Elegía para un ser querido

(Foto: Adrián Escandar)

Dice Eduardo Galeano: "Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos."

A veces pensamos que somos lo que nos sucede, o lo que alguna vez nos pasó. Y hasta llegamos a presentarnos ante otros como aquellos que vivieron tal fracaso o tal éxito, tal logro, tal crisis, o tal pérdida. Sin embargo, somos lo que hacemos con lo que nos haya sucedido, y la aspiración de lo que deseamos ser. Un proyecto de autotransformación de lo que hayamos vivido.

Esta semana, la Torá habla de un personaje, Bilaam, llamado a maldecir, a decir el mal. Bilaam incluso discute con Dios, quien le pide que no maldiga. Sin embargo su necesidad de maldecir era demasiado alta. Sube entonces a la cima de una montaña de modo que sus maldiciones sean escuchadas por todo el mundo. Pero al abrir la boca para maldecir, solo salen bendiciones de sus labios.

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Cuando alguien amado parte, quien queda partido es uno. Atravesados por la tristeza de la pérdida, la angustia, la ausencia y el silencio, en el momento frente a la muerte pareciera quedarnos sólo la alternativa de maldecir. Las maldiciones brotan solas desde la mente, desde los sentidos y se atoran en la garganta. Maldecir la vida, maldecir la muerte, maldecir el silencio, maldecir porque nadie nos responde por qué. Maldecir incluso el que no haya respuesta, maldecir las respuestas innecesarias y absurdas del por qué. Y hasta al mismo Dios, por sentirnos traicionados ante la injusticia.
La muerte es tan injusta, que quién podría decirnos que no es justo maldecirlo todo.

Ante el final de la vida nace ese inesperado reclamo de justicia. Por un lado, como el 18 de julio pasado, el reclamo surge ante la injusticia de los hombres, la impunidad, la pasividad y lo corrupto de una sociedad adormecida. Pero por otro, el reclamo es ante la misma muerte, por ser injusta, porque no tenía que pasar, porque no lo merecía, porque lo hicimos todo, porque no hay nadie que nos explique por qué.

El vacío, el silencio y la necesidad de una respuesta, justifican aún con más seguridad y conviccíon las ganas de maldecir. Pero debemos saber, que tal como dice Shakespeare: "Las maldiciones no van nunca más allá de los labios que las profieren."

Mas allá de lo justificado de la necesidad maldecir, debemos mensurar y definir cuál es nuestro lugar ante las injusticias. Debemos decidir en quiénes nos vamos a transformar ante la muerte. Podemos transformar nuestra vida, nuestro pensamiento y nuestra existencia, nuestros vinculos y sentimientos, nuestros recuerdos y proyectos, nuestros pasados y nuestros sueños en gargantas que sólo quieran maldecir. O bien interpelar y enfrentar a la injusticia del final, diciéndole a los ojos a la muerte que hay cosas que se podrá llevar, pero que hay otras que no. Y que una de las tantas cosas que no se podrá llevar, es que nuestra respuesta ante la injusticia sea precisamente vivir, sentir y obrar con justicia. Justo es saber que tenemos una vida, y que tenemos tantas otras vidas y almas a nuestro alrededor. Y que si hemos tenido un alma que nos dejó partidos al partir, no sería justo, por ellos mismos, que nos transformemos en una garganta llena de maldiciones.

En palabras del célebre psiquiatra austríaco Viktor Frankl: "Cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiar nosotros mismos."

¿En quiénes nos vamos a transformar? Acaso, al fin y al cabo, ¿no somos lo que hacemos para cambiar lo que somos?"

En ese momento en donde atravesamos la pérdida, nos transformamos en un símbolo, en un ícono. Para nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros queridos, que nos miran y se preguntan, ¿Y ahora, en quién se va a transformar?, ¿Qué mensaje nos va a regalar?, ¿Qué va a hacer ante tanta injusticia?

Transidos por la angustia y el dolor, aparece el desafío de convertirnos en una bendición. El reto de ver cómo modificamos esa maldición, tan dolorasamente justa, en acciones que sean bendición, en palabras de bendición, en decir lo bueno. En la transparencia de saber que no tendremos esa última respuesta que necesitamos, pero siendo nosotros una respuesta. La de seguir de pie para hacer justicia con acciones, palabras, y emociones nobles y amorosas, ante la injusticia.

Mi esposa, Mar, es la hermana de Cristian. Cristian murió en la AMIA a los 21 años.

Cruzada para siempre por el dolor, la injusticia y la ausencia, transformó sabiamente ese derrotero de maldiciones, en bendiciones de amor, poesía y esperanza.

A continuación, su propia pluma:

¿Qué me queda de vos?

Me queda de vos la historia.

Remeras, cartas, boletas de luz.

Libros viejos, nostalgias nuevas, curitas, un reloj.

Botines de futbol, un cuaderno rayado, tu silla vacía, tu espacio lleno, repleto de vos.

Tu espacio lleno de vos, pero sin vos.

Fotos. Fotos. Fotos. Abrazos en fotos. Dolor en fotos. Amor en fotos.
Fotos en blanco y negro. Fotos a color. Imágenes que sonríen, gritan, juegan, desde una quietud infinita.

Me queda de vos tu olor invadiendo mis sentidos, el eco de tu voz que se me pierde, cada tanto, entonces lo abrazo. Abrazo tu voz y me queda, me queda de vos.

Me quedan de vos tus dibujos. Un disco. Muchos discos. La música compartida. Nuestra infancia. El empedrado de la esquina. El café confidente que nos tomamos. La charla de esa tarde, esa tarde que vos sabés, me queda de vos.

Me quedan de vos tus sueños, tu agenda, tus días sin llenar.

Tus documentos. Tus ideas, tus ideales, tus ganas. Tus inmensas ganas.
La pizza del domingo, tu futbol, tu letra en papel.

Me quedan de vos mis amores, los nuestros. Los que construimos. Los que me devuelven tu mirada cuando tus ojos me miran a través de ellos.
Me quedan de vos las canciones de cuna que junto a tus besos por las noches, ahuyentaban los fantasmas, mimando mi inocencia.

Me quedan de vos los consejos, generosos y entrañables, entre copas de vino y risa a carcajadas. Eso me queda. La carcajada. Aunque ahora suene distinto.

Los secretos quedan, los tuyos y los mios, sellados en fraternas noches de bar y confesiones.

Me queda de vos la vida distinta. La mirada presente. El futuro por años incierto.

Me queda de vos el compromiso. Con vos y con el otro. Con tantos otros que envejecen conmigo en estos años de ausencia.

Me queda de vos la responsabilidad de sobrevivirte y honrarte.
No me regodeo en la tristeza, pero tampoco reniego de ella. Hoy estoy triste.

Y me lo permito. Pero se que mañana, mis hijos, la familia, y tu recuerdo, me van a reconectar con mis fortalezas.

Sé que mañana, voy a tomarme nuevamente la licencia de renovar mis esperanzas.

Sé que mañana voy a retomar la lucha por encontrar el camino que me permita vivir bien.

Sé que mañana voy a rescatar la posibilidad de cumplir mis sueños, que te incluyen.

Sé que mañana voy a recuperar el deseo de superarme, de poder estar con el otro y ayudarlo, desde el dolor que me clava el alma, pero también desde la felicidad de haberte tenido, disfrutado y amado.

Pero hoy recordarte duele. Y me lo permito.

Me quedan de vos los días, los del antes, los del mundo perdido. Pero también me quedan los días de este después, desafío y memoria, corazón y apego.

Me queda de vos tu imagen toda. La que aparece por los rincones. La que busco y encuentro cuando necesito llenarme de todo, todo, de tanto, que me queda de vos.

El autor es el Rabino de la Comunidad Amijai y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.

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