre otras cosas.

Nada de esto parece hacer reflexionar a quienes tienen responsabilidades de gobierno o legislativas o aspiran a tenerlas. 

En marzo pasado, mujeres de la Villa 31 plantaron árboles para celebrar todos los nacimientos en el barrio del año 2018. "Se viene un nuevo debate (sobre la legalización del aborto) y tenemos que estar juntas todas las madres para luchar por lo que más queremos que es la vida", explicó una de las referentes de los vecinos. Durante el debate del año pasado, una encuesta en esa villa había mostrado que algo más del 70 por ciento de los vecinos de ese barrio estaba en contra de la legalización del aborto.

Pero para ciertos políticos, que a lo largo de este año parecen haberse vuelto daltónicos, pesa más una actriz sacudiendo un pañuelo verde en televisión que la opinión de los pobres en nombre de los que luego no dudan en hablar.

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